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La Naturaleza tiene horror del vacío

La Naturaleza tiene horror del vacío


POLITIKA

Escribe Luis Casado


En Física, el vacío es la ausencia de toda materia. El vacío absoluto es un medio en el que no hay ninguna partícula elemental. En la práctica eso no existe, exceptuando tal vez el cerebro de nuestros parlamentarios. Cuando los laboratorios de Física buscan generar el vacío, se tienen que conformar con alcanzar un medio en el que la presencia de moléculas es increíblemente baja. Se trata de un vacío relativo llamado ‘alto-vacío’ (‘high vaccum’ o bien ‘vide poussé’).

Se entiende que se alcanza un ‘alto-vacío’ cuando la presión interior en un volumen dado es del orden de 10 potencia -8 Pascal. En ese medio conocido como ‘alto-vacío’, del cual se extrajo todo lo que los medios disponibles permiten extraer, quedan aún unos dos millones de moléculas por centímetro cúbico.

Hace 24 siglos Aristóteles llegó a la conclusión que la Naturaleza exige que todo espacio esté lleno de algo, y pronunció la frase que se transformó en aforismo: La Naturaleza tiene horror del vacío.

Mi propósito es explicar que en política, como en la Naturaleza, los espacios que se desocupan son rápidamente invadidos. Para bien o para mal.

En Chile, el duopolio que ha acaparado la gestión pública desde hace 26 años ve reducirse el apoyo ciudadano a un ritmo desenfrenado. Las municipales mostraron que menos de un 28% de los electores guardan alguna confianza hacia los demiurgos de la corrupción, la incuria y la prevaricación más descarada que se haya visto en América Latina, región del mundo que no obstante goza de una reputación inigualable al respecto.

Eso quiere decir que un 72% de la ciudadanía –que se abstiene, vota blanco o nulo– pudiese ser asimilada a un vacío sideral en cuanto a preferencia política.

El cabreo llegó al extremo que esa inmensa masa de ciudadanos piensa que unos valen lo que los otros, o sea nada. Y probablemente se siente interpretada por el lema “Que se vayan todos”. ¿Adonde? Cada cual tiene su idea al respecto.

Lo que en ningún caso nos aclara en cuanto a qué, o quien, logrará ocupar ese ‘vacío sideral’, con qué intenciones, y para qué fines. A lo largo de la Historia la sucesión de un sátrapa por un tirano es muy frecuente. Para ejemplo, un botón: nuestra muy negociada y manipulada transición. En comparación, Il Gattopardo fue un niño de las monjas. De ahí la gigantesca desconfianza del personal. Y el desmesurado peligro que llevan consigo estos períodos en los que el sátrapa instalado no termina de irse, mientras el tirano embrionario no acaba de instalarse.

Tú me dirás que un poquillo de optimismo ordena considerar la posibilidad de acceder a un sistema de convivencia en el que primen los derechos, la libertad, la igualdad y la fraternidad. Muy justo. Pero si le das una mirada panorámica a las expresiones políticas chilensis no ves sino desierto y desolación. ¿Dónde está la alternativa? ¿Dónde los hombres y mujeres que pudiesen encarnarla?

En medio del marasmo en el que se sumieron Chile Vamos y Nueva Mayoría, –las dos murgas que pasan por coaliciones de gobierno–, surgieron movidas “independientes”. No está muy claro con relación a qué o a quienes. Aún así, lograron ganar, aquí y allí, una que otra alcaldía. Pero todos juntos no constituyen ni una fuerza significativa, ni una opción creíble. Los tiros no parecen ir por ese lado.

Hubo quienes sostuvieron que en Valparaíso –donde fue elegido alcalde uno de esos ‘independientes’–, sí había buenas razones para votar. Pero en Valparaíso votó sólo el 31% de los electores habilitados para hacerlo, o sea aún menos que la media nacional…

Desde hace casi 40 años, la deriva liberal de una izquierda que devino descerebrada, inconsecuente, infértil, sometida y venal, generó una confusión en la que es difícil identificar lo que la separa de la derecha a la cual alguna vez se opuso.

El fenómeno no es puramente chileno y ni siquiera nació en Chile. Personajillos como Felipe González vinieron a sembrar la desvergüenza, el oportunismo, la venalidad y el acomodo. En su defensa hay que decir que en la progresía local encontró terruño fértil y ambiciones disponibles. No tuvo que hacer obra de catequización, lo suyo no fue un apostolado: entre sus numerosos discípulos locales hay quién ha superado al maestro.

¿Cómo, pues, llenar el vacío político sideral que deja el duopolio?

Hace algunas semanas difundí una nota, “Érase una vez la izquierda”, en la que expuse los criterios objetivos que debiesen permitirnos identificar la ‘izquierda de izquierda’, por oposición a la auto-reivindicada izquierda liberal, o sea la izquierda de derechas.

Entre esos criterios, la actitud hacia la institucionalidad y la irrenunciable soberanía popular, la definición de políticas económicas que rompan el corralito del pensamiento neoliberal, el abandono del dogma del libre mercado, y la oposición frontal a la dominación de los mercados financieros.

Todo lo cual cae muy lejos del discurso pretendidamente “experto” de quienes practican el onanismo de la “competitividad”, del “liderazgo”, del “riesgo país” y de la “inversión directa extranjera”.

En esta nota deseo exponer algunos hechos que conforman el sustrato de la evolución política, económica y cultural que constatamos en el ámbito planetario, elementos que conviene tomar en cuenta a la hora de identificar posibles alternativas que pudiesen llenar el ‘vacío político sideral’.

Cada uno de ellos se manifiesta en Chile, con sus propias características, y produce consecuencias que suelen ser más profundas que en otras regiones del mundo.

Población

Impactado por la lectura de “Tristes Trópicos” de Claude Lévi-Strauss, y su pesimismo ante la sobre población que había constatado en Asia, –a juicio de Lévi-Strauss ahí está la clave de la inevitable desaparición del ser humano de la superficie de la Tierra–, guardé una especial sensibilidad hacia los temas demográficos.

Claude Lévi-Strauss habla de verdaderos “hormigueros humanos”, fenómeno que tuve la ocasión de presenciar a mi vez cuando visité la India en varias ocasiones en los años 1980. Mi entrada en el país de Ghandi se produjo por Calcuta, y me permitió conocer Bombay (Mumbai), Delhi, Secunderabad y Hyderabad. Comprendí que Lévi-Strauss calificase el continente americano de verdadero desierto: comparados con Asia, los países americanos disponen de vastas extensiones de territorio para su muy escasa población.

Lo que no fue obstáculo para que en los años 1960 la tristemente célebre Alianza para el Progreso, – impuesta por los EEUU como una suerte de vacuna contra la influencia de la Revolución Cubana–, tuviese como principal objetivo reducir la tasa de natalidad, considerada entonces como la causa esencial de la pobreza y la miseria. Fue el muy democristiano presidente Eduardo Frei Montalva quién aplicó en Chile las recetas contra la natalidad pergeñadas en Washington: donde manda capitán no manda marinero.

El presidente Lyndon Johnson, que sucedió a John Fitzgerald Kennedy el día de su asesinato en Dallas (1963), había declarado:

“Cinco dólares invertidos contra el crecimiento de la población son más eficaces que cien dólares invertidos en el crecimiento económico.”

Por su parte, el economista Robert McNamara, a la sazón presidente del Banco Mundial (1968-1981) –anteriormente McNamara había sido presidente de la empresa Ford y Secretario de Defensa de los EEUU durante la guerra de Vietnam (1961-1968)– estimaba que la explosión demográfica era el principal obstáculo para el progreso de América Latina y anunció que el Banco Mundial le daría prioridad, en sus créditos, a los países que aplicasen planes de control de la natalidad.

En mi ensayo “América Latina: transferencia de tecnología y desarrollo” (1982), destaqué la escasa densidad de población de todos los países de la región:

hab km2

Sin embargo, como queda dicho, los “expertos” ya nacidos proponían resolver la pobreza de los latinoamericanos impidiéndoles nacer.

Mucho más tarde, en una nota redactada en diciembre del 2015 (“De la dificultad de nacer – La previsible evolución del jaguar sudamericano”) señalé lo siguiente:

“Antes del dilema de Hamlet, Ser o no ser, nos enfrentamos a la simple posibilidad de nacer. Si a primera vista no lo parece, el hecho constituye sin embargo un dato económico de fondo, muy lejos de las peripecias de las tasas de interés, del precio del cobre, del yo-yo del dólar o las siempre optimistas declaraciones del ministro de Hacienda.

Curiosamente, los economistas, que dedican lo mejor de su tiempo a practicar el oficio de Yolanda Sultana haciendo previsiones sin sentido, omiten referirse a la natalidad como si se tratase de una constante secundaria.”

En el ámbito mundial, la evolución de la población planetaria es un fenómeno que puede dar escalofríos.

En su libro “La era del pueblo” (2016), Jean-Luc Mélenchon señala lo siguiente:

“La más grande conmoción que se haya producido en el mundo viene del crecimiento del número de seres humanos que lo pueblan. Es sin embargo el hecho menos considerado y el menos abordado en el espacio político. No obstante, el número de seres humanos ha explosionado ante nuestros ojos. Habían 2 mil 500 millones de habitantes a mediados del siglo XX, cuando yo nací. Desde fines del año 2011 somos ya 7 mil millones. La población mundial más que dobló en sesenta años. ¡Qué aceleración! Se la mide mejor cuando uno recuerda que fueron necesarios 200 mil años desde nuestro primer ancestro para alcanzar los primeros mil millones de personas. Y sólo 5 años para aumentar de nuevo la población de mil millones más entre el 2009 y el 2014… Es verdad que fueron necesarios sólo 100 años para pasar de uno a seis mil millones.”

En el ensayo ya citado (América Latina: transferencia…) señalé que América Latina conocería un significativo aumento de su población. Los datos disponibles permitían en ese entonces (1982) proyectar la población de la región del modo siguiente:

“…un crecimiento demográfico muy rápido: los 100 millones de latinoamericanos de 1930 son 370 millones en el año 1980 y serán 600 millones a fines del siglo.”

Las constataciones efectuadas más tarde le permitieron a la CEPAL ofrecer las siguientes cifras:

“La población latinoamericana siguió creciendo hasta sumar 512 millones en 2000 y se calcula que alcanzará 680 millones en 2025 y 779 millones en 2050.”

En apenas 70 años, la población latinoamericana se multiplicó por más de cinco. Su ritmo de crecimiento previsible seguirá siendo muy dinámico en el horizonte del 2050, año en el que la población se habrá incrementado en un 52% con relación al año 2000.

El prodigioso aumento de la población determina una presión inimaginable sobre los recursos disponibles en el planeta, y modifica sustancialmente las relaciones de poder en lo que se conoce como el orden mundial. Son dos elementos que junto a la evolución demográfica constituyen el sustrato de la evolución política contemporánea a la que me referí más arriba.

La evolución demográfica en Chile

Un estudio del INE señala que en el año 1813 –época en la que se efectuó el primer conteo de la población– Chile tenía 800 mil habitantes. En el año 1910 la población alcanzaba los 3 millones 300 mil habitantes, y en el 2010 ya éramos 17 millones.

Otros datos, publicados por Expansión/Datosmacro.com, indican que “Chile cerró 2015 con una población de 17.948.141 personas.” O sea un aumento de un millón de habitantes en un período de cinco años.

En casi un siglo (1813-1910) la población se multiplicó por un factor 4,12, y luego, en el siglo siguiente, por un factor 5,15. Como se mire, se trata de una aceleración del crecimiento de la población.

No obstante, la densidad de la población con relación al territorio sigue siendo baja. Según la ya citada fuente Expansión/Datosmacro.com “Chile, situado en el puesto 42 del ranking de densidad mundial, tiene una baja densidad de población de 24 habitantes por Km2.”

Muy lejos de los más de 650 hab/km2 de China, los 520 hab/km2 de Corea del Sur, los 505 hab/km2 de los Países Bajos, los 421 hab/km2 de la India o los 372 hab/km2 de Bélgica.

A priori, el territorio chileno es suficientemente extenso para satisfacer las necesidades de su población. A priori… Si no se toma en cuenta que las políticas económicas definidas por los Chicago boys –políticas vigentes hasta el día de hoy– definieron de una vez por todas el vertiginoso crecimiento de la población mundial como una magnífica “oportunidad de negocios”. Y que la demencial búsqueda de “inversiones” ha llevado a ofrecerle patente de corsario a cualquier multinacional hambrienta de lucro fácil.

Las relaciones que Chile establece con la población del planeta se resumen al aprovechamiento de su capacidad a consumir las materias primas de las que dispone nuestro país. Extraídas por el gran capital, para beneficio del gran capital.

En un mundo en el que las grandes potencias rastrillan cada país de cada continente a la búsqueda de los recursos que quedan, –organizando las guerras que hagan falta para asegurarse su dominio–, un ministro de Minería chileno, Laurence Golborne, escribió una frase que simboliza la incuria de la clase política que no me atrevo a calificar de “nacional”: “Nos guste o no, reservas (mineras) son del que las encuentra. No son nuestras” (twitter del 1º de julio del 2010).

Que el sector político al que pertenece Golborne viese en él un potencial candidato presidencial da la medida de su sumisión a los intereses foráneos. Es imposible no recordar la frase que en su día pronunciara el presidente argentino Arturo Illía: “No le tengo miedo a los de afuera, que nos quieren comprar; le tengo miedo a los de adentro, que nos quieren vender”.

La larga lista de tratados de libre comercio que los sucesivos gobiernos han firmado con los países más improbables, sumada a los tratados recientes (Pacífico Sur entre otros), señala que nuestro modelo de crecimiento reposa por lo esencial en la capacidad del prójimo a consumir lo que se pueda extraer de las entrañas de nuestra tierra y de nuestro mar (¿debo decir de SU tierra y de SU mar?).

Lo que consume la población local es un epifenómeno. Poco importa de donde vienen los productos, de qué sirven ni cual es su calidad: basta con que las importaciones –y por cierto el consumo de servicios locales– paguen el IVA, pilar fundamental de los presupuestos generales del Estado.

Que cualquier hijo de vecino lleve zapatos producidos en el interior de China, coma pescados criados industrialmente en Vietnam o en algún gran lago africano, se limpie los dientes con un cepillo fabricado en México y se vista con ropa de dudosa calidad venida de cualquier rincón del globo, no inquieta a nadie: “Chile es un país abierto al mundo” es la frase lamentable que pronuncian los “expertos” y los políticos.

“País abierto al mundo” es una condición que obliga a mantener una cierta “competitividad”, o sea –como lo entienden los “expertos”– la capacidad de producir cualquier cosa al más bajo precio posible, o dicho en otras palabras, con costes salariales miserables para la inmensa mayoría de la población activa, sea ella ‘manual’ o ‘intelectual’.

Al decir ‘costes salariales’ quiero indicar que no sólo el salario es bajo, sino que las cotizaciones patronales que en otros países financian la Educación, la Salud, la Previsión, los Transportes y otros servicios públicos son prácticamente inexistentes.

De tal manera que Chile, cuya actividad se concentra en la extracción de materias primas, el monocultivo agrícola y el pillaje de sus bosques y sus mares, acelera la destrucción de su entorno, contamina su medio ambiente, agota las existencias de sus riquezas básicas, destruye sus recursos pelágicos, mata su diversidad vegetal y contamina el aire que respiramos con el poco loable propósito de exportar volúmenes cada vez más grandes para satisfacer las necesidades irracionales de un modo de consumo irracional.

Todo ello en provecho de un puñado de privilegiados que declara sin sonrojarse que “Chile no es un país, sino un Club privado, y ese club privado nos pertenece” (David Rothkopf. Superclass. 2008).

Agotamiento de los recursos del planeta

La evolución demográfica descrita más arriba contribuye poderosamente al agotamiento de los recursos renovables, y acelera el agotamiento de los recursos no renovables.

Un modelo económico que exige altas rentabilidades en el más corto plazo no se inquieta de tales menudencias. Lo importante es anunciar más y más beneficios, so pena de ver derrumbarse la cotización bursátil de las transnacionales que concentran lo esencial de la actividad económica y financiera en el ámbito mundial.

Los gobiernos del llamado primer mundo profundizan un modelo económico productivista, basado en la promoción de la oferta (supply side), sin importar que lo que se produce no guarde ninguna relación con las necesidades reales. Lo importante es producir, sin tomar en cuenta la insoportable tensión que eso genera en los recursos renovables y no renovables.

Es el triunfo de las tesis del economista francés Jean-Baptiste Say (1767-1832), verdadero padre del liberalismo a ultranza (el laissez-faire), quién sostenía que toda producción genera su propia demanda, lo que hace imposible la aparición de alguna crisis. Producir pues, producir cualquier cosa, en cantidades cada vez más grandes, porque alguien terminará por consumir lo producido.

La tesis de Say se apoya en un razonamiento cuya simplicidad es muy propia de los economistas: la producción obliga a remunerar los factores de producción, o sea el capital y el trabajo. Esa remuneración es equivalente al valor de lo producido, y por vía de consecuencia permite consumirlo en el marco del más bello de los equilibrios.

Las innumerables crisis que han jalonado la historia planetaria desde el siglo XVIII al presente no han disuadido a ningún “experto”. Los economistas son como los generales: no se rinden ni ante la evidencia. El economista George Stigler, premio Nobel de economía, llegó a afirmar que cuando la realidad no corresponde a lo que anuncia la teoría, es la realidad la que se equivoca.

El llamado “modelo productivista” sigue pues viento en popa, producir, producir, crecer, crecer, ¿a quién le importa un futuro improbable mientras los beneficios alimentan la codicia de las multinacionales y los mercados financieros?

¿De qué sirve que la NASA recuerde que “la escasez de recursos provocada por la presión sobre el ecosistema y la estratificación económica entre países ricos y pobres jugaron siempre un papel central en el proceso de hundimiento” de las civilizaciones? (citado por J-L. Mélenchon. Op. cit).

Hemos llegado a una situación en la que, cada año, la actividad humana consume más recursos naturales que los que el planeta puede regenerar en el mismo período de tiempo. Producimos, cada año, más desechos que los que el ecosistema puede absorber. Es lo que se conoce como “deuda ecológica”.

Según la fundación Global Footprint Network, hace 30 años, en 1987, cada año agotábamos los recursos renovables hacia el 17 de diciembre. La “deuda ecológica” se limitaba –si oso escribir– a 13 días por año. En el año 2007, la actividad humana agotaba los recursos renovables el 26 de octubre, y la deuda ecológica” se había multiplicado por un factor 3. En el 2011 habíamos perdido un mes suplementario: agotábamos los recursos renovables el 27 de septiembre.

El año pasado, el 2015, la “deuda ecológica” comenzó el 13 de agosto.

Hace unas semanas, la World Wild Foundation (WWF), en el informe “Planeta vivo” que publica cada dos años, señaló que la extinción de las especies se acelera. “La cantidad de mamíferos, peces, aves, anfibios y reptiles se redujo un 58% en el mundo entre 1970 y 2012 y el declive seguirá si los humanos que sobre pueblan el planeta no hacen nada para evitarlo”, advierte el WWF.

¿Cómo no desesperar al leer un titular de la prensa de Santiago, que hace un par de días señalaba que el gobierno chileno “considera seriamente hacer pagar las cuotas de pesca” que le acuerda en insoportable e injusta exclusividad y gratuidad a un puñado de familias privilegiadas?

Chile, el país de las concesiones gratuitas: de minas de cobre y de oro, de yacimientos de litio, de fuentes de agua, de recursos pelágicos… del aire que respiramos. Hasta las más remotas regiones del norte y del sur de país conocen extensos y agudos períodos de contaminación del medio ambiente, mientras los “expertos” tratan el tema como la pinche “externalidad negativa” de un modelo económico exitoso.

Externalidad negativa quiere decir que no es quién contamina el que paga las consecuencias –por algo son “externalidades”– sino quien sufre la contaminación. Ay… Neruda, ¿qué dirías tú que le escribiste una oda al aire para decirle:

monarca o camarada
hilo, corola o ave,
no sé quién eres, pero
una cosa te pido,
no te vendas…

Los obedientes gobiernos del ‘Club privado’ ni siquiera lo vendieron: lo cedieron gratis.

No se trata de la visión catastrofista de un ecologista primario, ni de exageraciones con relación a los sistemas de medida de las partículas finas: la Unicef publicó hace poco un informe en el que leemos textualmente lo que sigue:

“300 millones de niños en el mundo, o sea uno de cada siete, viven en un sitio en el que la contaminación del aire excede hasta en seis veces las normas internacionales” (Conferencia de la ONU sobre el Clima, COP22, Marraquech, 7-18 noviembre 3016).

Un reportaje oportunamente difundido con ocasión de la COP22 muestra que “el 92% de la población mundial respira un aire ambiente demasiado contaminado”.

Anthony Lake, director de la Unicef, un tipo poco sospechoso de parcialidad, declaró: “La contaminación del aire contribuye de manera importante a la mortalidad anual de 600 mil niños menores de cinco años y amenaza la vida y el futuro de millones más”.

Cuando esto escribo surge en mi mente una reflexión que se impone por sí misma: ¿por qué explicarle esto a los habitantes de Santiago de Chile, ciudad cuya contaminación alcanza niveles atroces? Sin embargo, la prensa obediente exhibe el aumento del parque automotriz como un muy apreciado y seguro índice de “lo bien que está el país”.

¿El fin de la Humanidad?

La religión del “crecimiento” es objeto de un culto pagano al que se libran todos los políticos, la mayor parte de los economistas, y por cierto todos los “expertos” sin distinción. A fuerza de dopar el “crecimiento” terminaremos por destruir el planeta y por hacer desaparecer la especie humana, pero disfrutando de una alta competitividad y de una excelente rentabilidad.

La lucha por el control de los recursos que quedan –petróleo, minerales, agua potable, bosques, tierras cultivables, peces, algas, etc.– explican las guerras que se suceden en diferentes regiones del mundo, las tensiones entre las grandes potencias, las dramáticas migraciones de poblaciones cada vez más numerosas que huyen de la violencia desatada.

El sobre consumo de energías que generan dióxido de carbono –carbón, petróleo, gas, leña– ha contribuido poderosamente al proceso de cambio climático. El productivismo, transformado en dogma, acelera el consumo de energía y por ende los trastornos climáticos que constituyen su corolario.

La destrucción del medio ambiente y la contaminación desatada encuentran en Chile ejemplos de consecuencias dramáticas. La reciente crisis de la marea roja en Chiloé, la pudrición del mar causada por la salmonicultura, la creciente contaminación del aire que se respira no sólo en las grandes ciudades sino hasta en la lejana región de Aysén, para no mencionar las ciudades y pueblos del norte de Chile cercanos a las explotaciones mineras, el vertido de aguas servidas al mar, el agotamiento de los recursos hídricos arbitrariamente concedidos a las transnacionales mineras, la violenta irrupción de los relaves mineros tóxicos que destruyen pueblos enteros, son algunos conocidos ejemplos.

La degradación del medio ambiente provoca catástrofes humanitarias, entre las que se cuenta la masiva migración de poblaciones afectadas por el cambio climático, o por las guerras destinadas al control de los recursos aún disponibles.

Esas migraciones afectan ya a decenas de millones de personas, y se prevé que en un futuro próximo los desplazamientos se cuenten en centenares de millones de seres humanos obligados a buscar un entorno más favorable, o menos peligroso para su supervivencia.

Tales desastres son el corolario del vacío intelectual del que adolecen quienes desgobiernan el planeta, inmersos en cuerpo y alma en el dogma del productivismo. La Naturaleza tiene horror del vacío… y se desquita dándonos la respuesta del pastor a la pastora.

Entretanto, el ministro de Hacienda, el gobierno y los empresarios se inquietan de la “insuficiente” inversión en el sector de la minería… Estamos frente a un abismo, parecen decir, y tenemos que dar un gran paso al frente.

El filósofo francés Michel Onfray sugiere que todo es Naturaleza. Incluyendo la cultura, es decir el ser humano y su obra. A pesar de los esfuerzos del Hombre por situarse en una esfera aparte, también forma parte de la Naturaleza. Esta evolución demencial de la economía, que lleva progresivamente a la destrucción de la Humanidad, –dice Onfray–, es de algún modo conducida por la propia Naturaleza (Onfray reconoce que al atribuirle un propósito es difícil evitar la “antropologización” de la Naturaleza).

Algo así como, “Adelante, intenta destruirme y te destruirás. Pero cuando ya no estés… yo, Naturaleza, seguiré ahí, y podré –libremente– hacer evolucionar el planeta como me dé la gana”.

Pobre Naturaleza: va a tener mucho trabajo habida cuenta del estado en que dejaremos el patio. Lo más seguro es que seis días no le serán suficientes. Sólo queda desear que después de dos intentos fallidos de dios (la creación original y la que vino después del Diluvio Universal), la Naturaleza pueda inventar una especie que no exhiba un cerebro tan vacío como el de los genios que nos gobiernan.

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