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México – 1968: ni olvido, ni derrota

México – 1968: ni olvido, ni derrota

“De cuando en cuando cada nueva época plantea a las personas, especialmente a sus jóvenes, nuevos dilemas y tramas. Las herencias anteriores se derrumban y los muchachos y muchachas deben inventar su propia manera de ser en el mundo.

[…]

“Amar la vida resulta de la pasión por transformar el mundo y convertirlo en una provincia del hombre. Nuestros intentos nos llevaron a arriesgar la vida para alcanzar una sociedad que no nos triturara de hambre, tedio ni opresión. No lo logramos, tampoco fracasamos; aún existe un largo suspenso que no es definitivo.”

Patricio Rivas, Chile, un largo septiembre.

Lecciones vivas para una juventud que lucha

El movimiento juvenil y popular que se extendió de junio a diciembre de 1968 es uno de los más altos momentos de la lucha social en México. Sus repercusiones se extendieron durante las décadas siguientes en todos los ámbitos de la vida pública y aún en las transformaciones personales de toda una generación. Hacer hoy un tributo a esa historia y obtener de ella guía para nuestra realidad actual es una obligación de todo joven revolucionario que busque la transformación social para beneficio de la mayoría.

Lecciones que cobran especial relevancia a 49 años de distancia, en el momento que nuevamente la rebelión internacional se extiende. Prácticamente no hay una zona del planeta que no haya experimentado movilizaciones en los últimos años y algunas de las luchas más emblemáticas se dan en los centros del imperialismo, en Estados Unidos, Europa o China. El cuestionamiento frontal de un sistema fracasado y decrépito que sólo es capaz de asegurar que 80 hipermillonarios concentren la misma riqueza que 4 mil millones de personas.

En muchos de estos lugares, como en 1968, ha sido la juventud la llama que ha encendido la revuelta. En ese entonces, producto de las luchas obreras, los hijos de trabajadores y campesinos habían llegado a las universidades, se formaron críticamente y extendieron esa crítica a toda la sociedad, con su lucha ganaron los defectos democráticos que hoy pretenden arrebatarnos en las escuelas.

Una historia mucho más larga y compleja que la masacre del 2 de octubre que nos plantea la fuerza de la juventud cuando se organiza para mover a la sociedad entera. En el contexto internacional de rebelión que se extendió por los cinco continentes, las movilizaciones juveniles, obreras y populares de México fueron un aviso para el PRI, en ese entonces considerado omnipresente y todo poderoso, de que podían ser desalojados del gobierno y aún más, de que ese cuestionamiento avanzaría irresistiblemente sobre todo el sistema. 1968 cuestionó a todo el capitalismo en todo el mundo.

El capitalismo mexicano no tenía un lugar para eso jóvenes, toda organización independiente a las estructuras del gobierno era reprimida y desbaratada, de ahí que se pidiera la desaparición de los cuerpos de policía. Que se pidiera que la participación política fuera libre, y que el gobierno se rehusara a conceder esto so pena de perder el control que ejercían sobre los trabajadores y los campesinos.

La organización natural en asambleas generales por escuela y la conformación de Comités de lucha elegidos en las asambleas como organismos democráticos y revolucionarios, y la conformación a través de delegados revocables de un Consejo Nacional de Huelga para cohesionar y orientar la actividad general de todas las escuelas; la huelga estudiantil y la toma de instalaciones son herramientas de lucha que hasta el día de hoy perduran en el movimiento estudiantil y que no dudamos en tomar cada vez que sea necesario. Todas estas acciones forjan una tradición poderosa para las nuevas generaciones y llegan aún donde nunca ha habido una asamblea o un paro.

Los que hoy luchamos en las escuelas, en la precariedad laboral y en la calle, los que hoy organizamos la solidaridad popular ante los desastres naturales nos levantamos sobre hombros de gigantes. Y hemos de propagar aquellas lecciones, a saber, contra un sistema que nos niega todo futuro hay que luchar y para luchar hay que organizarse. Y allegarse la simpatía y solidaridad activa del pueblo y especialmente de las y los trabajadores que están en las fábricas, en los talleres, en el surco y en los servicios. Como en 1968 es esa unión la fuerza para hacer retroceder al gobierno.

La memoria es también un terreno de batalla. La burguesía y sus instituciones se encargan de ocultar sistemáticamente la historia y las lecciones de miles como nosotros que han luchado antes, de sus problemas, sus sueños, sus derrotas y sus victorias. Equipados con la experiencia de esas luchas, la juventud es más fuerte y más decidida en la batalla. En la organización cotidiana en las escuelas, en los barrios y en los centros de trabajo, en las herramientas para el análisis y resolución de problemas, y cuando salimos a las calles dispuestos a todo por conseguir lo que necesitamos y construir un futuro para nosotros.

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