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México y Brasil. Un tiempo Bífido. Un apunte de la elección de 2 personajes tan distintos como AMLO y Bolsonaro.Por Saúl Escobar

México y Brasil. Un tiempo Bífido. Un apunte de la elección de 2 personajes tan distintos como AMLO y Bolsonaro.Por Saúl Escobar

Saúl Escobar Toledo

Dos realidades muy distintas se presentan hoy en América Latina después de las elecciones en Brasil. En el país sudamericano eligieron un presidente con un perfil ultraderechista mientras que en México está a punto de tomar posesión un mandatario que ha anunciado la intención de poner en práctica un conjunto de políticas que se pueden caracterizar como progresistas o de izquierda.

En ambos casos se habla del fin de una etapa. En Brasil, el nacimiento de un régimen de mano dura que rompe con la secuela de los gobiernos del PT. En nuestro caso dará comienzo una administración que trunca la continuidad de las opciones neoliberales encarnados por el PRI y el PAN.

La opinión dominante, sobre todo en los medios, equipara de una manera abusiva ambos fenómenos como si se tratara de cosas parecidas y se conforma con una fórmula simplista: ambos son una manifestación más del populismo que recorre buena parte del mundo. Desde otro ángulo, hay quienes aseguran que México ha llegado tarde a la ola izquierdista y que Brasil es el ejemplo del fin de esa época. Por lo tanto, aducen, el proyecto de López Obrador tiene la suerte echada. Y desde luego, están los que sostienen que, a pesar de las adversidades y la derrotas en otras tierras, México será un ejemplo de que la izquierda puede gobernar exitosamente.

Para entender mejor el asunto, podría ser útil verlo desde una perspectiva más amplia. Desde la gran recesión mundial de 2007, se habla, cada vez con mayor énfasis, de una crisis de la democracia liberal. En consecuencia, se han propagado las llamadas democracias no liberales, regímenes que son democráticos en la forma (porque son electos por sus ciudadanos), pero bajo un ejercicio del poder que no respeta o violenta las libertades básicas de los ciudadanos. Algunos estudiosos del tema han reflexionado, sin embargo, que en realidad deberíamos hablar de dos fenómenos distintos: democracias no liberales y liberalismo sin democracia. En este último caso estarían los gobiernos tecnocráticos neoliberales que dicen defender esas libertades pero sin mecanismos reales de consulta con los ciudadanos. Las políticas económicas se deciden en las cúpulas y sus efectos sociales son resentidos por la mayoría de la población, pero sus quejas no son escuchadas. La globalización de los mercados y el 1% más próspero deciden casi todo e imponen sus propios intereses sin cortapisas institucionales.

Siguiendo este debate, podríamos decir que, frente al malestar de la globalización, ha surgido una respuesta bífida, dos caminos distintos para enfrentar esos daños y el descontento que han producido: una democracia post neoliberal o un neoliberalismo tirano.

En el primer caso podríamos situar a experiencias como las de Uruguay y Bolivia, aún en el gobierno, y otras, ahora interrumpidas, como las de Brasil y Argentina, pero también a tendencias políticas como Podemos en España, Bernie Sanders en el Partido Demócrata de Estados Unidos, y Jeremy Corbyn en el Laborista inglés. En la segunda ruta están gobiernos como los de Hungría y Polonia y partidos de oposición como el Frente Nacional de Francia. Desde luego Donald Trump en Estados Unidos y, en el caso de los países en desarrollo, de manera destacada Rodrigo Duterte de Filipinas. Ahora habría que agregar a López Obrador de un lado y a Jair Bolsonaro del otro.

Los partidarios de una democracia post neoliberal se caracterizarían por sostener un ideario basado en cuatro temas fundamentales: 1) una agenda económica y social redistributiva instrumentada mediante diversos mecanismos: aumento de los salarios; programas sociales de amplia cobertura para combatir la pobreza; y subsidios diversos, dirigidos a mejorar los niveles de bienestar de la población más vulnerable; 2) otorgar mayores derechos a la ciudadanía mediante reformas legales y constitucionales para fortalecer los llamados DESC (derechos económicos, sociales y culturales); 3) mantienen una ideología tolerante y proactiva en asuntos como los derechos de las mujeres y el respeto a la diversidad sexual, pero también en otras causas importantes: la migración, los pueblos originarios, el cuidado del medio ambiente y el control de drogas; y 4) tratan de construir una diplomacia más distante de la órbita de Estados Unidos.

Los émulos de un neoliberalismo tirano, en cambio, desprecian los derechos humanos. Sostienen una agenda económica y social más bien apegada al mandato de las élites económicas. Y, sobre todo, promulgan una ideología fuertemente conservadora, sostenida en un nacionalismo racista y violento de corte homofóbico, machista, y antiinmigrante. Desprecian las políticas destinadas a conservar el medio ambiente y los derechos de las minorías. Y, de manera sobresaliente, amenazan constantemente con el uso de la fuerza para perseguir a quienes consideran sus enemigos: indigentes, migrantes, pueblos nativos, adictos, homosexuales, y en particular a los defensores de los derechos humanos.

Mientras tanto, los partidarios del actual estado de cosas, que se autoproclaman liberales, siguen sin entender dónde está el problema. Creen que la libertad irrestricta de los mercados ha sido beneficiosa para la mayoría y que la democracia representativa tal y como ha funcionado en los últimos años, no necesita ninguna reforma.

Y, sin embargo, sus argumentos están perdiendo fuerza. Hace unos meses, Barak Obama, el presidente que en su momento defendió a ultranza el libre comercio, advirtió que, si bien la globalización y la tecnología han abierto nuevas oportunidades, también “han trastocado los sectores agrarios e industriales de muchos países. Han reducido enormemente la demanda de ciertos tipos de trabajadores y han contribuido a debilitar a los sindicatos y la capacidad de negociación de los trabajadores. Han permitido que al capital le resulte más fácil eludir las leyes y los reglamentos fiscales de las naciones-Estado y transferir millones, miles de millones de dólares con sólo tocar una tecla de un ordenador”.

Y concluyó: “Por consiguiente, ahora nos encontramos en una encrucijada, un momento en el que dos visiones muy distintas del futuro de la humanidad compiten para conquistar a los ciudadanos de todo el mundo. Dos relatos diferentes sobre quiénes somos y quiénes debemos ser”.

En esta narrativa bífida el asunto de fondo está en que no se puede fomentar la democracia y mantener las políticas neoliberales: más tarde o más temprano el Estado empieza a fallar y se abre el espacio más propicio para las tiranías.

Del otro lado, está claro que los intentos de construir una democracia post neoliberal están obligados a respetar los fundamentos de las economías de mercado; respetar las libertades básicas de expresión y manifestación; y a gobernar con transparencia y combatir la corrupción.

La administración de Andrés Manuel navegará sobre una delgada línea que tiene de un lado las reglas del mercado y la necesidad de conciliar intereses muy distintos, y por otro la urgencia de cambiar las cosas. El riesgo de tomar en sus manos un país sumido en una crisis histórica no sólo hace más difícil la tarea, sino que implica la posibilidad de provocar una reacción adversa que nos conduciría al otro extremo, el de la mano dura y el clamor por un gobierno despótico.

Y, sin embargo, volver atrás para repetir los esquemas fallidos de la ortodoxia neoliberal se antoja una posibilidad tanto o más remota. El mundo está cambiando: Brasil ha caído, quién sabe por cuánto tiempo. Pero los tiranos también cometen errores y son absolutamente inmorales y corruptos. Y, si observamos el caso de Estados Unidos, las elecciones del 4 de noviembre demostrarían que, con frecuencia, se desgatan rápidamente. No hay pues, en estos momentos, nada que pueda indicarnos que la historia se ha inclinado claramente por alguna de las dos opciones. Mal haríamos en confiar ciegamente en el nuevo gobierno, peor sería creer que no nos queda otra opción más que las dictaduras, sean de los mercados o de los gobernantes en turno, o de ambos.

Fuente: El Sur de Acapulco. Mexico.
saulescobar.blogspot.com

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