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Chile – Valparaíso: [REPORTAJE] Mil Tambores o el miedo a lo popular

Chile – Valparaíso: [REPORTAJE] Mil Tambores o el miedo a lo popular

diariolaquinta.cl

Por Roberto Córdova

¿Era previsible la suspensión de la versión 2018 del Carnaval de los Mil Tambores? Sí, lo era.

MilTambores2No cabe duda -más allá de sus detractores- que dicho evento se ha consolidado como la fiesta popular más importante de Valparaíso; lo que da visibilidad a sus organizadores y a los contenidos de sus discursos, los que trascienden lo festivo. Hay posición política, y no es favorable a los administradores del modelito económico. La derecha gobernante lo sabe, y como toda derecha, le teme a la expresión popular.

LA FIESTA POPULAR

Quizá, lo primero que debiéramos decir es que hay carnavales y carnavales. Esto no en el sentido estético de la diferenciación, sino que en su gestación. Existen carnavales que se organizan desde las esferas gubernamentales y existen los que surgen desde la organización popular.

Lo estético puede ser el campo de discusión de los artistas e intelectuales, o incluso la simple apreciación del sujeto común que se expresa en un “me gusta” o “no me gusta”.

Lo organizativo, los resultados materiales durante y después de la fiesta, es el campo de interpelación a la autoridad y los productores.

Pero el cómo se origina un carnaval, el cómo llega a convertirse en fiesta popular, es el campo propio de la reflexión política.

MilTambores3Quien detenta el poder, sea autoridad religiosa, política, académica, es quien define lo que es cultura, lo (o)culto. No es el bajo pueblo, los seres comunes y corrientes. No obstante, ese bajo pueblo se las arregla siempre para manifestarse, para colarse por los intersticios de la norma, del control. Y es quizá en el ámbito de la celebración, de la fiesta popular, donde esa subversión aparece más consistente.

Las fiestas promovidas y organizadas por la autoridad cuentan con todos los soportes materiales que el poder instituido posee; por lo tanto, siempre tendrá una ventaja comparativa respecto de esa materialidad en relación a la organización que se gesta desde abajo.

Ahora, cuando esa ventaja no se traduce en soluciones para la contención y el buen funcionamiento de los eventos en espacios públicos, eso se llama negligencia. Cuando esos eventos se institucionalizan y sabemos en qué momento y cómo ocurrirán, y la autoridad no hace uso de sus ventajas materiales y financieras para que no ocurra lo indeseable, la negligencia transmuta en estupidez.

En materia de eventos públicos masivos en Valparaíso, la autoridad competente fue por años la fiel expresión de la desidia, cuando no de la fatuidad.

Recién con la gestión de la Alcaldía Ciudadana, tanto en su Dirección de Eventos como en su Dirección de Aseo, pudimos apreciar cambios sustantivos en los impactos del uso del espacio público con fines festivos.Las celebraciones de Año Nuevo y el Carnaval de los Mil Tambores 2017, fueron una muestra concreta de que la intervención diligente de la autoridad municipal mejora los resultados en esta materia.

Por otro lado, la fiesta pública que surge de la organización popular, enfrenta en su desafío de constituirse en una tradición todas las dificultades que se derivan de la falta de recursos. La paradoja es que cuando la iniciativa crece, cuando la sinergia provocada por el encuentro de organizaciones de base logra consolidarse, ese mismo crecimiento reclama mayores recursos financieros y de infraestructura; lo que termina por empujar a los organizadores al peregrinaje por dependencias del aparato estatal en busca de dichos recursos. Cuando son conseguidos, ahí la dependencia se consagra y la iniciativa popular queda en entredicho.

Si la opción es la autonomía y la autogestión, esa organización sabe de antemano que el crecimiento de su iniciativa es limitado. Por lo que sus organizadores deberán buscar el equilibrio entre el crecimiento del evento y la autonomía necesaria, lo que depende siempre de la voluntad política de la autoridad en acceder a dicha autonomía.MilTambores5

La derecha y sus gobiernos siempre le han temido a la expresión popular, a lo que subyace detrás de esa expresión, aun cuando se trate de festejar. Si el arte es de por sí libertario o, al menos, liberador; la derecha tiembla ante la libre manifestación del arte y la cultura popular. Sus referentes son los Huasos Quincheros y sus tonaditas con olor a naftalina o escritores mediocres como el actual Canciller y ex Ministro de la Cultura y las Artes, Roberto Ampuero. No pasan de ahí.

Un Carnaval de los Mil Tambores que atrae a decenas de miles de personas durante tres días (y de paso, activa el alicaído comercio local), corresponde al tipo de festividad al que un gobierno como el de Piñera le teme. Sobre todo porque con el drama de Quintero-Puchuncaví, que el estandarte de los tiempos mejores, al cabo de un mes, ha sido incapaz de solucionar, es de toda lógica que dicho drama iba a ser relevado durante los días de Carnaval.

Al margen de estas consideraciones, es bueno para el pueblo, para el ciudadano, que proliferen las fiestas populares, ya sean las gestionadas desde la institucionalidad como las que emerjan desde la iniciativa de base.

En una sociedad tan atomizada, tan domesticada en el ejercicio de lo privado, siempre será positivo el encuentro de las personas en el simple, pero vital, acto del divertimento.

MilTambores15000 AÑOS DE CARNAVALES

Si asumimos que la palabra carnaval es una derivación de la voz latina carnem levare, que significa “adiós a la carne”, en tanto precedía a la cuaresma que imponía 40 días sin consumo de carne ni alcohol, y en abstinencia sexual, los días de Carnaval eran para el desenfreno, para exceder los límites. Cierto es que las máscaras o antifaces tienen en la mayoría de estas fiestas significados religiosos, pero también son una forma de proteger la identidad de quien se lanzó a la vida.

Según los historiadores, las primeras nociones de carnavales las encontramos hace 5000 años, en las fiestas paganas celtas, en las saturnales romanas a las que el poeta Catulo denominó “el mejor día del año”, en las fiestas egipcias que seguían al sacrificio de Apis y al nombramiento de su sucesor y, cómo no, en las fiestas en honor a Dionisio. En todas estas expresiones hay un sustrato religioso, de culto. En todas, también, hay una liberación de energías de las personas y una respuesta irreverente a las formas de dominación.

Si bien muchas de estas fiestas populares tienen su origen o se referencian con lo religioso, en la actualidad sólo quedan las fechas como testimonio de ese vínculo. No se trata de negar la existencia de una tradición que la iglesia católica, en este caso, intenta mantener, pero la inmensa mayoría que participa de los carnavales no está pensando –precisamente- en la abstinencia que sigue a las fiestas.

Sin lugar a dudas, el Carnaval de Río de Janeiro (que cumple con esto de las fechas religiosas) es hoy la manifestación más imponente de lo que son las fiestas populares en el espacio público. Y aunque es en Río donde se desarrollan las actividades más espectaculares y donde se concentran los turistas, el carnaval se vive en plenitud en diversas ciudades de Brasil.

En nuestro caso, en el Chile del siglo pasado, quizá la más relevante de las fiestas populares, y que se prolongó por décadas, fue la Fiesta de la Primavera. Sólo el golpe de Estado de 1973 vino a terminar con una tradición que marcó a varias generaciones.

La propia dictadura intentó, un par de años después del golpe, reponer esta tradición, pero no prosperó. Las fiestas, los carnavales son la celebración de la vida. Las dictaduras, como bien sabemos, son el ritual de la muerte.

En lo que al Valparaíso actual se refiere, el Carnaval de los Mil Tambores es la representación más significativa de la fiesta popular. Con todas sus contradicciones, es una iniciativa que efectivamente surgió desde la base, que ha crecido, que se ha institucionalizado. Y en ese crecimiento, ha generado crisis, debate. Sobre todo, en cómo se ha intervenido el espacio común y en cómo se han administrado los recursos disponibles. Pero la fiesta misma, el cómo la gente se manifiesta en ella, es –en buena medida- una fotografía de lo que somos como sociedad y, por cierto, de la pujante necesidad humana de festejar.

MilTambores4INFRAESTRUCTURA Y PRODUCCIÓN

Una ciudad que -de tanto en tanto- es invadida por cientos de miles de visitantes que buscan diversión a plena calle, con espectáculos organizados o con manifestaciones espontáneas, visitantes y nativos que usan de manera intensiva el espacio público durante dichas celebraciones, nos parece obvio que esta ciudad debiera contar con la infraestructura necesaria para aplacar esa irrupción. Estamos hablando de baños públicos, de espacios acondicionados para la instalación de carpas, espacios habilitados para el consumo de comida.

Valparaíso no cuenta con dicha infraestructura mínima, y la autoridad municipal no cuenta con el presupuesto para implementarla. Por lo tanto, el tema pasa a ser de competencia presupuestaria que sólo el gobierno regional puede ayudar a resolver. La pregunta es: ¿ahora que hay un gobierno comunal con voluntad política de avanzar en una solución, está el gobierno central dispuesto a apoyar dicho desafío?

Todos sabemos bien que Valparaíso es un polo de atracción turística tan potente, y aunque las autoridades respectivas no hagan nada por el desarrollo de la infraestructura turística, chilenos de otras regiones y extranjeros de todas las latitudes seguirán visitándonos.

El problema está ahí, sobre la mesa. Pero para la gobernación que representa los intereses de la derecha es más fácil negar recursos y permisos a la expresión de eventos como los Mil Tambores. Para ellos, evidentemente, es mejor que no ocurra.

En lo que respecta a quienes producen, siempre estarán condicionados por los recursos disponibles. No obstante, una buena producción se demuestra en la optimización de los recursos, sobre todo cuando lo que partió siendo un evento se transforma en una tradición. Por otro lado, y más allá de los aportes en dinero, las instituciones ligadas a la cultura y el turismo debieran prestar las asesorías y recursos humanos a los productores, en el entendido que el buen desarrollo de un evento masivo en el espacio público es de su total incumbencia, independiente que el gestor sea una organización no estatal. Una vez más, la voluntad política del municipio está. No así la del gobierno central.

Valparaíso, como ciudad turística, debe responder adecuadamente tanto a la demanda de quienes nos visitan como de quienes habitamos la ciudad. Y debe responder a todo evento. Para ello es fundamental que las autoridades asuman sus responsabilidades y gestionen de una vez los recursos necesarios para solucionar los problemas de infraestructura. Si ello no ocurre, seguirá primando el criterio político de la censura disfrazado de argumentos técnicos.

(Fotos: Gabriel Ducros)

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