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México – La gente que el terremoto movió

México – La gente que el terremoto movió

En menos de un minuto más de dos millones de personas quedaron totalmente desamparadas en los estados mexicanos de Oaxaca y Chiapas. La gente común respondió al desastre antes que el gobierno: organizó colectas de víveres, ropa y medicinas y se apoyó en la coordinadora de trabajadores de la educación para auxiliar a los damnificados.

Eliana Gilet, desde México

Brecha, 15-9-2017

http://brecha.com.uy

Fue como emborracharse de repente. Sí, sonó una alarma, pero ¿cómo distinguirla entre las sirenas de las patrullas, comercios o ambulancias que son parte de la banda sonora de una metrópoli que –casi– no conoce la calma? Las puertas se abrían y cerraban solas y por un momento algún Poltergeist pareció ser la respuesta razonable al movimiento de cosas inanimadas. Claro que los mexicanos del barrio –que sí habían vivido terremotos– sí supieron qué ocurría y rápidamente salieron todos a la calle. La mayoría de ellos tienen una aplicación móvil que les avisa cuando hay un sismo, y por eso ya sabían, pocos minutos antes de las 12 de la noche del jueves 7 de setiembre, que se trataba del temblor más fuerte del siglo.

Al día siguiente los titulares de los periódicos respondían la pregunta que todos se hacían en Ciudad de México: ¿por qué si este fue mayor, no “desmadró” todo, como el de 1985? Porque el epicentro de este terremoto estuvo más lejos de la capital (a 700 quilómetros) que el de aquella vez (a 400). Calmados los capitalinos, “dónde te encontró el temblor” fue la anécdota para abrir la conversa con los amigos, con el vendedor de tortillas, con la señora del puesto de quesadillas. No hubo quien no contara su experiencia, más o menos aterradora. Los integrantes de una familia que vive en el centro histórico contaron que, como habitan en el tercer piso de su edificio y ya tenían calculado que no llegarían a la calle sin quedar atrapados en el derrumbe, subieron a la azotea. Desde allí pudieron ver cómo el temblor provocaba destellos fantasmagóricos que se encendían en el cielo: la llamada “triboluminiscencia”, fenómeno generado por la emisión de energía, producto de la ruptura de la superficie de la tierra.

El epicentro del temblor fue en la costa del Pacífico, en el municipio de Pijijiapan, en el estado de Chiapas. Tanto ese estado, como Oaxaca y Tabasco fueron destrozados. El balance oficial de muertos ascendió a 98, 78 de ellos en Oaxaca, donde más de 800 mil personas fueron damnificadas. Otras 15 personas murieron en Chiapas y se calcula que allí el número de afectados supera el millón y medio. Hubo casi 2 mil réplicas de distinto grado tras el temblor inicial.

Acción ciudadana

No es citar un lema antisistémico decir que las instituciones públicas están desacreditadas en México y que nadie confía realmente en que el gobierno vaya a actuar en favor de los necesitados. El terremoto vino a comprobar esa realidad. Fue la gente la primera en organizarse para atender un llamado de auxilio que todavía no se había formulado, porque las zonas más afectadas quedaron sin agua, sin luz y, lógicamente, sin teléfono ni Internet (así siguen mientras este artículo se redacta). Al menos cuatro centros civiles de acopio ya habían sido montados en la Ciudad de México cuando la Secretaría de Gobierno de la ciudad –recién el viernes 8 a las 15 horas– emitió un comunicado anunciando que haría lo mismo: recibir donaciones en la capital para enviar al sur del país.

A las seis de la tarde del viernes el pequeño restaurante que hace pocos meses abrieron en la capital Maraí y Alexis desbordaba de alimentos, ropa y medicamentos que los capitalinos arrimaron de manera solidaria. Los dos oaxaqueños de 29 años ya venían muy pendientes de lo que estaba sucediendo por sus pagos. El istmo de Tehuantepec (esa parte de México donde la distancia entre el Golfo de México y el océano Pacífico es más angosta) ya estaba colapsado por las lluvias desde días antes del terremoto, relataron a Brecha. Al menos 30 municipios del estado se habían inundado desde los primeros días de setiembre, inundaciones que fueron seguidas de deslaves y desplazamientos forzosos. Por ejemplo, Juchitán, uno de los pueblos del istmo que colapsó con el temblor, ya estaba afectado por estas inundaciones.

Apenas terminado el sismo, Maraí y Alexis comenzaron a hacer circular la información que recibían de distintas zonas y a pedir ayuda para localizar personas reportadas como desaparecidas. Luego decidieron convocar al acopio de artículos de primera necesidad, lo que convirtió a su restaurante en un centro de emergencias remoto.

Cuando Brecha conversó con ellos ya habían enviado una camioneta particular con medicamentos y material de curación a Oaxaca. Los víveres, en cantidad tal que superó todas las expectativas, fueron enviados junto con lo acumulado por el centro cultural Macario Matus, de Tlatelolco (barrio de Ciudad de México similar al Euskalerría de Montevideo, donde en el terremoto del 85 colapsaron edificios enteros), en un camión de diez toneladas que la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación –Cnte– consiguió para enviar la ayuda de la gente desde la capital.

Maestros organizados

La Cnte es el último sindicato independiente de trabajadores del Estado que sigue en pie, luego de que el gobierno de Enrique Peña Nieto desarticulara la empresa que brindaba el servicio de luz eléctrica a la capital y con ella se fuera también Luz y Fuerza, el otro sindicato combativo que quedaba vivo.

A las diez de la noche del viernes, en una casona grande que funciona como sede en Ciudad de México de la coordinación regional de la sección correspondiente a Oaxaca (la sección 22), ya se han juntado más de cinco toneladas de víveres para enviar al istmo de Tehuantepec. La respuesta de la sección 22 fue inmediata. Menos de una hora había pasado desde el temblor, cuando los maestros independientes llamaron a la acción solidaria de sus agremiados: “al acopio de víveres, la ayuda popular, el traslado de heridos, la remoción de escombros y la vigilancia permanente”, según el comunicado que replicó en todos los rincones.

En el estado de Oaxaca, la sección 22 de la Cnte está organizada en siete regiones, que a su vez se subdividen en 37 sectores. Esta telaraña amplia, que también refuerza su carácter horizontal, es la garantía de una presencia aún más extendida en el territorio que la del gobierno. Así, las ayudas de los maestros, que respondieron en masa al llamado de su dirigencia central, fue la primera y la más visible, en un estado que los respalda, mientras desde el gobierno central se apuesta a su criminalización. Vale recordar que fue en Oaxaca que, en junio del año pasado, varios pueblos de la sierra mixteca salieron a defender la educación pública junto a los maestros, manifestándose contra la reforma educativa, y fueron masacrados por la Policía Federal en una emboscada en Nochixtlán donde las fuerzas de seguridad usaron munición real para contener una protesta social y asesinaron a ocho personas (véase “Crimen de Estado”, Brecha, 24-VI-16).

Sin dinero del Estado

Un día antes de que la tierra temblara, la Cnte había convocado a repudiar la presencia de Enrique Peña Nieto en tierras oaxaqueñas. Las movilizaciones (y su represión) en Oaxaca de Juárez duraron casi todo el día. Era la tercera vez en cinco años que Peña Nieto se animaba a pisar el suelo de ese estado sureño. Con la ocurrencia del sismo, el equipo presidencial visitó Juchitán, el epicentro del desastre. La propuesta del gobierno federal fue que la Secretaría de Desarrollo Agrario se encargara de hacer un censo, del que no se dio fecha de conclusión, para atender a los afectados. Nada mencionaron el presidente ni su séquito de otorgar alguna partida específica de dinero para atender la precaria situación de más de dos millones y medio de personas que duermen en la calle, frente a sus casas demolidas porque no confían en que lo poco que puedan salvar esté seguro entre tanto caos. La única ayuda que envió el gobierno fueron las donaciones de ciudadanos solidarios recogidas en sus propios centros de acopio. Mientras el gobierno recolectaba víveres, el Ministerio de Hacienda presentó el presupuesto federal para 2018, el último de Peña Nieto y el mayor de su gobierno: asciende a 5.200 millones de pesos mexicanos (Aristegui noticias, 11-09-17). Los rubros que más destacan son un abultado presupuesto electoral para el año que viene y un aumento de los sueldos de la alta burocracia gubernamental. En el país de la impunidad y los 30 mil desaparecidos, cada ministro de la Suprema Corte de Justicia ganará 7 millones de pesos anuales (alrededor de 400 mil dólares) a partir de 2018.

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