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Estados Unidos – El gabinete Trump: todo el poder a las grandes petroleras

Estados Unidos – El gabinete Trump: todo el poder a las grandes petroleras

Por Ale Kur, SoB 409, 15/12/16

El puesto más importante en el gabinete de EEUU es siempre el del Secretario de Estado, encargado de manejar la política exterior de la principal potencia imperialista del planeta. Se trata por lo tanto de un cargo de relevancia mundial. Esta semana Trump anunció que ese puesto será ocupado nada más y nada menos que por Rex Tillerson, CEO de la ExxonMobil. Se trata además de un hombre de confianza de Putin, el presidente ruso, con el que Trump parece tener una gran afinidad.

La ExxonMobil es una de las 10 empresas más grandes de todo el planeta, con una de las mayores capitalizaciones bursátiles y tasa de ingresos anuales. Se trata de una compañía petrolera y gasífera, heredera de la emblemática Standard Oil fundada por Rockefeller. Como tal, es sinónimo de todo lo que conocemos como “imperialismo”. Es ampliamente conocida por su financiamiento a las campañas del Partido Republicano y su lobby a favor de las guerras de rapiña (como la de Irak). También es conocida por su completa falta de respeto por el medio ambiente, y su responsabilidad en varias crisis ambientales. Y por sobre todas las cosas, es un emblema de la criminal política de seguir explotando combustibles fósiles, que está llevando al planeta a un cambio climático de potencialidad catastrófica.

El nombramiento de Tillerson como Secretario de Estado tiene por lo tanto un carácter brutal. De manera descarada, se le otorga a las grandes petroleras el control directo de la política imperialista de EEUU. Por supuesto, estas siempre tuvieron una enorme influencia, pero con este paso se suprimen todas las mediaciones y se va a un gobierno empresarial directo.

El caso de Tillerson ni siquiera es una “excepción” dentro del nuevo gabinete. Los medios de comunicación lo describen como “el gabinete más rico de la historia”, ya que todos sus miembros son grandes multimillonarios. Estados Unidos pasaría a ser directamente gobernado por sus dueños (y de todo el planeta), el famoso y repudiado “1%” de Wall Street.

Para completar el hermoso panorama del gabinete Trump, hay que mencionar un último aspecto: en el mismo, figuraran por lo menos tres generales de las Fuerzas Armadas estadounidenses. James Mattis se desempeñará como secretario de Defensa; John Kelly, como secretario de Seguridad Interior; y Michael Flynn como consejero de Seguridad Nacional. Entre ellos, Mattis tiene un apodo muy ilustrativo: lo llaman “el perro loco” (Mad Dog), luego de su rol en la guerra de Irak liderando a las nefastas tropas de ocupación norteamericanas. Se le conocen declaraciones donde afirma que la guerra “es divertida”, especialmente dispararle a la gente.

Tres rasgos, entonces, saltan a la vista de manera inmediata. El carácter repugnantemente capitalista del gabinete, que se saca de encima todos los “formalismos” de la política profesional para dar paso directamente a los gerentes. El carácter imperialista, de rapiña, del mismo –fuertemente ligado al militarismo-. Y también, y esto tiene una enorme gravedad, un carácter criminal en cuanto a su política ambiental.

Nos detendremos especialmente para explicar este aspecto. La designación de Tillerson se complementa con varias otras.  Scott Pruitt, un escéptico negador del cambio climático, será nombrado como Secretario de Medio Ambiente, en un acto de provocación abierta. El mismo, como fiscal de Oklahoma, fue parte de acciones legales contra las políticas de “energía limpia” que se comenzaron a impulsar desde el gobierno Obama. Todo el equipo dedicado a cuestiones energéticas son personajes directos del mundo petrolero y gasífero. Esto es coherente con los dichos de Trump de que el cambio climático “es un invento de los chinos” para quitarle competitividad a la economía norteamericana.  En el mismo sentido van sus declaraciones sobre su intención de retirar a EEUU de los acuerdos de Paris que (con infinidad de límites) se plantean mitigar sus efectos.

No se trata de una cuestión secundaria: Trump realiza una apuesta estratégica por la continuidad de la explotación de combustibles fósiles, como parte de su plan para relanzar la hegemonía económica norteamericana. Esto significa ni más ni menos que llevar al mundo a una catástrofe ambiental, acelerando los procesos que ya están causando enormes problemas en el planeta. En el mediano-largo plazo, el derretimiento de los polos y consiguiente crecimiento del nivel mar, el aumento de temperaturas a niveles intolerables, las sequías generalizadas y extendidas, etc. pueden llevar a enormes desplazamientos poblacionales (con sus terribles consecuencias sociales), a muertes en masa e inclusive a la extinción de nuestra especie.

El gabinete Trump y la geopolítica

Otro aspecto a señalar en relación al proyecto de Trump, de enorme importancia, es que plantea reencauzar de manera global la política exterior de Estados Unidos.

En primer lugar, el eje estratégico pasa a ser una confrontación más directa (y potencialmente más agresiva) con China, su principal competidor económico mundial. Si bien el gobierno Obama había intentado contener a China a través de una serie de esfuerzos diplomáticos-comerciales y de despliegue militar, la administración Trump pretende ir muchísimo más lejos.

Ya hay dos grandes gestos que significan una posible ruptura radical con el statu quo en relación a China. La primera de ellas es el recibimiento por parte de Trump de un llamado de los representantes de Taiwán (y su posterior reivindicación del mismo). Esto pone en cuestión el pilar fundamental de las relaciones diplomáticas entre EEUU y China, que es el reconocimiento (desde principios de la década del ’70) por parte de EEUU de la soberanía china sobre Taiwán[1], como parte del concepto de “un solo país”. Al cuestionar la soberanía china sobre esta isla, revierte cuatro décadas de diplomacia norteamericana, y pone todas las relaciones al borde una enorme crisis.

El otro gran gesto es la amenaza por parte de Trump de levantar fuertes barreras arancelarias a los productos fabricados en China. Si esto se lleva a cabo, sería la ruptura del orden económico globalizado-neoliberal vigente por lo menos desde la década del ’90, por el cual una gran cantidad de empresas de todo el planeta se instalan en Asia para producir mercancías de muy bajo costo –superexplotando a la mano de obra local- para luego inundar con ellas el mercado mundial. Es precisamente ese orden mundial el que permitió a China convertirse en la segunda potencia económica del mundo, logrando un ascenso meteórico en muy pocas décadas.

En segundo lugar, el gobierno Trump plantea un acercamiento con Rusia, luego de varios años de fuertes tensiones. La administración Obama tuvo fuertes choques con el gobierno de Putin, especialmente tras la anexión de Crimea en Ucrania y la guerra en dicho país, y tras la intervención rusa en la guerra civil siria. Pero estas tensiones, agravadas por la coyuntura, se remontan en realidad mucho más atrás: pese a la finalización de la guerra fría en los ‘90, la OTAN nunca “distendió” realmente las relaciones con Rusia, montando un cerco de bases militares a su alrededor, continuando de hecho la carrera armamentística y estimulando revoluciones anti-rusas en la zona de influencia tradicional de la ex-URSS.

Trump tiene en cambio un enfoque mucho más pragmático. Por un lado, desde la caída del “socialismo real” y la disolución de la URSS, no hay mayores razones objetivas para estimular una competencia política-ideológica con Rusia (hecho que por alguna razón difícil de entender no ha logrado calar en la mentalidad estratégica del establishment norteamericano, moldeada en el macartismo anti-ruso). Desde el punto de vista económico, a diferencia de lo que ocurre con China, no parece haber una competencia real entre EEUU y Rusia, existiendo inclusive la posibilidad de cooperación en varios terrenos.

Esto es de hecho lo que ocurre entre la ExxonMobil y la Rosneft, petrolera rusa de capital mixto (mayormente estatal, pero con gran presencia de privados y multinacionales). Ambas empresas tienen acuerdos de colaboración para explotar los recursos hidrocarburíferos del Ártico ruso, a cambio de lo cual se habilita a la compañía rusa a participar de explotaciones en Norteamérica. Se trata de un clásico acuerdo burgués de negocios, vuelto posible por la restauración del capitalismo en Rusia –hecho que los analistas geopolíticos muchas veces parecen olvidar. Este acuerdo fue seriamente dañado por las sanciones de Occidente contra Rusia luego de la anexión de Crimea: así, las consideraciones geopolíticas que venían orientando al “establishment” norteamericano fueron un estorbo para los negocios concretos de la burguesía yanqui. Por eso mismo, la designación de Tillerson al frente de la Secretaría de Estado es muy significativa: se trata de hacer primar el beneficio capitalista por sobre cualquier otra consideración.

Un último aspecto a considerar es que las afinidades entre Trump y Putin van mucho más allá de los negocios. Hay inclusive una fuerte cercanía ideológica entre ambos. Ambos sostienen posturas tradicionalistas, contrarias a las minorías sexuales, al multiculturalismo y la inmigración, al derecho al aborto y a las concepciones feministas. Ambos reivindican una “vuelta al cristianismo” (sea ortodoxo, protestante o católico), frente al secularismo y frente a la “amenaza islámica”. Ambos reivindican a la “raza blanca” y desprecian a las minorías étnicas. Ambos rechazan las concepciones liberales de la política, reafirmando valores autoritarios y paternalistas. Esta afinidad se ve con toda claridad en el caso del principal estratega de Trump, Stephen Bannon, abiertamente pro-ruso. Putin y Bannon coinciden en el apoyo a la ultraderecha europea, como el Frente Nacional en Francia y el UKIP de Reino Unido. Nada más lejos que el fantasma del “ateísmo soviético” que muchos trasnochados siguen queriendo ver en la política rusa, ya sea para rechazarla o para reivindicarla.

Con estas consideraciones en mente, se comprende porqué Trump y su futuro gabinete plantean un giro estratégico en la política exterior norteamericana. Con la creciente amenaza de China como competidor por la hegemonía mundial, cobra sentido un acercamiento a Rusia, favorable desde el punto de vista de los negocios e ideológico. Si estos giros pueden concretarse, superando la resistencia del “establishment” yanqui, el mundo ingresaría en una nueva etapa de realineamientos, competencia, confrontaciones y grandes crisis, de consecuencias imprevisibles.

[1] Se trata de un punto especialmente sensible para China, ya que en esa isla se refugió el último gobierno nacionalista (capitalista) del país tras el triunfo de los comunistas en la guerra civil y el ascenso al poder de Mao Tse Tung: la existencia de Taiwán como país independiente significa un desafío completo a la autoridad del Partido Comunista chino.

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