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Víctor Serge: Memoria de Barcelona 1917

Víctor Serge: Memoria de Barcelona 1917

Después de muchos años trabajando por su reedición, finalmente nos llega la reedición El nacimiento de nuestra fuerza

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Por Pepe Gutiérrez-Álvarez,  KAOS EN LA RED

Después de muchos años trabajando por su reedición, finalmente nos llega la reedición El nacimiento de nuestra fuerza (Naissance de notre forcé), que publicaron en castellano las Ediciones Hoy (Madrid, 1931).  Se trata de una de las mejores novelas proletarias del siglo veinte a la altura de Siete domingos rojos de Ramón J. Sender.  Serge se inspiró en el movimiento anarcosindicalista barcelonés y en Salvador Seguí para presentar el personaje central de la novela, el sindicalista Darío. Ha sido editada por Amargod con prólogo del historiador libertario catalán Ferran Aïsa. Para ofrecer una idea de su contenido reproducimos el fragmento de la obra de Serge Memorias de un revolucionario (Ed. 27 Letras), otra página de la misma historia.

Pasé por una mala crisis. La trituradora de hombres seguía girando en mí. No encontraba ninguna alegría en revivir, libre, privilegiado en mi generación movilizada, en esa ciudad feliz. Experimentaba por ello un remordimiento confuso. ¿Por qué estaba yo allí, en esos cafés, en esas playas doradas, mientras tantos otros sangraban en las trincheras de un continente entero? ¿En qué valía yo más que ellos? ¿Por qué estaba excluido de la suerte común? Me encontré con desertores, contentos de haber pasado la frontera, salvados. Les reconocía ese derecho, me erizaba interiormente la idea de que fuese posible, con tanto encarnecimiento, disputar la propia vida cuando se trata de la de todos, de un sufrimiento sin límites que hay que llevar juntos, que hay que compartir, beber hasta la hez. Ese sentimiento estaba claramente en desacuerdo con mi pensamiento racional, pero era más fuerte que él. Esa necesidad de participación en la suerte común, hoy comprendo que la sentí siempre y que fue uno de mis móviles más profundos. Trabajaba en imprentas, iba a las corridas, volvía a ponerme a leer, escalaba la montaña, me demoraba en los cafés mirando bailar a las castellanas, las sevillanas, las andaluzas, las catalanas, y sentía que me sería imposible vivir así, no pensaba sino en los hombres en guerra, me llamaban. Sin duda hubiera acabado por enrolarme en algún ejército si los acontecimientos esperados no se hubieran desencadenado finalmente todos juntos. Escribí en Tierra y Libertad mi primer artículo firmado «Victor Serge», para defender a Friedrich Adler al que iban a condenar a muerte en Viena: había matado unos meses antes, en 1916, al conde Sturghk, uno de los responsables de la guerra. Mi artículo siguiente comentaba la caída de la autocracia rusa. Tan esperada que acababa uno por dudar que fuese real, la Revolución aparecía, lo inverosímil que se realizaba. Leíamos los cables de Rusia y nos sentíamos transfigurados, las imágenes que traían se hacían simples y concretas. Una claridad justa se esparcía sobre las cosas, el mundo no se veía ya arrastrado por una demencia irremediable. Algunos individualistas franceses se burlaban de mí acumulando sus lugares comunes ridículos: «Las revoluciones no sirven para nada. No cambiarán la naturaleza humana. Después vienen las reacciones, hay que volver a empezarlo todo. No tengo otra cosa que mi pellejo, no estoy ni con las guerras ni con las revoluciones, gracias. –Efectivamente ya no sirven ustedes para nada –les contestaba yo–, están ustedes al final del camino, no volverán a estar con nada, porque estar con ustedes mismos, verdaderamente no valdría la pena… Son ustedes productos de la degeneración de todo: de la burguesía, de las ideas burguesas, del movimiento obrero, del anarquismo…». Mi ruptura con esos «camaradas» que no eran ya sino sombras de camaradas se consumaba: inútil discutir, difícil soportarse a uno mismo. Los españoles, hasta los obreros de mi taller, que no eran militantes,  comprendían instintivamente las jornadas de Petrogrado porque su espíritu las trasponía a Madrid y a Barcelona. La monarquía de Alfonso XIII no era ni más popular ni más sólida que la de Nicolás II; la tradición revolucionaria de España remontaba, como la de Rusia, a los tiempos de Bakunin; causas sociales semejantes obraban aquí y allá, problema agrario, industrialización retrógrada, régimen político atrasado en más de un siglo y medio respecto del Occidente europeo. El boom industrial y comercial del tiempo de la guerra fortificaba a la burguesía, sobre todo a la catalana, hostil a la vieja aristocracia terrateniente y a la administración real completamente esclerosada, acrecentaba las fuerzas y las exigencias de un proletariado joven que no había tenido tiempo de formar una aristocracia obrera, es decir, de aburguesarse; el espectáculo de la guerra despertaba el espíritu de violencia; los bajos salarios (yo ganaba cuatro pesetas al día, alrededor de ochenta centavos de dólar) incitaban a reivindicaciones inmediatas.

El horizonte se aclaraba verdaderamente semana a semana. En tres meses el humor de la clase obrera barcelonesa cambió. La combatividad aumentaba. La CNT recibía una inyección de fuerzas. Yo pertenecía a un minúsculo sindicato de la imprenta, sin aumento de efectivos –debíamos de ser unos treinta–, su influencia creció hasta el punto de que la corporación entera pareció despertar. Tres meses después del anuncio de la Revolución rusa el Comité Obrero iniciaba la preparación de una huelga general insurreccional, negociaba con la burguesía liberal catalana una alianza política, encaraba con sangre fría el derrocamiento de la monarquía. El programa de reivindicaciones del Comité Obrero, establecido en junio de 1917 y publicado por Solidaridad Obrera, se anticipaba a las realizaciones de los sóviets rusos.

Pronto iba a enterarme de que también en Francia la misma corriente de electricidad a alta tensión pasaba de las trincheras a las fábricas, la misma esperanza violenta nacía. En el Café Español, en el Paralelo, ese bulevar populoso de luces llameantes en las noches, muy cercano al terrible Barrio Chino, cuyas callejuelas enmohecidas estaban llenas de muchachas  semidesnudas acurrucadas en los quicios de puertas abiertas de par en par sobre rincones infernales, encontraba militantes que se armaban para la próxima batalla. Hablaban con exaltación de los que caerían en ella, se repartían las brownings, se burlaban, nos burlábamos, en la mesa vecina, de los soplones inquietos. En una callejuela roja, bordeada a un lado por un cuartel de la Guardia Civil, por el otro de habitaciones pobres, encontré al hombre extraordinario de aquellos tiempos de Barcelona, el animador, el jefe sin título, el político intrépido que despreciaba a los políticos, Salvador Seguí, al que apodaban afectuosamente

Noy del Sucre. Cenábamos bajo la luz temblorosa de una lámpara de petróleo. En la mesa de madera cepillada, la comida consistía en tomates, cebollas, un áspero vino rojo, una sopa campesina. La ropa del niño colgaba de una cuerda, Teresita mecía al niño; el balcón se abría hacia la noche amenazadora, el cuartel lleno de fusileros, el halo rojo, estrellado, de la Rambla. Escrutábamos allí los problemas de la Revolución rusa, de la próxima huelga general, de la alianza con los liberales catalanes, del sindicalismo, de la mentalidad anarquista opuesta al renuevo de las formas de organización.

Sobre la Revolución rusa, yo sólo estaba seguro de una cosa: que no se detendría a mitad de camino. La avalancha rodaría hasta el final. ¿Qué final? «Los campesinos tomarán la tierra, los obreros las fábricas. Después, no sé.» «Después –esto escribí– recomenzarán luchas sin grandeza, pero será sobre una tierra rejuvenecida. La humanidad habrá hecho un gran salto hacia adelante.» El Comité Obrero no se planteaba las preguntas a fondo. Emprendía la batalla sin saber hasta dónde llegaría, sin medir sus consecuencias –y sin duda no podía actuar de otro modo. Expresaba una fuerza creciente, que no podía permanecer inactiva, ni tampoco podía, incluso peleando mal, ser vencida del todo. La idea de tomar Barcelona era precisa, se la estudiaba en detalle. ¿Pero Madrid? ¿Las otras regiones? El enlace con el resto de España era débil. ¿Sería el derribamiento de la monarquía? Algunos republicanos, con Lerroux todavía popular aunque ya desacreditado en la izquierda, lo esperaban y les parecía bien lanzar por delante a la Barcelona libertaria, a reserva de replegarse si Barcelona fracasaba. Los republicanos catalanes, con Marcelino Domingo, contaban con la fuerza obrera para arrancar a la monarquía cierta autonomía, y suspendían sobre el régimen una amenaza de perturbaciones. Con Seguí, yo seguía las negociaciones entre la burguesía catalana avanzada y el Comité Obrero. Alianza dudosa en la que los aliados tenían miedo unos de otros, desconfiaban con razón, jugaban a cuál sería más astuto. Seguí decía en sustancia: «Quisieran utilizarnos y engañarnos. Por el momento les servimos para su chantaje político. Sin nosotros no pueden nada; nosotros somos la calle, la tropa de choque, el león popular. Lo sabemos, pero los necesitamos. Ellos son el dinero, el comercio, la legalidad posible–al principio, ¿no es cierto?–, la prensa, la opinión media, etcétera». «Pero –le contestaba yo–, excepto en caso de victoria deslumbrante, en la que yo no creo, están dispuestos a abandonarnos a la primera dificultad. Estamos traicionados de antemano.»

Seguí veía los peligros: optimista sin embargo. «Si somos derrotados, serán derrotados con nosotros; demasiado tarde para traicionarnos. Si somos vencedores, seremos los dueños de la situación, nosotros y no ellos. Salvador Seguí me inspiró, en Naissance de notre Force, el personaje de Darío. Obrero, casi siempre vestido de obrero que sale del trabajo, con la gorra apretada sobre el cráneo, el cuello de la camisa desabotonado bajo la corbata barata; alto, bien formado, de cabeza redonda, con rasgos irregulares, grandes ojos redondos astutos y maliciosos bajo los espesos párpados, con una especie de fealdad media, llena de encanto al acercarse, y en todo el ser una energía flexible, constante, práctica, inteligente sin ninguna afectación. Aportaba al movimiento obrero español un nuevo carácter de gran organizador. No anarquista, aunque libertario, amigo de burlarse de las frases sobre «la vida armoniosa al sol de la libertad», «el florecimiento del yo», «la sociedad futura», de plantear los problemas inmediatos de los salarios, de la organización de los alquileres, del poder revolucionario. Y éste era su drama: ese problema capital, el del poder, no podía permitirse plantearlo en voz alta; creo incluso que fuimos los únicos que lo tocamos, él y yo, en privado. Puesto que él afirmaba que «podemos tomar la ciudad», yo preguntaba: «¿Cómo gobernarla?». No teníamos aún otro ejemplo ante los ojos que el de la Comuna de París y, si se lo miraba de cerca, no era alentador: vacilación, división, parloteos, competencia de hombres sin envergadura… La Comuna, como más tarde la Revolución española, dio héroes por millares, mártires admirables por centenares, pero no tuvo cabeza. Yo pensaba mucho en eso, pues me parecía claro que íbamos hacia una Comuna barcelonesa. Masas magníficas, rebosantes de energía, arrastradas por un gran idealismo confuso, muchos buenos militantes medios –y ninguna cabeza, «salvo la tuya», Salvador, y «es muy frágil una sola cabeza», que por lo demás no estaba muy segura de sí misma ni tenía muchos seguidores. Los anarquistas no querían oír hablar de una toma del poder; se negaban a ver que el Comité Obrero, victorioso, sería en Cataluña el gobierno de mañana. Seguí lo veía, pero, para no abrir un conflicto de ideas que lo habría dejado aislado, no se atrevía a decirlo. Íbamos así a la batalla en una especie de oscuridad

El entusiasmo y la fuerza crecían, los preparativos se hacían casi a la luz del día. A mediados de julio, equipos de militantes patrullaban la ciudad, en overol azul, con la mano sobre la pistola. Yo participaba en esas patrullas, nos cruzábamos con la  Guardia Civil montada, con sus tricornios negros, sus cabezas barbudas, sabían que éramos insurgentes de mañana, pero tenían orden de no iniciar el combate. Las autoridades perdían la cabeza o adivinaban lo que iba a suceder: el desfallecimiento de los parlamentarios catalanes. La casa de la calle de las Egipciacas, donde me encontraba un día con Seguí, había sido cercada por los tricornios negros, y ayudamos a Seguí a huir por las terrazas de las azoteas. Fui detenido, pasé tres horas detestables en una minúscula celda de policía pintada de ocre rojo. Oía rugir el motín en la rambla vecina, y rugía tanto que un viejo oficial amable me soltó con excusas. Los agentes «vestidos de burgueses», tan lamentablemente civiles, que nos seguían, nos aseguraban su simpatía excusándose de dedicarse a un oficio tan triste por el pan de sus hijos. Yo dudaba de la victoria, pero me hubiese gustado pelear por el porvenir. Escribí más tarde, en una meditación sobre la conquista:

Es muy posible, Darío, que seamos fusilados al terminar toda esta historia. Dudo del hoy y de nosotros. Tú, ayer, cargabas bultos en el puerto. Doblado bajo tu fardo, seguías con paso elástico las tablas botadoras entre el muelle y el entrepuente de un carguero. Yo llevaba cadenas. Expresión literaria, Darío, pues lo único que uno lleva es una matrícula, pero es igualmente pesada. Nuestro viejo Ribas del Comité vendía cuellos postizos en Valencia. Portez dedicaba sus días a triturar pedruscos en muelas mecánicas o a abrir agujeros en ruedas dentadas de aceros. ¿Qué hacía Miró con su elasticidad y su musculatura felina? Engrasaba máquinas en una bodega de Gracia. En verdad, somos esclavos. ¿Tomaremos esta ciudad, pero mírala, esta ciudad espléndida, mira esas luces, estos fuegos, escucha esos ruidos magníficos –coches, tranvías, músicas, voces, cantos de pájaros, y pasos, pasos y el indiscernible murmullo de las telas, de las sedas–, tomar esta ciudad con estas manos, nuestras manos, es posible? Seguro que te reirías, Darío, si te hablara así en voz alta

[…]. Dirías, abriendo tus gruesas manos peludas, fraternales y sólidas: «Yo me siento capaz de tomarlo todo. Todo». Así nos sentimos inmortales hasta el momento en que ya no nos sentimos nada. Y la vida sigue cuando nuestra gotita ha regresado al océano. Mi confianza se une en esto a la tuya. El mañana es grande. No habremos madurado en vano esta conquista. Esta ciudad será tomada, si no por nuestras manos, por lo menos por unas manos parecidas a las nuestras, pero más fuertes. Más fuertes acaso por haberse endurecido gracias a nuestra misma debilidad. Si somos vencidos, otros hombres, infinitamente diferentes de nosotros, infinitamente semejantes a nosotros, bajarán por esta rambla, en una tarde semejante, dentro de diez años, dentro de veinte años, no tiene verdaderamente ninguna importancia, meditando la misma conquista; pensarán tal vez en nuestra sangre. Creo verlos ya y pienso en su sangre que correrá también. Pero tomarán la ciudad.

Tenía yo razón. Aquellos otros tomaron la ciudad el 19 de julio de 1936. Se llamaban Ascaso, Durruti, Germinal Vidal, la CNT, la FAI, el POUM… Pero el 19 de julio de 1917, fuimos vencidos casi sin combate, pues los parlamentarios catalanes se asustaron en el último Momento y se negaron a iniciar el combate. Lo iniciamos solos durante un día que fue de sol, de clamores, de movimientos, de multitudes, de carreras por las calles, mientras los tricornios negros, prudentes, cargaban lentamente y nos perseguían sin ardor. Tenían miedo. El Comité Obrero daba el toque de retirada. En la estrecha calle Conde de Asalto, me encontré alrededor de mediodía en medio de los ríos de camaradas. Esperábamos instrucciones, la Guardia Civil, con los fusiles cruzados ante el pecho, desembocó bruscamente de la Rambla y subió hacia nosotros, haciéndonos retroceder lentamente. Un pequeño oficial todo amarillo gritaba que iba a dar la orden de fuego si no nos dispersábamos.

Dispersarnos era imposible, pues había otra multitud detrás de nosotros –y no  teníamos ninguna gana de hacerlo. Se hizo un vacío entre nosotros y esa muralla de hombres negros que ajustaban sus carabinas. En ese vacío se lanzó de repente un joven con traje gris en cuya mano se balanceaba, envuelta en un periódico, una bomba. Gritaba: «¡Yo soy un hombre libre! ¡Hijos de puta!». Me abalancé hacia él, le agarré la muñeca: «¿Estás loco? Vas a desencadenar una matanza inútil». Luchamos un instante, la tropa se había inmovilizado, vacilante, algunos camaradas nos rodearon, nos arrastraron… Estallaron disparos aislados. En el quicio de una puerta, el joven, temblando todavía de exasperación, se enjugaba la frente con la manga.  «Tú eres el ruso, ¿no es cierto? Suerte que te reconocí a tiempo…»

Seguí regresó en la noche baldado de fatiga. «¡Qué cobardes, qué cobardes! », murmuraba. No habría de volverlo a ver, pues se escondió para organizar la insurrección de agosto. En 1921, encontrándome en Petrogrado, recibí de él una carta en la que me anunciaba que vendría a Rusia. Convertido en el verdadero tribuno de Barcelona, regresaba de Menorca, donde había estado deportado durante algún tiempo.

A principios de 1922 murió en la calle, a algunos metros de la Rambla, asesinado por los pistoleros del «Sindicato Libre» patronal. La insurrección estalló en agosto (1917); causó de uno y otro lado un centenar de cadáveres y se apagó sin interrumpir la marcha hacia adelante del proletariado barcelonés… Yo estaba en camino hacia Rusia. El fracaso del 19 de julio me había decidido, ya no esperaba la victoria aquí, estaba harto de las discusiones con militantes que me parecían a menudo niños crecidos. El cónsul general de Rusia en Barcelona, un tal príncipe K., al escuchar mi nombre, me recibió en seguida: «¿En qué puedo servirle?».

 

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