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Brasil – Cuatro criterios para definir si una movilización social es progresiva o reaccionaria

Brasil – Cuatro criterios para definir si una movilización social es progresiva o reaccionaria

Valerio Arcary *

San Pablo, 5-12-2016

Traducción de Ernesto Herrera – Correspondencia de Prensa

Todavía no se sabe si, finalmente, Renan Calheiros si permanecerá o no presidente del Senado. Renan, que apoyó tanto a los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso del PSDB, como a los de Lula y Dilma Roussseff, fue apartado de su cargo por decisión de un ministro del STF (Supremo Tribunal Federal), Marco Aurélio Mello. La decisión había sido preparada por la decisión del mismo STF que lo consideró reo en proceso en el que el acusado de peculado, o sea, desvío de dinero público, en este caso, para beneficio propio, el pago de una pensión.

La caída de Renan puede aumentar todavía más la confusión política entre el activismo de izquierda sobre el sentido de los actos de ayer (domingo 4 de diciembre). Convocadas por Vem para a rua y el  MBL (Movimento Brasil Livre) ocurrieron movilizaciones de masas en centenas de ciudades brasileras contra la corrupción, en apoyo a la LavaJato, contra los presidentes de la Cámara de Diputados y del Senado, Rodrigo Maia y, especialmente, Renan Calheiros, en apoyo al juez Sergio Moro. ¿Será que fueron progresivas? ¿A final, no ayudaron a derribar a Renan?

Ese es el tema de este artículo.

Para comenzar, veamos lo que aconteció. Los dirigentes de las organizaciones que convocaron a los actos de ayer, Vem para a rua y MBL, dejaron claro que no tienen razones para atacar la presidencia de Temer. Aunque todas las informaciones de encuestas disponibles indiquen que, luego de seis meses en el poder, Temer cuenta con poco apoyo: 13%, considera que tiene un buen desempeño, según el IBOPE (Instituto Brasilero de Opinión Pública e Estadística), 39% evalúa como malo y pésimo, 36% como regular. Pese a ello, Temer y sus ministros pudieron dormidos porque, hasta el momento, no fueron blanco de las protestas de ayer.

Los actos contaron con una convocatoria disfrazada de cobertura periodística de la TV Globo, tal viene ocurriendo en los últimos años. Se unieron en las calles los que apoyan la PEC 35 (Propuesta de Enmienda Constitucional) del techo de gastos, con los que defienden la necesidad de una intervención militar. Pero lo que prevaleció fue el odio al Congreso Nacional y el apoyo a la Lavajato. Fueron, por tanto, reaccionarias tanto como las precedentes.

Aunque en escala mucho menor, los actos de ayer fueron una secuencia de las movilizaciones que alteraron, desfavorablemente para los trabajadores, la relación social de fuerzas a partir de marzo de 2015, culminando en marzo de este año 2016, cuando superaron los dos millones en la calles. Esas movilizaciones cambiaron, también, la relación política de fuerzas. Sin estas movilizaciones el impeachment de Dilma Rousseff no hubiera sido posible. No quedan dudas que en el primer semestre de 2016 fueron inmensas. Ser grandes significa que lograron entusiasmar a millones, pero no prueba nada, absolutamente, sobre su sentido. Porque ni todas las movilizaciones que son masivas son progresivas.

Hemos argumentado que ellas no son herederas de la irrupción de protesta popular que explotó en las jornadas de junio de 2013. Aunque ya estuvieses presente en junio de 2013 un embrión peligroso y reaccionario que después se agigantó, ganó impulso propio y dirección más clara a partir, sobre todo, de la eclosión de la operación Lavajato en 2014. Hemos defendido, también, que, a la luz de lo que pasó en el país en los últimos tres años, debemos concluir que junio de 2013 fue, inapelablemente, derrotado.

Las movilizaciones de ayer, 4 de diciembre, no tienen nada en común, tampoco, con las movilizaciones por el Fuera Collor, en 1992, o las Directas ya, en 1984. ¿Por qué? Cuáles deben ser los criterios para definir si una movilización social es progresiva o reaccionaria?. Sugerimos cuatro criterios:

  1. a) El primero criterio debe evaluar las movilizaciones por las tareas que se colocan, o sea, el contenido histórico-social del programa que motiva la movilización. Desde el final de 2014, el sentido de estos actos fue, directamente, la lucha por el poder. Sus organizadores pretendían abrir el camino para tomar pose de un gobierno comprometido con un plan de choque riguroso de emergencia liberal. Exigían, en consecuencia, el derrumbe del gobierno de coalición de  Dilma Rousseff, que fue identificado como el responsable por la corrupción en la Petrobrás. Exigían la prisión de los dirigentes del PT y, en primer lugar, de Lula. La operación Lavajato alimentó las manifestaciones con el combustible inflamable necesario, y los medios se transformaron en la caja de resonancia del tambor de lucha contra la corrupción para legitimar el impeachment.

(b) El segundo criterio es por el sujeto social, o sea, por las clases y fracciones de clase, o mejor, por el bloque de clases que se movilizan y se unen para realizarlas. No parece controversial, considerados los datos de las encuestas ya disponibles en ocasiones anteriores, afirmar que fueron, esencialmente, manifestaciones de camadas de clase media, muy concentradas, sobre todo, en sudeste y sur de Brasil, aunque aumentadas trabajadores, sectores populares semiproletarios; tampoco hay dudas que fueron manifestaciones de una mayoría de edad media, con escolaridad en torno del doble de la media nacional, de una mayoría de blancos, y con un peso social de propietarios tres veces mayor de que su expresión en el conjunto de la población. La movilización de las camadas medias en torno a un programa reaccionarios, como el que las llevó a la calles desde marzo de 2015, es algo que no se veía desde el final de la dictadura.

  1. c) El tercer criterio debe ser una evaluación de la dirección política de las manifestaciones, el sujeto político. La dirección de las manifestaciones fueron el MBL, Vem para a rua y Revoltados on line, organizaciones, hasta entonces, casi invisibles, pero muy bien financiadas por grandes empresas nacionales y norteamericanas, e inspiradas por la importancia que las redes sociales demostraron alcanzar desde junio de 2013. Ellas no pueden ser caracterizadas sino como instrumentos de agitación y propaganda importante. Es importante destacar la presencia de una extrema derecha ultrarreaccionaria al frente, en especial, del MBL y de los Revoltados on line.

(d) El último criterio son los resultados. ¿Cuáles fueron las consecuencias? El principal resultado de ellas fue la caída del gobierno Dilma Rousseff, abriendo el camino para la pose de Michel Temer con apoyo de una mayoría en el Congreso Nacional que garantizó la votación de la PEC del techo de gastos. Un gobierno que promete la aprobación de una reforma de la Previsión Social que es un ataque sin precedentes a los derechos conquistados en los años ’80: edad mínima de 65 años, indiferenciadamente, para hombres y mujeres; desvinculación del piso de beneficios de prestación continuada del salario mínimo; 50 años de contribución para tener derecho a la jubilación integral, aumento de 15 para 20 años de contribución para la jubilación proporcional, y de ahí de mal en peor. Una vez más quedó demostrado que la lucha contra la corrupción, una bandera democrática radical, solo es progresiva cuando los sectores medios son arrastrados por la fuerza social de choque de los trabajadores. Cuando ocurre lo contrario, y la dirección del proceso es burguesa, los resultados son reaccionarios.

La izquierda socialista, o sea, aquellas organizaciones que se posicionaron como oposición de izquierda a los gobiernos de coalición con el PMDB, liderados por el PT, comparte entre si una posición de denuncia intransigente del gobierno Temer y la destrucción de derechos que él intenta implementar, y la denuncia contra la corrupción, inclusive, la corrupción generada por los dirigentes del PT.

Pero estamos divididos sobre el tema del papel de la operación Lavajato y, por tanto, sobre el significado del impeachment de Dilma Rousseff. Existen dos campos en la izquierda anticapitalista. De un lado están aquellos que, como nosotros, consideramos que la Lavajato está siendo apoyada desde el inicio, por una fracción de la clase dominante. Una parcela de la burguesía brasilera convive mal con el arcaísmo, o atraso de las costumbres políticas que se perpetúan, desde los años ’80. Un anacronismo, especialmente, decadente. Una fracción más articulada con un proyecto internacional, sobre todo, del imperialismo norteamericano. Un proyecto vertebrado después de la explosión de los escándalos que siguieron a la crisis de 2008, y a las secuelas de la desregulación que favoreció el agigantamiento de los paraísos fiscales. Una nueva política de empadronamiento de investigaciones del mercado financiero internacional. Una política que responde a una estrategia de limitación al movimiento de capitales de origen oscuro, sobre todo, de China y Rusia, pero que alcanza, también, a Brasil y otros países de la periferia. Una política que explica la emergencia de la aprobación, en los primeros meses del gobierno Temer, de una amnistía para la repatriación de más de  R$150 milones de depósitos, hasta entonces, ocultos en el exterior. Todo eso porque pretenden relocalizar, o por lo menos, reducir el papel de algunas corporaciones que acumularon capital rápida e ilegalmente, a través de relaciones corruptas con el Estado. Es, en consecuencia, cuando las capas medias salieron a las calles, y se pronunciaron por derribar el gobierno del PT. La movilización de las llamadas capas más altas de la clase media no debe esconder que está por detrás de ellas, y las dirigen.

Las contradicciones entre fracciones burguesas existieron, desde el inicio de la Lavajato, y permanecen. Pero ellas no reflejan la autonomía del núcleo de fiscales de Curitiba o del juez Sergio Moro en relación a la clase dominante. Ellas expresan y todavía traducen la contradicción entre la necesidad de aplicación del ajuste fiscal liberal, y la inestabilidad política que la Lavajato produjo, hasta ahora, y que será mucho mayor con la delación premiada a la Oderbrecht.

Concluimos que el impeachment fue una solución reaccionaria, y era necesario apoyar las movilizaciones contra esta maniobra jurídica-parlamentaria: la forma que asumen los “golpes constitucionales”, como ocurrió en Paraguay. Defendíamos que luchar contra el impeachment no era lo mismo que apoyar al gobierno Dilma. Que era necesario estar contra el impeachment y denunciar, al mismo tiempo, que la estrategia del gobierno Dilma de asumir el programa de ajuste liberal después de las elecciones de 2014, hacía del PT el principal responsable por la ofensiva reaccionaria que, finalmente, derribó a su propio gobierno.

Del otro lado, están aquellos que perciben la operación Lavajato como una iniciativa que expresa una crisis institucional del régimen de dominación. Algunos hasta apoyan la Lavajato, la mayoría no. Algunos hasta se animan a convocar la ida a los actos embriagados de nacionalismo “verde amarelo” contra la corrupción, la mayoría no. Pero identifican una relativa autonomía del Ministerio Público y sectores del Poder Judicial, sobre todo, en la primera instancia, más permeable a la presión de la furia de la clase media y del odio de la clase trabajadora contra la corrupción, incendiados por el mal estar social que crece desde junio de 2013, por el desempleo galopante, la reducción salarial. En consecuencia, no estaban dispuestos a unirse a las movilizaciones contra el impeachment de Dilma Rousseff y levantaban el “Fuera Todos” hasta el último momento, por tanto, el “Fuera Dilma”, cuando esta era la exigencia de la mayoría de la clase dominante.

No entendieron que la pérdida de influencia del PT en la clase obrera no había sido realizado por el fortalecimiento de la izquierda anticapitalista. No se impresionaban con la ausencia de movilización política de la clase obrera. No se afectaban por la dificultad de resistencia de los trabajadores ante los ataques frontales del gobierno Temer. Valorizaban los choques entre el Congreso y el Poder Judicial, y no vislumbraban elementos de bonapartismo en la ofensiva burguesa relanzada luego de la caída de Dilma. Subestimaron el significado de la victoria electoral de los partidos que hacen parte de la base política de apoyo de Temer en el Congreso Nacional. No alertaron, cuando no ignoraron, sobre el aumento de la influencia de la extrema derecha entre los trabajadores, aunque minoritaria, pero con una audiencia que no existía pocos años atrás.

En consecuencia, evaluaron como progresivas las movilizaciones contra la corrupción, incluso siendo una fracción burguesa quien lidera el protagonismo de la clase media que arrastra la simpatía de los trabajadores y del pueblo. Ponderan que existen condiciones, en algún grado, para disputar la evolución de las capas medias en radicalización. Se oponen a la conclusión de que hubo una derrota política-social importante en Brasil, que no fue solamente una derrota del PT. Resisten la evaluación de que acontece una inflexión desfavorable de la relación social de fuerzas. Al contrario, apuestan que el impacto de la profundidad de la crisis económica, y la radicalización de las capas medias pueden crear obstáculos a la continuidad de los planes de ajuste como a la reforma de la Previsión Social.

Resta saber cuál de las dos posiciones está pasando la prueba de la historia.

De esa evaluación dependerá, en gran medida, el futuro del proceso de reorganización abierto por el fin del ciclo de hegemonía del petismo/lulismo.

Infelizmente, aquellos que pierdan la brújula de clase naufragarán.

* Militante del MAIS (Movimiento por una Alternativa Independiente y Socialista) y columnista de Esquerda online (http://esquerdaonline.com.br/). Profesor titular jubilado del IFSP (Instituto Federal de Educación, Ciencia y Tecnología de San Pablo). Doctor en historia por la USP (Universidad de San Pablo). Su último libro es El Martillo de la Historia. Ensayos sobre la urgencia de la revolución contemporánea (Editorial Sundermann, San Pablo, 2016).

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