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DEMOCRACIAS DE PINTA Y DE FINTA

DEMOCRACIAS DE PINTA Y DE FINTA

                                                                                                             Max Murillo Mendoza

Tribuna Boliviana

 

Estados Unidos es definitivamente un país en vías de subdesarrollo. Con un presidente bananero e ignorante, que nos recuerda a tantos de los países al sur del río Bravo: prepotentes, brutales, totalitarios, asesinos, misóginos, patriarcales y dueños de los Estados desestructurados por estos personajes. Las clases altas norteamericanas ni se mofan de su personaje de la casa Blanca, porque al parecer estaban cansadas de ser demasiado demócratas y condescendientes con los derechos de los demás. Prefieren ahora un payaso y brutal bananero para poner en orden su casa: expulsar a migrantes, destruir el legado de derechos humanos, que era nomás un ejemplo por el mundo y destruir la poca convivencia mundial como recuerdo positivo después de la segunda guerra mundial.

 

Aquellos Estados construidos para favorecer al ciudadano, otorgándole derechos básicos como vivienda, trabajo, salud y educación, ahora están en retroceso. Los Estados del bienestar gringo se derrumban de manera violenta, con ese derrumbe se caen también a pedazos los llamados derechos humanos, cada vez más malogrados y terriblemente pisoteados a lo largo y ancho del mundo. Otrora ejemplos de cómo construir Estados, hoy son una caricatura de pésima calidad y con fuertes tendencias a consolidarse como Estados subdesarrollados, e incluso como Estados fallidos y destruidos. Esa profunda crisis sistémica no está llevando al mundo a un lugar positivo, sino todo lo contrario: a Estados totalitarios y con un sentido de nacionalismo más bien hitleriano, en el sentido de la violencia estructural desde el Estado.

 

El inquilino de la casa Blanca nos recuerda a funcionarios tercermundistas, que sólo entienden de violencia, mal trato al ciudadano, comportamiento brutal en los espacios laborales, ausencia de respeto por los básicos derechos, corrupto, manipulador y dueño de los espacios estatales que son en realidad de los espacios ciudadanos. Ese funcionario de los Estados gelatinosos tercermundistas, que tiene que pisotear a los demás para ser alguien y tener algo de la torta del poder. Destructivo y sin sentido de Estado. El inquilino de la casa Blanca sólo quiere destruir todo lo que hizo el anterior presidente, como en las costumbres folklóricas de las mentalidades del subdesarrollo y la política clásica del tercer mundo. Pues el migrante escocés de apellido Trump podría ser también presidente de Honduras o Paraguay, donde no se le extrañaría en nada respecto de esos comportamientos muy enraizados en  las mentalidades del llamado subdesarrollo, es decir de Estados desestructurados, o en formación para decirlo de manera diplomática.

 

La democracia norteamericana a todas luces es el instrumento más poderoso de manipulación colectiva, para que los mismos poderosos de siempre sean los más favorecidos, manteniendo el circo romano de las elecciones y la ideología política para el pueblo, para la distracción del pueblo mediante sus payasos demócratas y republicanos. Trump sólo es la punta del iceberg y el elegido  portavoz de quiénes hoy decidieron reordenar el Estado gringo, anglosajón, protestante y blanco. Aquellas sociedades engañadas durante décadas, que creyeron ciegamente en las virtudes del modelo, hoy ven con asombro que ese sistema era de pantalla y de pinta. Lo grave y desolador es que ese pueblo está desarmado, sin ideas para cambiar sus propias realidades, sin fuerzas sociales para movilizarse y cambiar al dictadorcillo de turno, sin pasiones políticas porque siempre confiaron en su sistema político, sin lideres para enfrentar los acontecimientos actuales, sin los recuerdos para hacer una revolución.

 

El establishment norteamericano tuvo que recurrir a un migrante escocés brutal, bravucón y de sentidos tercermundistas políticamente, como funcionario de Estado sin ningún sentido de Estado: matón, violento y nada político, para ordenar la casa. El poderoso imperio norteamericano ya tiene a su Calígula. Yo diría a su dictador bananero, importado de las realidades políticas tercermundistas. Dispuesto a todo, hasta llevar al infierno al propio mundo, amenazando por doquier con sus ejércitos invasores y criminales.

 

Estamos acudiendo, qué duda cabe, a tiempos de retornos desestructurados, peligrosos otra vez que dan lugar y espacio a dictadores dispuestos a todo. Las excusas paradójicamente son las mismas: terrorismos, comunismos, extraños o migrantes. Recetas que a lo largo de los siglos han funcionado cuando de reordenar los imperios se trataba. Hoy estamos en un momento de restauración imperial. Los señoriales de todo el mundo, asustados de los avances de los derechos humanos y económicos de los pueblos, retroceden conservadoramente para seguir protegiendo sus privilegios de clase y señoriales u oligárquicos. En Estados Unidos es evidente este fenómeno, quedando con demasiada claridad que su democracia sólo sirvió para que siga la fiesta de los más poderosos, mandamases con intereses mundiales que no les gusta la competencia ni el libre mercado, consignas también prostituidas por ellos mismos pues mientras las ganancias son fabulosas y rentables; pero si la competencia empieza a acrecer mejor acudir al proteccionismo político.

 

Tiempos complejos; tiempos de pensar alternativas, otros modelos políticos y económicos realmente humanos. Tiempos de observaciones y avances para tiempos mejores.

 

La Paz, 1 de julio de 2017.

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