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El “1984” de Orwell, ¿una historia norteamericana?

El “1984” de Orwell, ¿una historia norteamericana?

El caso es que el tiempo ha venido a confirmar esta premisa, de ahí que la novela se haya convertido en los Estado Unidos de Trump y todo lo demás en uno de los clásicos más vendidos, sobre todo en los últimos meses.

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Aunque esta obra fue vendida por los ministerios de la verdad como un denuncia total del estalinismo en su apogeo y así fue presentada especialmente, en el mismo año 1984, en vísperas del derrumbe del “socialismo real”, lo cierto es que, como escribió Julio Cortázar, Orwell arremetió contra todo lo que no le gustaba de su mundo más próximo. El caso es que el tiempo ha venido a confirmar esta premisa, de ahí que la novela se haya convertido en los Estado Unidos de Trump y todo lo demás  en uno de los clásicos más vendidos, sobre todo en los últimos meses.

Recordemos que en los primeros tiempos de la segunda guerra mundial, Orwell veía que todavía existía la posibilidad y la necesidad de una alternativa socialista al final de la guerra aunque sólo fuera’ en Inglaterra. Si bien se había comprometido en el combate, nunca dudó de que la contienda representó una confla­gración entre lo malo y lo peor. Las componendas que siguieron a la guerra confirmaron a Orwell en la idea de que para los vencedores ninguna razón superaba a la “raison d ‘Etat”, y que esto significaba lo peor. La imposi­ción del modelo soviético –para Orwell, un auténtico antimodelo- en los países del Este a la manera estalinista y, sobre todo, la nueva firma de la arrogancia norteame­ricana que había lanzado una bomba atómica sobre un pueblo de color, le convencieron de que el porvenir de la humanidad no podía ser más terrible.

Las derrotas sufridas por las revoluciones le llevaron a desconfiar de la posibilidad de una alternativa frente a los bloques, y sólo vio un mundo en el que los poderosos se imponían sobre sus “propias clases inferiores” y sobre los pueblos empobrecidos de las colonias. Los bloques eran distintos en sus bases sociales pero la situación les obligaba a utilizar medidas convergentes, por lo que en lo funda­mental eran iguales. Previó un mundo dominado por un “equilibrio del terror” en el que no es difícil descubrir algo de lo que vino después: “El miedo inspirado por la bomba atómica y por otras armas futuras será tan grande que todo el mundo deberá de vigilar para que no sean empleadas. Ésta me parece la peor de las posibilidades. Significaría la división del mundo entre dos o tres grandes super-Estados, incapaces de dominarse mutuamente e imposibles de transformar por revueltas internas. Según todas las probabilidades, tendrán una estructura jerárquica. con una casta semi­divina arriba y una esclavitud total por abajo, y el aplastamiento de las libertades será peor que todo lo que el mundo ha conocido hasta ahora. En cada Estado, la psicología general requerida será mantenida por una “ruptura completa con el mundo exterior, y por una guerra de ondas permanente contra los Estados rivales. Las civilizaciones de este tipo pueden mantenerse estáticas durante miles de años. 1/

En diferente medida, estas previsiones llenas de pesimismo y angustia iban cobrando cuerpo desde tiempo atrás, y no faltan entre los especialistas orwellianos quienes encuentran sus primeros rastros en el ambiente opresivo y jerárquico de St. Cyprien donde comprendió que no podía ser él mismo, tal como era, sino alguien que debía esconder sus inclinaciones más naturales. Pero estas previsiones empezaron a hacerse realidad a su regreso de España donde la actuación de los liberales, los socialdemócratas y, sobre todo, de los estalinistas, le llevó a creer que aunque el fascismo es el peor de los enemigos, sus opositores estaban asumiendo parte de sus tendencias totalitarias. Las prime­ras líneas que traslucen esta preocupación se encuentran ya en su novela Subir a por aire y en algunos de sus escritos pacifistas, anteriores a lo que podíamos llamar su giro que podíamos llamar patriótico-revolucionario.

Empero, su preocupación por el totalitarismo se inten­sificó al final de la guerra. En una carta escrita en 1943 decía que el desarrollo del totalitarismo y del culto al máximo jefe puede prolongarse a pesar de una victoria contra el Eje. Veía el síntoma de esa nueva enfermedad más allá del nazi-fascismo e incluso del estalinismo que lo habían llevado, de distinta manera y con diferentes contenidos, hasta sus últimas consecuencias. Era una tendencia general que se manifestaba por el expolio de las colonias, el agotamiento de las fuerzas productivas, la creciente autonomía de los poderes ejecutivos de Estados cada vez más fuertes, el desarrollo de las formas de control policíaco sobre los ciudadanos, la burocratización de los partidos y sindicatos, las claudicaciones de una intelli­gentzia que ocultaba su conservadurismo apoyando la conciliación social y la revolución cuando ésta había dejado de ser peligrosa…Es el fracaso- de la revolución que había soñado despierto durante los años de guerra.

El poder es Dios

Orwell interioriza, con esa sensibilidad hacia los signos del auge totalitario –término que entendía en un sentido mucho más amplio que el puramente antiestalinista y, no digamos, anticomunista–, los problemas de su aislamiento político. Se encontraba solo, frente a la clase dominante y contra los aparatos organizados de la clase obrera, y tuvo que mantener un tremendo equilibrio.

Tampoco quiso estar con los que sostenían una lucha abierta en un doble frente, con las minorías revolucionarias. Estaba impedido de toda voluntad colectiva y de una reflexión que no fuera la individual; pero a pesar de todo no es difícil encontrar alguna de las huellas de dos corrientes socialistas que se remitían a dos tradiciones distintas, la de Marx, Lenin, Rosa Luxemburgo, Trotsky, por un lado, y la de Bakunin, Kropotkin, Malatesta, etc., por otro. 2/

Su socialismo estaba ahora cubierto por la inquietud y la zozobra más intensas. En enero de 1946, aprovechando la oportunidad de comentar una serie de libros socialistas en un amplio artículo publicado en el Manchester Evening News, se preguntaba qué había ocurrido con la vieja idea de la «fraternidad humana», que significaba entre otras co­sas la abolición de «la guerra, el crimen, las enfermedades, la pobreza y el agotamiento laboral», y que había sido aban­donada en favor de una sociedad de castas de “un género nuevo en el cual debemos de abdicar de nuestros derechos individuales por la seguridad económica”, o sea por un «socialismo tal como él veía en la Rusia soviética y fren­te al cual no parecía contar con ninguna alternativa tras su fiasco con los laboristas. Los socialistas, decía, «no están obligados a pensar que se puede llegar a una sociedad humana perfecta» (éste es el sueño perdido de las utopías primitivas), se trataba simplemente de lograr una sociedad mejor, en la que «lo esencial de los males cometidos por los hombres resulte de los efectos corruptores de la injusticia y de la desigualdad». Pensaba, al igual que los laboristas de izquierda como Tawney, que la base del socialismo sólo podía ser el humanismo, que aunque era compatible con el , cristianismo no podía compartir con éste la idea del ser humano como criatura caída (sin embargo, esto es lo que ocurre tanto en Rebelión en la granja como en 1984).

En la lucha entablada entre el maquiavelismo burgués, la burocracia estalinista y la utopía revolucionaria, el no te­nía ninguna duda, era la utopía la que impulsa el progreso: “Si estudiamos la genealogía de las ideas que defienden escritores como Koestler y Silone, podemos ver que se remontan a los soñadores utópicos como William Morris y a los demócratas místicos como Walt Whitman, pasando por Rousseau, por los ingleses niveladores e igualitarios, por las revueltas campesinas de la Edad Media y, antes, por los primeros cristianos y las revueltas de los esclavos en la antigüedad. El “paraíso terrestre»” nunca ha podido ser realizado pero la idea no parece haber perecido nunca. a pesar de la facilidad con que los hombres políticos de todos los colores la han podido destronar.  De esto se sobrentiende que podemos hacer cualquier cosa con la naturaleza humana y que ésta es capaz de desarrollarse hasta el infinito. Esta fe ha sido la principal fuerza motriz del movimiento socialista. las sectas clandes­tinas que prepararon el terreno de la revolución rusa incluidas y por lo tanto podemos afirmar que los utópicos, en el presente una minoría desparramada son los verdaderos defensores de la tradición socialista. 3/

Paradójicamente. Orwell sentía al mismo tiempo una gran desconfianza por las “minorías proféticas”, como se evidenciaba de sus continuos comentarios descalificatorios hacia los grupos trotskistas y anarquistas, y no asumía plenamente las posibilidades de una renovación del socialismo por el simple hecho de que contemplaba la realidad inmediata y el porvenir como situaciones blo­queadas por los aparatos, cuya única función es la de mantenerse en el poder por la mera atracción que ejerce éste. De ahí que al contrario que un Jack London, uno de los grandes antecesores de 1984 con su obra  El talón de hierro,  4/ Orwell no veía la luz al final de su pasillo oscuro y milenario. El pesimismo le jugó una mala pasada y el ferviente utópico escribió la más tremenda antiutopía de la historia.

Entre todas las obras de Orwell, 1984 fue la de más larga incubación. Su génesis es anterior a Rebelión en la granja y trabajó en ella durante los años de la posguerra hasta concluirla en 1948. Este largo proceso de elaboración permitió que pudiera concentrar en esta novela sus preocupaciones, que durante este período se centraban en un nuevo reparto del mundo y en el nacimiento de una “guerra fría”, determinada por un «equilibrio del terror» al que sostenían las grandes potencias gestionadas por unas oli­garquías capitalistas o burocráticas, según el caso, y ante cuyo dominio parecía imposible cualquier alternativa socia­lista y revolucionaria.

No fueron pocos los ex revolucionarios que creyeron que comenzaba un largo período histórico en el que el poder de los aparatos vencería a la historia y detendría las mutaciones sociales. Entre estos notorios pesimistas cabe destacar a extrotkistas como James Burham o Bruno Rizzi (el primero es deudor del segundo, y llevaron unas evoluciones muy diferente, Burham se convirtió en paradigma de portavoz de la “razón de Estado” norteamericano), a un liberal-socialista como Aldous Huxley ya un ex bolchevique como Yevgueni I. Zamiatin, aunque este estado de ánimo influyó además en amplios sectores que abandonaron la lucha de clases y se instalaron en el confor­mismo socialdemocráta o, dando un giro radical, termi­naron militando en la reacción. Entre estos “negados” se encontraban un buen número de ex comunistas como Arthur Koestler, Ignazio Silone, André Gide, Richard Wrigth, Stephen Spender, etc., 5/ así como un amplio abanico de excompañeros de ruta como John Dos Pasos, John Steinbeck, Upton Sinclair, parte de una lista práctica­mente interminable. Al igual que en los años treinta y en pleno apogeo del estalinismo, Orwell volvió a ser una excepción en los inicios de la «guerra fría» manteniéndose firme en sus convicciones, aunque no por ello dejó de reflejar la corriente del momento.

Diversas influencias

Antes y durante la elaboración de 1984, Orwell recibió múltiples influencias. Entre las primeras cabe mencionar una extensa tradición de novela utópica o antiutópica dentro de la cual cabe destacar la ya mencionada de London, la de William Morris (Noticia de ninguna parte), H. G. Wells (en particular Una utopía moderna), mientras que en las más recientes cabe señalar la de Aldous Huxley (Un mundo feliz) y, sobre todo, Eugene Zamiatin, sin olvidar a León Trotsky y sus escritos sobre el estalinismo. Todas estas influencias eran lo suficientemente hetero­géneas como para formar un cuerpo coherente. De entre ellos, el único que ha sido considerado como su antecedente directo es Zamiatin. Resulta evidente que entre ambas obras existen no pocas similitudes y está comprobado el entusiasmo de Orwell hacia Nosotros. 6/ Partiendo de este hecho, Deutscher llegó a decir que “la afirmación de que Orwell ha tomado de Zamiatin los principales elementos de 1984 no es la adivinación de un crítico con habilidad para rastrear influencias literarias” y afirmó que el ensayo de Orwell sobre Nosotros, escrito en 1946, era un “testimonio concluyente” de lo que decía.

Deutscher estableció un largo paralelismo entre ambos autores. Los dos fueron revolucionarios, pero con carac­terísticas muy peculiares, a los dos les preocupó el mundo de la clase media y los desastres que conllevaba la indus­trialización. Ciertamente, Zamiatin había sido un revolucio­nario desde 1905, había estado al lado de los bolcheviques en 1917, aunque su ideario político estaba más próximo al de los populistas que querían un socialismo patriótico y agrarista. Su disidencia comenzó sobre todo al rechazar los planes de superindustrialización de Stalin, al que le escribió una valiente carta. 7/ Fue liberado gracias a los buenos oficios de Gorky. En el citado ensayo sobre Zamiatin, Orwell empezaba diciendo: “Hasta donde yo soy capaz, creo que no se trata de un libro de primer orden. Pero es, ciertamente, desacostumbrado y resulta sorprendente que ningún editor inglés haya sido lo bastante emprendedor para reeditarlo. 8/

Orwell entendía que la obra de Huxley Un mundo feliz «tiene que derivar en parte» de Zamiatin aunque esto no había sido advertido en la época (quizá porque la fama de Nosotros se vería impulsada por 1984). Opinaba que la obra del escritor ruso era superior y más pertinente “a nuestra situación”. Orwell se encontraba realmente fascina­do con el universo de Zamiatin, cuyos rasgos son tan crueles como los de 1984. Tampoco Nosotros es únicamente un retrato del país de Ios soviets, lo tomó como modelo para echar una mirada tenebrosa sobre un mundo superindus­trializado en el que los seres humanos están numerados y son vigilados en sus casas de vidrio, y en donde el Estado y el “Benefactor” tienen prohibido el amor y el sexo, algo que fue innato bajo el estalinismo como resulta bien patente en cualquier filme soviético hasta en la fase agónica.

A pesar de toda esta vigilancia, los instintos humanos se encuentran presentes. Los rebeldes cultivan actividades tan “subversivas” como fumar y beber alcohol, y los detenidos son sometidos a una extraña combinación de curación y tortura en la que terminan siempre doblegándose. En opinión de Orwell la obra de Zamiatin comprende mucho mejor que la de Huxley, “el lado irracional del totalitarismo (el sacrificio humano, la crueldad como un fin en sí, el culto de un jefe al que se conceden atributos divinos)…” Huxley no ofrece ninguna razón clara en la explicación de la sociedad que describe: “La finalidad no es la explotación económica…no hay hambre de poder, ni sadismo, ni ninguna clase de dureza. Los que están arriba no tienen ningún motivo poderoso para estar arriba, y, aunque todo el mundo es feliz de una manera vacía, la vida se ha hecho tan insustancial que es difícil que tal sociedad pueda mantenerse. 9/

Por el contrario, en la de Zamiatin hay una razón pode­rosa que no es la explotación económica, sino “el hambre de poder, sadismo y dureza” de la casta dirigente. El esquema se aproximaba al de Orwell, que explicó así los propósitos de la dictadura: “El partido quiere el poder simplemente por el poder… el poder no es un medio, es un fin. No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución; se hace la revolución para establecer la dictadura. El objeto de la per­secución…El objeto del poder es el poder… ” 10/

Según el biógrafo de Orwell Bernard Crick, el cono­cimiento por parte de éste de la obra de. Zamiatin no modificó sustancial mente una elaboración que venía de más atrás y que no fue más que «un grano en su molino». Posiblemente Deutscher haya forzado un tanto los parale­lismos, pero una lectura de ambas obras convence de que la convergencia existe y que afecta a la originalidad de Orwell aunque su libro resulte muy superior al de Zamiatin. Andrés Nin, su compañero del POUM, fue junto con Trotsky el modelo para el adversario número uno del Gran Hermano, 11/ aunque intelectualmente no influyó mucho sobre él. Distinto fue el caso de Trotsky, cuyo eco en la obra anterior de Orwell ya hemos señalado.

La revolución traicionada

Deutscher, especialista eminente en temas sobre Trotsky, escribió: “…(Orwell) Preguntaba el porqué, no tanto a propósito de la “Oceanía” de su visión cuanto a propósito del esta­linismo y las grandes purgas. En un determinado mo­mento buscó la respuesta en Trotsky: de Trotsky-Bronstein tomó no pocos datos biográficos, e incluso la fisonomía y el nombre judío para Emmanuel Goldstein; y los frag­mentos de “el Libro”, que ocupan tantas páginas de 1984, son una paráfrasis patente, aunque no muy lograda, de La revolución traicionada. A Orwell le impresionó la grandeza moral de Trotsky, pero al mismo tiempo desconfiaba de éste, y dudaba de su autenticidad. La ambivalencia de su imagen de Trotsky encuentra su contrapartida en la actitud de Winston Smith hacia Goldstein. Al final, Smith no pue­de poner en claro sí Goldstein y la hermandad existieron alguna vez en realidad, o sí “el libro» no habría sido una falsificación ideada por la propia policía del pensamiento. La barrera entre el pensamiento de Trotsky y él mismo, es una barrera que Orwell nunca pudo romper, era el marxis­mo y el materialismo dialéctico. Orwell encontró en Trots­ky la respuesta al cómo, no al por qué.

1984 es la visión que ofreció Orwell sobre el futuro inmediato que espera a la humanidad, visión que deja entrever una “desesperación ilimitada” (Deutscher). El es­cenario es una Gran Bretaña dominada por un sistema de “co­lectivismo burocrático” y en la que se pueden encontrar grandes huellas de la URSS de Stalin, pero también de la Inglaterra de su tiempo y de Estados Unidos. Se trata de una dantesca representación de todo lo que a Orwell le disgustaba de la sociedad moderna en la que un hombre como el que describe, convertida en una parte de Oceanía, , nos encontramos con paisajes conocidos: la oscura y triste monotonía de los suburbios obreros, la «mugrienta, tiznada y hedionda» fealdad de un medio ambiente en putrefacción ecológica, el racionamiento de la comida y los controles gubernativos que fueron carta común durante la guerra, la basura de la prensa “que apenas contiene otra cosa que deportes, crímenes, astrología, sensacionales noveluchas baratas, películas encenagadas de sexo”, etc.

Una guerra interminable y sin sentido aparente enfrenta a Oceanía, aliada al Asia Oriental, contra Eurasia; la guerra se ha convertido en una acción cotidiana y eterna. El mundo ha quedado reducido a tres bloques en perma­nente conflicto, aunque las alianzas cambian arbitraria­mente de signo: cuatro años antes Oceanía estaba aliada a Eurasia contra un enemigo común que entonces era Asia Oriental. El Ministerio de la Verdad se dedica a divulgar los partes de guerra en los que nunca se puede saber sí se trata de la verdad o de la mentira, por lo demás se insiste constantemente en que nunca pasa nada y en que la normalidad está garantizada.

Las calles están plenas de fotos del Gran Hermano con una nota en la que se dice que éste vigila, señalando su omnipresencia. La vigilancia está garantizada por una Policía del Pensamiento que lo controla todo. No existe la historia fuera de la versión oficial que indudablemente está preparada. Se habla una “neolengua” y se utilizan palabras como “neodecir”, “viejodecir”, “mutabilidad del pasado” ”criminopensar”, “doblepensar”, etc., con las que el Poder adecua la verdad a sus exigencias irracio­nales. Periódicamente tiene lugar una Semana del Odio en la que los ciudadanos están obligados a repudiar a los enemigos exteriores como a los interiores representados por Goldstein y la Hermandad, a los que se les atribuye maldades sin fin; esta Semana sirve al mismo tiempo para reafirmar la fe en el sistema y en su personificación, el Gran Hermano.

En estas condiciones la vida resulta cada vez más sórdida, más sucia, las casas son cada vez menos habitables y están llenas de gente sin intimidad ni vida propia posible. Los ciudadanos se vigilan mutuamente y son los jóvenes, las mujeres y los niños los más fanáticos de todos. El protagonista, como el resto de la gente que conoce, carece de capacidad para mirar hacia el pasado y de controlar mínimamente el presente; simplemente tiene que creer lo que le dicen so pena de convertirse en un disidente. El partido ‘tiene todo el poder y repite insistentemente tres consignas: “La guerra es la paz”, “La libertad es escla­vitud” y “La ignorancia es fuerza”. El gobierno se concentra en cuatro ministerios: el Ministerio de la Verdad, que se encarga de la propaganda y de la creación de un nuevo lenguaje; Nuevodecir, que impedirá cualquier forma de divergencia ideológica, por mínima que sea; el Ministerio del Amor, del que depende la Policía del Pensamiento, que mantiene la ley y el orden y vigila noche y día a la gente; el Ministerio de la Abun­dancia que es el que regula el racionamiento y procura que las necesidades más elementales no falten y, final­mente, el Ministerio de la Guerra. En los ministerios trabajan unos “funcionarios escarabajos”, los intelectuales  que son los más vigilados.

Entre estos funcionarios se encuentra Winston Smith, que trabaja en el Ministerio de la Verdad. Su cometido se limita fundamentalmente a ir escribiendo la historia de manera que siempre coincida con los intereses y pre­dicciones del partido, así como a hacer desaparecer de los diarios, archivos, etc., los nombres de las personas moles­tas que por una razón u otra deben de ser “vaporizadas”. Winston ha ido rebelándose progresivamente contra la autoridad y contra las condiciones de vida que se ve obli­gado a llevar. Con toda clase de precauciones intenta conservar un diario donde escribe sus dudas, sus pensa­mientos y sus sentimientos. Los instintos subsisten en él y al conseguir enamorarse de una mujer, Julia, siente grandes ansias de liberación. Julia engaña al sistema apareciendo cada vez que es necesario como una fanática. Trabaja en otro departamento del Ministerio. Un día hace llegar a Winston un trozo de papel donde está escrito: “Te quiero”. Después consiguen pasar unos días juntos y, gracias a la picardía de ella, consiguen hacer el amor al aire libre. Estas relaciones clandestinas resultan muy peligrosas, ya que todas las habitaciones tienen una pantalla de televisión a través de la que la policía puede vigilar cualquier acción. Man­tienen su clandestinidad en un escondrijo sobre la tienda de un viejo anticuario de Charrington, y allí emprenden unas relaciones libres y comienzan a conspirar contra el partido. Sus acciones subversivas son en ocasiones tan inocentes como beber “verdadero café con verdadero azúcar”.

Los “proles”.

En su progresiva y difícil toma de conciencia, Winston frecuenta los prostíbulos y suburbios donde viven haci­nados los “proles”. El partido pretendía haber “liberado” a éstos en una revolución cuya historia real el protagonista intenta vanamente reconstruir. Sin embargo, el partido no se atreve a hacer acto de presencia en estos lugares donde el alcohol, la lotería, la subcultura y el miedo man­tienen subyugada a la población. Por su parte Winston intuye que los «proles» son humanos y que representan la parte menos enajenada del sistema. Por ello escribe en su diario oculto notas como éstas: “Si hay alguna esperanza está en los proles. Hasta que no tengan conciencia de su fuerza no se rebelarán, y hasta después de haberse rebelado, no serán conscientes. Éste es el problema. 12/

Creen descubrir que un compañero de departamento llamado O’Brien es otro revolucionario y confían en él. Quieren que les facilite “el Libro” de Goldstein y un contac­to con la oposición clandestina. Consiguen el libro que se llama Teoría y práctica del colectivismo oligárquico, en donde se explica cómo se había desarrollado la revolución, cómo fue traicionada y subyugada por una casta mino­ritaria, y las razones de cómo se mantienen en el poder. Winston llega a comprender el cómo, pero nunca el porqué de todo el entramado del “colectivismo oligárquico”. Finalmente resulta que O’Brien es un miembro del Partido Interior, y ambos son detenidos torturado psicoló­gica y físicamente, Winston confiesa todo lo que hay que confesar, pero es todavía insuficiente. O’Brien le descu­bre que el porqué es simple y llanamente el Poder por el Poder: –Somos los sacerdotes del poder –dijo O’Brien–. El poder es Dios. Pero ahora el poder es sólo una palabra en lo que a ti respecta. y ya es hora de que tengas una idea de lo que el poder significa. Primero debes darte cuenta de que el poder es colectivo. El individuo sólo detenta el poder en tanto que deja de ser individuo. Ya conoces la consigna del Partido: “La libertad es la escla­vitud”. ¿Se te ha ocurrido pensar que esta frase es rever­sible? Sí, la esclavitud es la libertad. El ser humano es derrotado siempre que está solo, siempre que es libre. Ha de ser así porque todo ser humano está condenado a morir irremisiblemente y la muerte es el mayor de todos los fracasos; pero sí el hombre logra someterse plenamente, sí puede escapar de su propia identidad, sí es capaz de fundirse en el Partido de modo que él es el Partido, entonces será todopoderoso e inmortal. Lo segundo que tienes que aprender es que el poder es poder sobre seres hu­manos. Sobre el cuerpo, pero especialmente sobre el espíritu. El poder sobre la materia… la realidad externa, como tú la llamarías… carece de importancia. Nuestro control sobre la materia es, desde luego, absoluto”. 13/

O’Brien le demuestra que su especie se ha extinguido –Orwell quiso titular el libro El último hombre de Euro­pa-, y que no podía confiar en nada ni en nadie; el libro de Goldstein lo había escrito él mismo y la Hermandad era un patraña. Tenían necesidad de un Mal para repre­sentar el Bien, y nada más. No tenía más salida que amar al Partido y sobre todo al Gran Hermano. Al final:  “Contempló el enorme rostro. Le había costado cuarenta años saber qué clase de sonrisa era aquella, oculta bajo el bigote negro. !Qué cruel e inútil incomprensión! !Qué tozudez la suya exiliándose a sí mismo de aquel corazón amante! Dos lágrimas, perfumadas de ginebra, le resbala­ron por las mejillas. Pero ya todo estaba arreglado, todo alcanzaba la perfección, la lucha había terminado. Se había vencido a sí mismo definitivamente. Amaba al Gran Hermano”. 14/

En esta ocasión, Orwell no tuvo ninguna clase de pro­blemas para la edición, más bien al contrario. El libro se  publicó en junio de 1949, en Londres y Nueva York, ocho meses antes de su muerte durante los cuales trató vanamente de establecer su justo significado. No tardó en conseguir una popularidad excepcional, como quizá no la haya tenido nunca ninguna novela política. En este éxito concurrieron factores extraliterarios tan importantes como la “guerra fría». Tal como ocurrió con Rebelión en la granja, 1984 se interpretó unilateralmente como una fábula antirrusa y anticomunista, provocando un miedo irracional  absurdo y animando con ellos las posiciones derechistas más sectarias y brutales.

Por más que la opinión de los intelectuales más sensatos dijera lo contrario, por más que el propio Orwell tratara de dejar clara su posición, por más que resultara patente en la novela que el mundo que se describe tiene una com­binación de factores tanto del «mundo libre» como del «campo socialista», por más que el ellos se refiera a los nazis ya los estalinistas, y también a Churchill ya Roose­velt, por más que utilice imágenes que ilustran la opresión de los países coloniales o semicoloniales, un auténtico Ministerio de la Verdad y una auténtica prensa-basura se encargaron de torcer su contenido hacia las posiciones más repugnantes de uno de los bloques. Una explicación de esta distorsión es la que vuelve a ofrecer Isaac Deutscher: “La “guerra fría” ha producido una “demanda social” de armas ideológicas igual que ha producido una demanda de superarmas físicas. Pero las superarmas son genuinas proezas de la tecnología; y no puede haber discrepancia entre el empleo al que pueden destinarse y la intención de sus productores: están destinadas a extender la muerte, o al menos, a amenazar con una destrucción total. En cambio, un libro como 1984 puede ser utilizado sin mucha consideración hacia las intenciones del autor. Algunos de sus aspectos pueden ser arrancados de su contexto, mientras que otros, que no se ajustan al propósito político a cuyo servicio se ha puesto el libro, son ignorados o virtualmente suprimidos y un libro como 1984 no necesita ser una obra maestra literaria, ni siquiera una obra impor­tante y original, para producir su impacto. En verdad, una obra de gran valor literario suele ser demasiado rica en su textura y demasiado sutil en su forma y pensamiento para prestarse a una explotación adventicia. Por regla general, sus símbolos no pueden ser fácilmente transfor­mados en focos hipnotizantes, ni sus ideas convertidas en eslóganes. Las palabras de un gran poeta, cuando entran en el vocabulario político, lo hacen mediante un proceso de infiltración lento, casi imperceptible, no es una incursión .frenética. La obra maestra literaria influye el la mentalidad política mediante su fertilización y enrique­cimiento desde dentro, no aturdiéndola. 15/

Ha sido el tiempo el que ha colocado las cosas en su sitio y la obra de Orwell se ha convertido en una obra «clá­sica» en el más estricto sentido del término, cuya lectura resulta de gran interés para evaluar el curso último de una humanidad en profunda crisis. Más allá incluso de la propia obra, 1984 ha llegado a ser con el tiempo un título paradigmático en el que se concentran las inquietudes actuales sobre una situación que en muchos aspectos –el hambre, el desastre ecológico, la posibilidad de una guerra termo­nuclear- sobrepasa los datos más pesimistas de un Orwell enfermo y angustiado. 1984 es también una obra acerca de la que se pueden hacer diferentes lecturas, pero la más consecuente es la que ve en ella una premonición de lo que puede ser el mundo sí las tendencias totalitarias insertas en la sociedad occidental de antes y después de la segunda guerra mundial se desarrollan. No se trata, como se ha dicho, de una obra de «ciencia ficción», Orwell no pretendía sólo dar una imagen de cómo iba a ser el futuro (aunque éste es un as­pecto importante de la novela); pretendía ante todo comu­nicar sociológica y psicológicamente cómo podía ser el mundo sí el totalitarismo de cualquier signo terminaba imponiéndose.

El estado de ánimo

Tampoco pretendía ofrecer una teorización, quería transmitir un estado de ánimo. Orwell no pudo espe­cificar sus inquietudes porque para ello habría escrito una obra de tesis y no una novela. Pero las tergiversaciones llegaron a tal extremo que se vio obligado a intervenir, y en una amplia nota de prensa, avanzó algunos detalles de cómo entendía su obra: “Ciertos críticos de 1984  han sugerido que la opinión del autor es que cualquier cosa como la que describe, o algo parecido, llegará en los cuarenta próximos años al mundo occidental. Eso no es exacto. Creo, sin olvidar que el libro es después de todo una parodia, que alguna cosa como 1984 podría llegar. Ésta es la dirección que toma el mundo actualmente, y la tendencia está profunda­mente anclada en las bases económicas, sociales y polí­ticas de la situación actual….Particularmente, el peligro descansa en las estructuras impuestas a las comunidades socialistas y capitalistas liberales por la necesidad de preparar una guerra general contra la URSS con los nuevos armamentos, entre los que la bomba atómica es evidentemente la más potente y la más conocida. Pero el peligro reposa igualmente en la aceptación de la perspectiva totalitaria por los intelec­tuales de todos los colores. La moraleja a sacar de esta situación peligrosa y de esta pesadilla es, simple: No pero admitir que esto ocurra. Y eso depende de todos”.

George Orwell estima que sí las sociedades que describe en 1984 llegan a existir, habrían varios super-Estados. Esto está perfectamente explicado en los capítulos de la novela. También es abordado, desde un ángulo distinto, por James Burham en The Managerial Revolution. Estos super-Estados se opondrían mutuamente o (una idea de la novela) pretenderían estar opuestos aunque no lo esta­rían en la realidad. Dos de esos super-Estados serían evidentemente el mundo angloamericano y Eurasia. Si esos dos grandes bloques llegan a definirse enemigos mortales, está claro que los angloamericanos no toma­rían el nombre de sus oponentes y no se presentarían en la escena de la historia ~ tanto que comunistas. En consecuencia, tendrían que encontrar un nuevo nombre para ellos mismos. El nombre sugerido por 1984 está bien claro, Angsoc, pero en la práctica hay más para elegir. En Estados Unidos, la expresión “americanista” o «ciento por ciento americano» conviene, y el adjetivo cali­ficativo es lo suficiente totalitario como para mantenerse. 16/

La crítica más seria descartó las descalificaciones estalinistas –“simple propaganda de la guerra fría”,  “panfleto anticomunista”, etc.-, y las reaccionarias que llegaron al extremo de afirmar que era un alegato antiso­cialista, naturalmente contrario a los laboristas y favorable a los conservadores. En líneas generales se puede decir que la crítica seria encontró plintos débiles en la obra –falta de verosimilitud de algunos personajes, en particular del Gran Hermano convertido en un malo, más digno de Ian Fleming que de Orwell, la tosquedad de los simbolismos, escasa originalidad en la presentación del nuevo lenguaje, sim­pleza al tratar temas como el de la tortura, etc.-, pero supo comprender el carácter de obra maestra en su conjunto, en su fuerza para situar a ras de tierra una situación, en su capacidad para hacer entrar al lector en un espacio que a pesar de su excepcionalidad deviene cotidiano.

En el orden político, 1984 adolece de las mismas de­bilidades que su obra anterior. Con la perspectiva que nos ofrece el tiempo transcurrido desde 1948, no es difícil negar la idea de una convergencia interna entre los bloques aunque el viejo refrán castellano de que los extremos se tocan no carezca aquí de verosimilitud. Cierto es que, tanto en un lado como en el otro, el Poder está en manos de una oligarquía minoritaria, pero la forma, el cómo, es muy distinto. Mientras que los «demócratas» se basan en una dictadura económica internacional, cuyo epicentro es Washington, y que convive con unas superestructuras democráticas formales (que son un obstáculo para ellos); los «comunistas» lo hacen sobre una infraestructura que mantiene conquistas sociales imposibles bajo el capitalismo y en nombre de una revolución cuya gerencia usurpan –por lo que tienen que negar cualquier oposición que cuestione su legitimidad- han sacado a países subdesarrollados del foso del hambre .

Estas diferencias se explican mejor en el terreno internacional. El capitalismo internacional ha ido multi­plicando los golpes militares, las insurrecciones contra los gobiernos reformistas o revolucionarios, y ha protagonizado guerras parciales de extrema crueldad en África, Centro­américa y Asia, sobrepasando en ocasiones la ferocidad de los nazis. Los burócratas del Este carecen de iniciativa y su preocupación básica es la defensa de su status. En la carrera de armamentos, el rearme infinito se ha convertido en una pieza angular del sistema capitalista mientras que para los soviéticos resulta una costosa y desagradable competición en la que siempre estarán por debajo. Al tiempo que el imperialismo «democrático» se ha convertido en el sostén de las oligarquías y los «gorilas» militaristas de la periferia de Occidente, los países del «socialismo real» fueron y son una referencia deformada para las ansias de liberación de los pueblos que encuentran en este modelo un medio de independizarse del pillaje imperialista y también un medio de desarrollo industrial más rápido. Orwell siguió sin ver por qué una revolución puede degenerar hasta convertirse en una contraimagen de lo que fue originalmente; no reflexionó sobre el simple hecho de que algo no muy diferente ocurrió con la revolución burguesa, sobre todo en las naciones donde el bloque popular no tenía una base económica fuerte; ni tampoco se dio cuenta de que existían unas precondiciones muy con­cretas que determinaron en buena medida esta degenera­ción.

Fue esta debilidad en la contextura de su obra la que permitió o facilitó su utilización reaccionaria no como una advertencia sobre lo que podía ocurrir, sino como un alegato anticomunista. Deutscher vio muy bien esto y en una posdata a su artículo anotó:    “¿Ha leído usted ese libro? Tiene que leerlo, señor. Entonces sabrá usted por qué tenemos que lanzar la bom­ba atómica sobre los bolcheviques.» Con esas palabras, un miserable ciego vendedor de periódicos en Nueva York me recomendó 1984, pocas semanas antes de la muerte de Orwell. iPobre Orwell! ¿Podría haber imaginado alguna vez que su propio libro llegaría a ser un artículo tan importante en el programa de la semana-de-odio?  17/

Notas

1/. Bernard Crick, George Orwell, une vie, Balland, paris, 1982, pg. .430.

2/ Al final de su vida, Trotsky no descartaba que en ausencia de una revolución socialista en algunos países –un factor que en su opinión había sido el principal generador del fascismo y del estalinismo–, la humanidad entrara en un “impasse” y conociera una terrible vuelta a la barbarie. De hecho. este pronóstico se ha cumplido aunque sea parcialmente ya que nunca la barbarie había llegado a amenazar la propia vida en el planeta como en la actualidad

3/. Bernard Crick .o.c.,p.435.

4/ Orwell escribió varios artículos sobre London tratándolo siempre con gran admiración. Esta obra está editada en diversas ocasiones, la última en Hiru con un prólogo de Howard Zinn.

5/ Todos ellos colaboraron en un libro colectivo, El ocaso de un ídolo (5 testimonios sobre el comunismo), Barcelona. Unión de Edito­res Latinos. 1951. En él rechazan en mayor o menor medida su pasado. Una soberbia crítica a los ex-comunistas renegados es la de Isaac Deutscher. Herejes y renegados. Barcelona, Ariel. 1970.

6/  Editada en Barcelona, Seix Barral, 1972.

7/. En ella dice: “El autor de esta carta un hombre condenado a la pena capital se dirige a usted con la petición de conmutar esta pe­na. Usted conoce probablemente mi nombre. Para mí, en tanto que escritor, estar privado de la posibilidad de escribir equivale a una condena a muerte. Las cosa han alcanzado tal punto que me resulta imposible ejercer mi profesión, puesto que la actividad de creación es impensable sí se está obligado a trabajar en una atmós­fera de persecución sistemática que se agrava cada año”.

8/. Isaac Deutscher, 1984: el misticismo de la crueldad, texto incluido en la citada edición de Herejes y renegados, p. 49.

9/ Id. , pp. 53-54.

10/. Bernard Crick afirma que Goldstein estuvo tan inspirado en Nin como en Trotsky. Encuentra la prueba en el hecho de que Orwell guardaba un trabajo de Bernard D. Wolfe, Civil War in Spain, en el que había un apéndice. The Thesis of Andrés Nin que guar­daba notables paralelismos con el .testamento) de Goldstein en 1984.27. Íd. p.51.

11/ Idem, p. 51.

12/ 1984, Barcelona. Salvat-Alianza, 1970, pp. 62-63. Hay una edición reciente de Debolsillo, con traducción de Miguel Temprano García, y que cuenta con un prólogo de Umberto Eco

13/  Id. . p. 197,

14/  id.. p. 224.

15/  I. Deutscher,o.c..p.49

16/  Bernard Crick, o.c. , p. 483

17/ I. Deutscher, o.c. , p. 64.

 

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