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La ciencia tiene nombre de mujer

La ciencia tiene nombre de mujer

JUSTICIA POÉTICA

La ciencia tiene nombre de mujer (pero no nos lo contaron)

Las científicas han pasado de ser ninguneadas por la historia de la ciencia a despertar interés literario. Cuatro libros recientes reivindican sus logros

MONTSE COMESAÑA

EL PERIODICO DE CATALUNYA, 23 de febrero de 2017

El informe ‘Científicas en cifras’, presentado a principios de febrero, confirmaba con números lo que el saber popular ya sospechaba sin necesidad de pasar lista: que la ciencia, a pesar de tener nombre femenino, hoy sigue siendo un asunto de hombres, al menos en su perfil más rutilante: el de los premios, los aplausos y los honores. Si se echa la vista atrás, el panorama aparece aún más descompensado en términos de género: la huella de las investigadoras en los libros de historia apenas supera la categoría de nota a pie de página. Un erial, el cero absoluto, como si no hubieran existido.

Lo cierto es que sí que existieron, y además tuvieron una influencia en el desarrollo de la investigación mucho más decisiva de lo que cuenta el relato oficial del avance científico. Estuvieron allí, en los laboratorios que dieron con la fórmula de la vida, en los observatorios que escrutaron el cielo, entre las máquinas que impulsaron la carrera espacial. Sus cálculos fueron vitales para que los proyectos más ambiciosos resultaran exitosos y gritaron ¡eureka! antes que sus compañeros varones, pero nadie se paró a contar sus historias.

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ROSALIND FRANKLIN (1920-1958). Química y cristalógrafa británica. Identificó la forma como se distribuyen los átomos en la molécula del ADN. Gracias a este hallazgo, Watson y Crick pudieron formular su teoría de la estructura del ADN, pero nunca le reconocieron el mérito. Watson se refería a ella como: «Esa chica fea y amargada con gafas».

Hasta hoy. El mundo editorial vive últimamente un repentino interés por rescatar del olvido a las mujeres que en el pasado ocuparon el puente de mando de la investigación pero cuyas figuras fueron luego ninguneadas. Mujeres como Rosalind Franklin, decisiva para que James Watson y Francis Crick explicaran la estructura del ADN pero despreciada más tarde por los propios ganadores del Nobel, cuyas andanzas detalla Adela Muñoz Páez en ‘Sabias‘ (Debate) junto a las de una élite de grandes científicas opacadas a lo largo de la historia.

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WILLIAMINA FLEMING (1857-1911). Astrónoma norteamericana nacida en Escocia. Dirigió el grupo de contadoras de estrellas, equipo de mujeres contratadas por la Universidad de Harvard para mapear el cielo a partir de los datos aportados por los observatorios astronómicos. Logró localizar e identificar miles de astros.

O Williamina Fleming y el resto de damas que fueron contratadas por la Universidad de Harvard a finales del siglo XIX para mapear el firmamento, sin que nadie les reconociera nunca su labor, y que ahora protagonizan, a la vez, el ensayo ‘El universo de cristal’, de la divulgadora norteamericana Dava Sobel, y la novela ‘Las calculadoras de estrellas’, del autor asturiano Miguel A. Delgado.

El día que Neil Armstrong pisó la luna, los ojos de todo el planeta se fijaron en él, pero ha hecho falta que pasara casi medio siglo para que esos mismos ojos supieran de la existencia de Katherine Johnson, la matemática afroamericana que calculó la trayectoria de la cápsula que llevó y trajo con vida al astronauta, y sin cuyas predicciones habrían sido imposibles aquella y otras muchas misiones de la carrera aeroespacial. La historia de Johnson centra el libro ‘Figuras ocultas’ (HarperCollins), en el que la autora, la periodista norteamericana Margot Lee Shetterly, relata también las peripecias de Dorothy Vaughan, la primera supervisora de IBM en la NASA, y Mary Jackson, la primera ingeniera aeroespacial de la agencia estadounidense.

DOBLE DISCRIMINACIÓN

En su caso, al ostracismo que debieron soportar por ser mujeres en un mundo copado por varones, se añadía la discriminación racial que las obligó a ser investigadoras de segunda en laboratorios de primera. Ironías del destino con sabor a justicia poética: las tres han sido protagonistas inesperadas de los Oscar de este año después de que la película basada en el libro de Shetterly, del que también toma su título, fuera nominada a tres estatuillas.

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HENRIETTA SWAN LEAVITT (1868-1921). Astrónoma norteamericana. Formando parte de las ‘contadoras de estrellas’, dio con un método para calcular la distancia de los astros que actualmente sigue utilizándose en astronomía. Años más tarde, sus cálculos sirvieron de base para la formulación de la teoría de expansión del Universo y del Big Bang.

«Que se hable de estas mujeres es un acto de justicia. En primer lugar hacia ellas, pero también hacia la historia de la ciencia, que hasta ahora ha permanecido incompleta al silenciar sus figuras», opina Miguel Ángel Delgado. La teoría del Big Bang dio sentido a las observaciones estelares, y a la propia concepción humana del Universo, en la segunda mitad del siglo XX, pero nada se dijo entonces de Henrietta Swan Leavitt, autora de la fórmula que usó Edwin Hubble para formular el modelo sobre el que descansa esta teoría.

Annie Jump Cannon, otra ‘contadora de estrellas’ de Harvard como Henrietta, tampoco ocupa el lugar que merece en la historia de la astronomía, a pesar de haber diseñado un sistema de clasificación estelar que hoy siguen usando los astrónomos de todo el mundo. Lo que Dava Sobel explica sobre sus hallazgos en forma de ensayo en ‘El universo de cristal’ lo relata Delgado en modo novela en su libro. «Sus vidas fueron tan extraordinarias que se explicaban mejor a través de una ficción basada en hechos reales», razona el autor.

A Adela Muñoz Páez fue la curiosidad lo que la movió a interesarse por las mujeres que, como ella –es catedrática de Química Inorgánica–, sintieron la llamada de la ciencia. En busca de las Hipatia y las Marie Curie que faltan en los tratados de historia, la autora ha compuesto un libro que, afirma, es el resultado de «muchos años de lectura con las gafas violetas puestas», en referencia al criterio femenino, «y feminista», con el que ha investigado. «Era necesario mantener esa mirada para localizar a todas las mujeres que propiciaron el avance científico, pero que fueron eclipsadas por los hombres, muchas de las cuales no aparecen ni en la Enciclopedia Británica. En la mayoría de los casos, ellas hicieron el trabajo y ellos se llevaron la gloria», explica.

BORRADAS DE LA HISTORIA

Mujeres como la alemana Caroline Herschel, que descubrió hasta ocho cometas a finales del siglo XVIII y fue la primera mujer que cobró un sueldo como científica, pero cuyos hallazgos fueron eclipsados por la sombra de su hermano, astrónomo como ella. O las investigadoras de la segunda república española, que alumbraron lo que Muñoz Páez define como «una edad de plata de la ciencia de nuestro país», pero cuyos nombres fueron borrados de la historia después de la guerra civil.

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CAROLINE HERSCHEL (1750-1848). Astrónoma alemana. Descubrió ocho cometas y tres nebulosas estelares y fue la primera mujer que cobró un sueldo como científica, pero sus hallazgos fueron eclipsados por la sombra de su hermano, astrónomo como ella.

«Junto al talento y el espíritu aventurero, todas tuvieron personalidades fuertes. Solo así pudieron vencer las barreras y los estereotipos. Durante siglos, el saber estuvo encerrado en los conventos, a los que ellas no podían acceder, e incluso en el siglo XVI, Quevedo y Molière se reían de que una mujer quisiera ser culta», señala la autora de ‘Sabias’. La conclusión a la que ha llegado tras su viaje por el lado femenino de la investigación desmonta erróneos mitos del pasado: «La ciencia no tiene sexo. Solo requiere estar atento y tener curiosidad por entender lo que ocurre a nuestro alrededor, y en eso no nos diferenciamos hombres y mujeres», afirma.

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