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Brochazos de nuestra Historia. 1909: UN CRIMEN EN LA LEGACIÓN IMPERIAL ALEMANA

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Aunque esta historia se remonta a un siglo atrás, es importante recordarla porque un odontólogo salvó el prestigio de Chile, evitó el descrédito internacional del gobierno y dio origen a la construcción de nuestra primera Escuela Dental.

Arturo Alejandro Muñoz 

En el año 1909 una pesada carga de conciencia se abatía sobre el ultramontano Presidente Pedro Montt, ya que los ecos de la horrible matanza de obreros en la escuela Santa María de Iquique seguían repicando en su cerebro. Era consciente de que pasaría a la Historia no por sus obras, sino por haber cedido blanda e interesadamente a los deseos de capitalistas foráneos que le impetraban mano dura con los trabajadores salitreros en el Norte Grande. El cobarde asesinato de tres mil personas indefensas y pacíficas –incluyendo niños y mujeres-  llevado a efecto el 21 de diciembre de 1907 por militares  bajo el mando del general Roberto Silva Renard, pesaba sobre las almas de los  mismos criminales y muy especialmente acrecentaba la pésima imagen internacional que acosaba al mandatario.

Por ello, el extraño crimen detectado en la Legación Imperial de Alemania en Santiago remeció al gobierno, poniendo en alerta a las embajadas de otras naciones y posibilitando que la prensa internacional catalogara a nuestro país como ‘territorio nefasto y bárbaro’. Y  no era para menos, ya que el mismísimo ‘canciller’ de Alemania en Chile había sido asesinado dentro de la legación diplomática, a plena luz diurna y casi en las narices de la policía de la época. 

Los hechos, que se fueron encadenando con vertiginosa rapidez, comenzaron en el mes de febrero de 1909, cuando un voraz incendio arrasó con el edificio donde se ubicaban las oficinas de la Legación (Embajada) de Alemania, situadas en la calle Nataniel Cox Nº 102, esquina de Alonso Ovalle, en el centro de la capital, muy próximo a los edificios gubernamentales y al Palacio de La Moneda.

Bomberos y policías ingresaron al lugar siniestrado, y entre los escombros toparon con el cadáver carbonizado de un hombre.  Las primeras indagaciones  entregaron datos que fueron tomados con demasiada prisa por los investigadores, quienes concluyeron rápidamente en confirmar que el cuerpo del occiso correspondía a Guillermo Becker Trambauer, canciller de la legación diplomática alemana en Chile. 

La opinión policial se basó en que se conservaban casi intactos el anillo de compromiso del canciller, con las iniciales de su esposa grabadas en él, un trozo de su chaleco, el reloj, los lentes y las colleras. Todo indicaba que se trataba, precisamente, del diplomático europeo. La pregunta era si el incendio había sido un hecho casual, un accidente, o una acción delictiva, planeada para asesinar al canciller. Además, bomberos encontró una caja de caudales abierta, sin dinero ni documentos en su interior.

Por otra parte, el portero de la cancillería alemana, Exequiel Tapia, había desparecido. La policía sumó dos más dos y culpó del crimen, del incendio y del robo de $27.000 (una pequeña fortuna en la época) al humilde trabajador. La hipótesis policial se asentaba en que el canciller había recibido, en las semanas anteriores, anónimas cartas en las que se le amenazaba de muerte. El objetivo de las supuestas amenazas era detener una demanda judicial interpuesta por la legación contra algunos campesinos de la localidad de Caleu, acusados de agredir a un grupo de turistas germanos.

El último mensaje recibido por el alemán, y publicado por éste en la prensa para amedrentar a los autores, decía: «Si el viernes que viene esa demanda no ha sido retirada, usted lo pagará con su pellejo». Desde Berlín, el gobierno de Guillermo II,  Kaiser de Alemania, dejaba caer en el presidente Pedro Montt gran parte de la responsabilidad por el asesinato, pues acusaba al gobierno chileno de negligencia por no haber dispuesto vigilancia policial permanente en la sede de la legación una vez conocido el tenor de las cartas anónimas.

Tras el incendio, y luego de todas las lógicas reacciones que originó el caso en la opinión pública, el embajador germano de apellido Von Bodman recibió en su casa la sorpresiva visita de Ricardo Neupert, amigo íntimo de Becker, quien se presentó para cumplir la última voluntad del ex canciller: en caso de que las amenazas de muerte se cumplieran, Neupert debía entregar dos cartas, una dirigida precisamente a Von Bodman y la otra al Presidente de la República, Pedro Montt.

En ambas misivas, el canciller manifestaba temores acerca del riesgo que corría su vida. Las insólitas cartas escritas por el que -a esas alturas- era un incinerado cuerpo inerte, dejaban en claro que muy probablemente su deceso tuviera directa relación con las amenazas recibidas durante las semanas anteriores.

EL CASO CAMBIA DE RUMBO

Sin embargo, las dos autopsias practicadas al cuerpo hallado en la oficina diplomática, no permitieron confirmar la identidad del occiso, pero sí se pudo establecer en la segunda de ellas  que el hombre había sido asesinado de una puñalada antes de que su cadáver fuera  consumido por las llamas. Estos nuevos datos incrementaban el horror en la opinión pública y certificaron la resolución de tan alevoso hecho, atribuyéndolo al portero Tapia.

En medio de las pesquisas, un cuarto personaje entró a escena. Otto Izacovich, quien se presentó por voluntad propia en el despacho del juez designado por el Presidente Pedro Montt para resolver el caso. El testigo aseguraba haber visto a Becker la noche posterior al incendio en el centro de Santiago. Incluso dijo haberlo saludado, ya que eran conocidos, pero el supuesto canciller se había limitado a murmurar: «No le conozco», desapareciendo raudamente en un coche. Como el relato simulaba ser una historia fantasiosa más que una declaración seria, nadie consideró como ciertas las palabras del atribulado Izacovich.

Despedido en el Cementerio General por una distinguida y numerosa concurrencia, el cuerpo de Guillermo Becker fue sepultado entre homenajes y discursos: «La patria  alemana recordará con tierna gratitud al que murió en el ejercicio de sus deberes, víctima del puñal traidor de un cobarde asesino. Con letras de bronce, quedará grabado en los anales de la Legación, para su eterno recuerdo, el alevoso atentado. Era un hombre que no podía ver sufrir a nadie y a quien todos los que lo conocían deben haberle querido y apreciado», fueron las palabras del embajador Von Bodman.

Pero la verdadera historia estaba aún en pañales. No satisfecho con los pasos dados, el juez, que manifestaba serias dudas respecto de las conclusiones explicitadas por la policía,  encargó una  nueva diligencia para determinar la autoría del crimen y la  identidad del cadáver. Solicitó entonces la ayuda profesional del doctor Guillermo Valenzuela Basterrica a objeto de obtener datos más precisos acerca de la identidad del difunto. El doctor Valenzuela Basterrica había regresado al país el año 1899, luego de titularse como odontólogo en la capital de Francia, París, por lo cual decidió examinar las piezas dentales del difunto.

El doctor Juan Colin escribió sobre este caso,  y su trabajo fue publicado por la Escuela de Odontología de la Universidad de Chile. Lo que Colin nos relata es  merecedor de atención e interés.

“”Ni más ni menos que al día siguiente del sentido y pomposo funeral de Becker, Valenzuela Basterrica entregó al juez Bianchi Tupper su informe definitivo. Después de examinar maxilares inferiores y superiores, de cotejar en el libro del dentista de Becker -el doctor Denis Lay-, que el fallecido canciller contaba en su historial médico con cinco extracciones con anestesia, cuatro tapaduras con oro, tres tapaduras con platino, una tapadura grande con platino en cavidad sin nervio y una corona de oro, y que tales descripciones no concordaban con las características de la mandíbula examinada, Valenzuela Basterrica pudo afirmar: «Excusado parece hacer presente a US, que si el señor Denis Lay ha ejecutado las operaciones que se detallan en sus libros en la dentadura del señor Guillermo Becker, y que aparecen a nombre de éste, el cadáver encontrado en la casa quemada en la calle Nataniel no puede ser el del señor canciller»”.

Una nueva etapa investigativa, encabezada esta vez por el doctor Valenzuela, siempre a través del examen de la piezas dentales, determinó fehacientemente que el cadáver  hallado en las oficinas de la Legación correspondía al portero de la misma, Ezequiel Tapia, ya que su viuda y sus amigos certificaron que Tapia poseía una dentadura casi perfecta, sin  ninguna intervención médica en ella, asunto que se  correspondía perfectamente con los resultados del examen dental que el doctor Valenzuela practicó en la mandíbula del occiso.

El juez Bianchi Tupper y el embajador alemán Von Bodman, dirigieron sus esfuerzos a tratar de capturar al ex canciller, convertido ahora en un criminal prófugo. Fuerzas de orden se movilizaron en todo el país hasta dar con su paradero, lo que –luego de  arduos esfuerzos- dio resultado con el hallazgo del mismísimo Guillermo Becker en la localidad campesina llamada Raihue, en plena cordillera cercana a la ciudad de Lautaro, intentando huir hacia Argentina, donde fue atrapado por policías a caballo kilómetros antes de cruzar la frontera.

Durante los días anteriores, el canciller alemán había viajado desde la Estación Central de Santiago hasta Chillán, premunido de anteojos oscuros, patillas postizas y un pañuelo cubriéndole la mitad del rostro simulando un fuerte dolor de muelas. Desde Chillán viajó hasta Victoria, utilizando un pasaporte falso a nombre de Ciro Lara Motte, documento que pensaba utilizar para radicarse definitivamente en la frontera de Paraguay y Brasil, zona que ya en esos años servía de cobijo a  bandoleros de distintas nacionalidades, como sucedería treinta y cinco años más tarde con algunos importantes jerarcas nazis escapados de Europa al término de la Segunda Guerra Mundial.

El proceso judicial que determinó la verdad definitiva del crimen en la Legación Imperial Alemana duró casi año y medio, y el ex canciller fue condenado a pena de muerte por asesinato, a 20 años de presidio por el incendio provocado en la sede diplomática, a 10 años de presidio y $1.000 de multa por falsificación y estafa, a 8 años de penitenciaría por adulteración de cuentas y $600 de multa por uso de pasaporte falso.

La investigación, aclarada a partir del hallazgo odontológico del doctor Guillermo Valenzuela Basterrica, permitió constatar que las cartas anónimas habían sido escritas y despachadas por el propio Becker y que -por lo tanto- las amenazas nunca existieron. Con tales certezas fue posible limpiar y recuperar íntegramente la dignidad de la verdadera víctima del crimen, el portero de la Legación Alemana, Exequiel Tapia. 

Por cierto, semanas más tarde, el gobierno imperial germano envió excusas diplomáticas al gobierno chileno felicitando a las autoridades nacionales por el esclarecimiento de tan macabro hecho. El abogado defensor del ex canciller había solicitado al gobierno del Kaiser que interpusiera sus  magníficos oficios para que su defendido fuese deportado a Alemania y juzgado allá según las leyes germanas. La repuesta del gobierno alemán fue clara y lapidaria: el ex canciller debía ser juzgado en Chile, y Berlín aceptaría el fallo judicial, fuese cual fuese.

En la madrugada del 05 de julio de 1910, el ex canciller alemán, Guillermo Becker Trambauer, fue fusilado en Santiago.

El gobierno chileno reconoció oficialmente la gran labor del doctor Valenzuela, quien había evitado al país una vergüenza internacional, amén de haber limpiado la memoria de Exequiel Tapia y la del propio Presidente de la República, quien ofreció una recompensa al doctor, el que solicitó la construcción de una Escuela Dental moderna, que tanta falta le hacía al país, lo que comenzó a ejecutarse en forma inmediata.

El 11 de septiembre de 1911, bajo la administración presidencial de Ramón Barros Luco, se inauguró el edificio y el 05 de julio de 1923, con Decreto N° 1650, se le dio el nombre de “Escuela Dental Germán Valenzuela Basterrica”.

 

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