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Elogio a la insumisión

Elogio a la insumisión

por Paul Walder

EL CLARÍN DE CHILE

“Lo peor que nos puede pasar es volver a la normalidad” se leía en el texto levantado como consigna en una de las marchas. Un poeta escribía hace unos días en estas mismas pantallas que siente estupor de volver a la normalidad al tiempo que centenares de miles, que son millones, han optado por permanecer en las calles, en las plazas y levantar sueños colectivos, una ilusión que une hoy en día en este trance a una comunidad que fue durante décadas aislada y enemistada bajo un proyecto económico y cultural de características catastróficas.

El Chile neoliberal, ese país imaginario de las elites arrogantes ha colapsado. Lo que presenciamos no es un colapso económico ni político, sino cultural. Lo que cruje hoy es la fatiga del material del capitalismo extremo, es la fractura de la hegemonía neoliberal. Aquello que hoy presenciamos en las calles y plazas de Chile no es, o no solo es, el rechazo al control económico y político, a la soga del trabajo extenuante, de las asfixiantes  horas en el transporte y las deudas en el cuello, sino la emergencia, cuan erupción, de otra cultura o contracultura. El Chile insumiso parece germinar desde las comunidades como una nueva fuerza cultural. Como ya han escrito otros, hemos pasado de un yo, egoísta, temeroso y desconfiado, a un nosotros, que nos conforma y nos refuerza. 

Estamos en un quiebre de la historia. En qué sentido. El curso de la historia, que para los marxistas clásicos conduciría al socialismo, parece dar otras vueltas. La rebelión en Chile no sabemos si es una revolución, y ningún analista ni observador ha querido usar (todavía) esta expresión o conceptualización, sino es una insurrección contra el autoritarismo neoliberal, contra el látigo de las oligarquías. Desde este momento podemos ver con claridad la continuidad de la dictadura desde los cuarteles a las elites políticas y económicas. El peso insoportable del neoliberalismo es la dictadura capitalista expresada por otras instituciones, o la dictadura perfecta, si se nos antoja citar a Vargas Llosa cuando definió al corrupto México bajo el PRI. 

Los sanguinarios militares chilenos no fueron necesarios durante treinta años. Estaban bien alimentados y acariciados por las elites en sus cuarteles. Eso es un hecho porque el mercado, el consumo y una corrupta y comprada clase política hicieron el resto. Una supuesta democracia, binominal, espuria, con senadores designados, con un tribunal constitucional lleno de pinochetistas y privilegiados, ha sido el reemplazo de los fusiles y los agentes de la CNI. Un armazón provisional que ha vuelto a mostrar hoy su estructura original contra un pueblo en rebeldía. Desde el inicio de las manifestaciones la única respuesta del gobierno  ha sido nuevamente los fusiles y proyectiles con un número creciente de personas asesinadas, heridas y torturadas. Bajo ciertas intensidades, los derechos humanos no son parte del régimen neoliberal. Bajo ciertas presiones, el neoliberalismo tenderá a olvidarse de la democracia liberal y regresar a sus orígenes militares. 

De todo eso nos hemos dado cuenta. Del autoritarismo y la violencia del Estado, pero también del control permanente bajo cuerdas, del desprecio y el clasismo, de la prensa mentirosa, de la insoportable clase política. Del sistema como aquella estructura instalada  para convertirnos en piezas al servicio de las oligarquías y corporaciones. Nos hemos dado cuenta y ya no nos amedrenta. Nos indigna.

Estamos en un proceso de descubrimiento de nuestras libertades y posibilidades. De reconocimiento, de exhibiciones y aprendizajes. En las marchas y concentraciones son miles con sus propias consignas trazadas a mano, miles en su humanidad y colectividad. Este es un movimiento de comunidades libres en expansión y diversión, un grito iconoclasta que surge de los territorios, que esperó siglos para levantarse y derribar estructuras fusionadas con una república desigual y mentirosa. 

La acumulación de fuerzas emergió desde los territorios y subjetividades, desde las orillas. Una fusión brillante que se ha tomado las calles para reclamar simplemente el derecho que tienen los pueblos a la autodeterminación, a establecer sus destinos.  En este proceso, solo queda seguir adelante.

PAUL WALDER

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1 Respuesta a los comentarios

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    noviembre 08, 2019

    Hoy, se estigmatiza a los jóvenes que se infiltran y encapuchan en las movilizaciones sociales. Dicha imagen se ha transformado en todo un ícono, un símbolo de negatividad, para mostrar el lado oscuro de la sociedad, un fenómeno social del cual nadie quiere responsabilizarse. Las redes institucionales y los políticos de turno, han desatendido el problema que subyace en su fondo.
    Muy pocos especialistas se han preocupado de desentrañar las causas que impulsan a los “encapuchados” a tener comportamientos violentos. Se centra la atención, sólo en las manifestaciones finales de un problema cuyas causas van mucho más allá de sus efectos. Como derivado, la mirada social clama mayor represión para poner coto a dichos comportamientos. Se piensa en el subconsciente que, poco menos, es una condición genética lo que lleva a estos jóvenes a manifestarse de dicho modo.
    Con un facilismo que asombra, se pretende poner coto a esta violencia con más leyes represivas, como si la represión fuera el único recurso para solucionar un problema que tiene raíces sociológicas más complejas y profundas.
    En efecto, la actual discusión sobre las infracciones juveniles, sobre todo, la de los encapuchados, limita su causa a las decisiones individuales de cada cual, como si el entorno social en que habitan no tuviera ninguna influencia. Por lo mismo, la solución del problema se plantea desde un punto de vista puramente judicial, desatendiendo el carácter de marginalidad social en que el fenómeno se expresa. En tal virtud, se desvinculan los delitos del verdadero contexto en que éstos se incuban, específicamente, como consecuencia de un sistema socioeconómico neoliberal, del cual deriva un carácter inequívocamente segregador y clasista, un sistema incapaz de dar solución a sus propios engendros.
    El problema no es de la sociedad, se dice, es propio de un comportamiento individual, de un hábito delincuencial congénito. El imaginario social, a caballo con los mensajes de los medios de comunicación, se remite sólo a condenarlos, ignorarlos, y socialmente despreciarlos. Se clama, por tanto, como solución, invisibilizarlos, arrinconarlos a los extramuros de las ciudades. Y si sus quejas empiezan a producir demasiada perturbación, más allá de las periferias en donde se les ha arrinconado, se exigen penas punitivas de las más duras, en que el destino a la cárcel parece ser la única solución, agrandando aún más la segregación que han vivido de por vida, y aumentando también la estigmatización que el imaginario social hace recaer sobre ellos.
    Estos juicios no toman en cuenta, que estos encapuchados, desde la cuna a la niñez, y desde la niñez a la adolescencia, no han tenido la posibilidad de salir del estado de marginalidad en que se encuentran. La pobreza, alcoholismo, drogadicción, ausencia de imagen paterna/materna, embarazos no deseados, violencia intrafamiliar, una cesantía congénita, precarios servicios de salud en que se atienden o, incluso, se les niega, el ambiente de delincuencia en que han vivido desde siempre, etc., es lo único que han conocido como modo de vida. Hacinados en las periferias de las grandes urbes, la opulencia de centros comerciales y barrios acomodados, lo sienten como un insulto, un escarnio al estado de pobreza y condición marginal en que viven desde siempre. Y si bien, la sociedad se empecina en invisibilizarlos, sin embargo, en los días de movilización y protestas, se desata un desenfrenado morbo comunicacional, asumiéndose el caso como algo exótico a nuestra comodidad burguesa, referenciándola sólo a modo de una noticia plañidera de lamentos y condenas.
    Por esta vía, a estos jóvenes, abandonados por el Estado Subsidiario, se les ignoran sus dinámicas culturales de formación de identidad y lazos de pertenencia. La marginación estructural en que viven implica un acceso nulo o decreciente a los recursos y oportunidades socioeconómicas que el tejido institucional ofrece. De este modo, se da curso a un escenario de precariedad general, caldo de cultivo para acceder, por medio del delito, a los recursos y oportunidades que el sistema –instrumentalizado por los medios de comunicación- por un lado, los alienta a consumir, pero por el otro lado de la realidad, se los niega reiteradamente
    Se pregunta el sociólogo José Joaquín Brunner, ¿Cómo pueden las nuevas generaciones hacer frente a las contradicciones culturales del capitalismo y a las insatisfacciones de la democracia y a los abusos de la sociedad?
    Un aspecto adicional que debe interesar, es el de la cobertura de la violencia por parte de los medios de comunicación ¿Cómo se construyen identidades violentas en el espejo de la TV? ¿Los jóvenes son sujetos a rotulación y son estigmatizados por la prensa, o ellos buscan hacerse visibles y tener su parte en la agenda de la sociedad del espectáculo?
    La figura del joven encapuchado necesita estudiarse e investigarse, no sólo como símbolo de la violencia juvenil en las calles, sino sobre todo, como la violencia institucional permanente que el sistema segregador hace recaer sobre ellos.
    La tesis de que los medios de comunicación estarían interesados en alentar un prejuicio puramente moral• como contrarresto a una violencia que no deseamos, encarnando sus mensajes virtuales en la figura desviada de la juventud encapuchada, es sin duda un error y una exageración extrema, que en nada ayuda a superar las crisis que tales fenómenos conllevan.
    En fin, la contracara acerca de un mismo problema, que requiere el marco del desplegamiento de un pensamiento teórico más proofundo y avanzado, que nos lleve a reaccionar desde la racionalidad, y no desde la pura emocionalidad, respecto de un problema que, es mucho más complejo que la pura factualidad con que la miramos.

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