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Chile – Temporada Circense 2017…  Representación y democracia (II) – El chip electoral

Chile – Temporada Circense 2017… Representación y democracia (II) – El chip electoral

Representación y democracia (II)

El chip electoral
que se instala o actualiza en la mente de cada ciudadano

Jaime Sepúlveda

Que la temporada que comienza sea circo, rubro de negocios o período de renovación de los que controlan el acceso al botín… no es ninguna novedad. Los políticos lo saben. Los dueños del país lo saben. El pueblo chileno lo sabe. Hasta aquí todo es bastante transparente.

“Pero no todos los candidatos están podridos”, se nos dirá; “y hay además diferentes grados de descomposición. No todos quieren y logran subirse al barco ganador. No todos reciben financiación de Penta, SQM, Luksic, Matte, Angelini…”

Es cierto. De hecho, algunos incluso no aspiran más que a instalar pequeñas microempresas electorales, que como sucede por lo general —según receta de los economistas— sólo están ahí para disfrazar el subempleo, o para decirlo en términos empresariales, para disimular la ausencia de propuestas ganadoras. En todo caso, hay que reconocer que por una razón u otra no todos se lanzan en los brazos de los más poderosos.

 

Sin embargo, incluso cuando su candidatura no es un negocio por ningún lado, cada actor, quiéralo o no, contribuye a la instalación o actualización de una especie de chip, que es en definitiva lo más importante.

Cada declaración, cada debate, cada discurso, cada entrevista, cada reality político, cada artículo, cada volante, folleto, cartel, pasacalles, cada reunión con la comunidad, cada incursión en terreno o “visita puerta a puerta”, cada aparición en sitios públicos, cada rueda de prensa, invitan explícita o tácitamente a dejar las decisiones sobre los asuntos comunes en manos de los representantes.

Cada evento de cada campaña electoral acepta al menos implícitamente —y por lo general promueve de manera activa y militante— que la ciudadanía deje las decisiones en manos de unos pocos. Es el supuesto básico de la democracia representativa, además; es el centro de la propuesta de organización del Estado basado en la representación y el “equilibrio de poderes”. Debido al aumento dramático de la población mundial, se nos dice, la única forma posible (o práctica) de democracia es la “democracia representativa”. El chip electoral contiene entonces la versión liberal de la representación, que invita a delegar las decisiones importantes que se refieren a lo común.

Pero este chip es como una moneda con su reverso. En el argot del ciberespacio: lleva escondido un troyano que le abre la puerta a la pasividad. Delegar significa renunciar a la acción, y en un sistema que gira alrededor de la representación, esta delegación deriva naturalmente en la renuncia al compromiso activo con lo común y muy particularmente al abandono de la responsabilidad que cada uno tiene con lo colectivo. Su resultado es finalmente la pasividad generalizada de la ciudadanía, perfectamente funcional para que unos pocos se adueñen del espacio del interés público. Mientras proclama ser la única democracia posible, este sistema actúa insidiosamente para la erradicación de la democracia.

Y el chip funciona en el votante, invitándolo a la renuncia, a la pasividad, al silencio. Pero también funciona en el candidato, ayudándolo a convencerse y a convencer a los demás de que puede y debe remplazar a la ciudadanía en los organismos del Estado, de que sus votantes deben confiar en sus “buenos oficios” (en el mejor de los casos). Y cuando funciona, impregna la actividad política, inoculando en las personas comprometidas que actúan de buena fe la falsedad de que la política consiste en el juego de la representación. Lo que no es cierto.

 

Si algún día respondiendo a esta lógica representativa se eligiera en Chile un Congreso y un Ejecutivo realmente transparentes y comprometidos, que no pusieran el país al servicio del gran capital local y transnacional, ese evento resultaría bastante efímero. Muy pronto regresaríamos a la normalidad: para eso están los golpes de Estado duros y blandos, las intervenciones militares, las campañas mediáticas, la compra de políticos, los chantajes y presiones, los bloqueos y sabotajes de todo tipo, la prisión, los asesinatos. Hay legiones de verdaderos expertos en estas prácticas.

Como lo dijimos en la entrega pasada [http://www.werkenrojo.cl/chile-temporada-circense-2017-representacion-y-democracia-i/], en términos prácticos la “democracia representativa” es una ficción, como lo muestra todos los días la realidad de nuestro sistema político. Pero el funcionamiento de las campañas electorales no sólo renueva esta ficción y al verdadero poder que la sostiene, sino que alimenta además este dispositivo mental que obtiene de cada ciudadano la pasividad y el aislamiento político después del día en que vota (o que decide no votar).

Frente a esta ficción y sus efectos, el gran negocio que se renueva con cada elección —que el país quede como botín para la élite de los más poderosos— es secundario. Lo realmente decisivo, lo fundamental, lo estratégico, es esta ideología, este chip que se pone en funcionamiento en cada campaña electoral: bajo el pretexto de elegir a los mejores representantes, cada ciudadano termina renunciando a su responsabilidad frente a los asuntos comunes. Ese es el virus que contiene la democracia representativa.

 

Pero ¿la representación es necesariamente un instrumento para la pasividad política? No: si la representación se pone al servicio de una participación comprometida y responsable de todos, puede ser valiosa y en muchas circunstancias indispensable. Pero esto requiere que el centro no sea ya la representación, sino la participación, que es lo que está en el corazón de lo que los antiguos llamaban democracia.

 

La democracia no es “representativa”

A aquel sistema que elige a los mejores para gobernar, los griegos —o sea, los que se inventaron la palabra democracia —lo llamaron “aristocracia”, o sea, el poder de los mejores. Y la aristocracia era según ellos contraria a la democracia. Para los antiguos griegos, en una democracia no gobiernan los mejores: gobiernan todos, y los mejores se ponen al servicio de todos, de la comunidad.

Pero ¿qué puede significar que “todos” gobiernen? En la democracia ateniense, significaba que cualquier ciudadano podía tomar decisiones que involucraban al conjunto y que en determinadas circunstancias debía hacerlo. Y cualquiera podía hacerlo porque entre todos y cada uno construían previamente y compartían una voluntad común. El logro de la democracia consistía en incorporar a cada ciudadano a las decisiones a través de su aporte eficaz al establecimiento de una voluntad común (de la que todos y cada uno se convertían en portadores). Las decisiones concretas podían requerir que cada ciudadano se involucrara en mayor o menor medida, pero la voluntad colectiva que inspiraba cada decisión debía incorporarlo obligatoriamente.

Gobierno de todos significa que cada integrante de una comunidad (precisamente la comunidad de la que todos son miembros) se incorpora plenamente a las decisiones, trata de dar lo mejor de sí y contribuye realmente a establecer una voluntad común que lo incluye. En el caso de la antigua Atenas, como le dice Protágoras a Sócrates, “tus conciudadanos no se equivocan al escuchar, en punto a política, los consejos y opiniones de un herrero o de un curtidor”. Esa voluntad común que inspira y orienta las decisiones concretas incorpora hasta el ciudadano más humilde y cuando eso sucede cualquiera puede tomar las decisiones de acuerdo a esa voluntad común que ya se ha constituido (y que se sigue construyendo y reconstruyendo “en tiempo real”). Quién toma cada decisión, en realidad es secundario.

 

¿Corresponden las decisiones políticas en nuestro país a una voluntad común? Aunque las decisiones políticas de jefes de Estado y equipos de gobierno —particularmente cuando se refieren a asuntos comunes, que afectan y conciernen a la sociedad en su conjunto— son tomadas en cada momento específico por una o pocas personas concretas, corresponden por lo general a una voluntad compartida. Aunque son tomadas en momentos y contextos específicos, por personas determinadas, no son casuales. No son arbitrarias. Las decisiones políticas importantes no se sacan del sombrero. Corresponden a una voluntad colectiva constituida por lo general laboriosamente, sistemáticamente, entre muchos.

La diferencia de fondo de las democracias actuales, incluida la chilena, con la democracia griega original es que esta “mucha gente” o estos “todos” que participan en la construcción de esa voluntad común que orientará cada decisión particular no es el conjunto de la ciudadanía sino sólo una parte menor de ella: un grupo relativamente reducido, que necesariamente constituye una pequeña comunidad. Incluso en los países más autoritarios hay en este sentido democracia de algún alcance.

En cuanto funcionan mecanismos de libre expresión, debate y participación en cualquier país, hay democracia en el mismo grado. Es lo que Lenin, en El Estado y la revolución, reconoció como democracia, pero “democracia burguesa”, que es al mismo tiempo una dictadura sobre la mayoría: democracia hacia adentro de la élite, dictadura hacia afuera. La democracia representativa en realidad es muy democrática, pero sólo para los que verdaderamente deciden quiénes serán los representantes, no para los votantes.

 

Chile es un país democrático, pero no debido a su sistema representativo. Es democrático porque las decisiones responden a una voluntad que se ha construido a través de la participación de los integrantes de una comunidad; estrecha, exclusiva, elitista, pero comunidad. El mecanismo representativo contenido en el chip electoral, en cambio, no está diseñado para la participación, sino para restringirla; para reducirla a una decisión específica durante el momento efímero de una votación. En cuanto democracia, la “democracia representativa” no llega más allá de esa élite. En este sistema entonces la representación no es sino una fachada de las decisiones de esa élite, la envoltura de una voluntad que ya se ha constituido antes de que estas decisiones se tomen, que es lo realmente decisivo.

¿Cuáles son los verdaderos espacios democráticos en nuestro país? O sea, ¿dónde se establece la voluntad común de los que mandan? ¿En el Congreso? No necesariamente. Esta voluntad se va estableciendo laboriosamente en partidos políticos, asociaciones gremiales, clubes sociales exclusivos, páginas de opinión de El Mercurio y otros medios masivos, organizaciones no-gubernamentales, y en ocasiones en dependencias del Estado y de alguna embajada. O sea, en los espacios en los que los integrantes de la élite se comunican formal e informalmente, y van logrando consensos, como lo hacían los atenienses en el ágora. Esos terrenos y mecanismos de consulta generalizada dentro de la élite, de búsqueda de consensos, de debate interior, son ciertamente democráticos. Al interior de la élite, repetimos, sí hay democracia.

Si las campañas electorales y las elecciones que las culminan no son los verdaderos terrenos donde se establece la voluntad colectiva de los que mandan en Chile, ¿cuál es su sentido y utilidad? Son invaluables, por ejemplo, como laboratorio: entre otras, dan indicios muy exactos (como en una especie de “gran encuesta”) de la viabilidad de poner en práctica medidas y políticas antipopulares, o de la necesidad de “bajarle un poco la presión a la caldera” (como las medidas de “reforma educativa” o “reforma constitucional” del gobierno saliente)… o sea, la temporada electoral orienta respecto a los caminos directos e indirectos que la élite puede seguir para imponer una voluntad que ya se ha establecido previamente en sus espacios democráticos.

En la práctica, la representación tiene entonces en Chile muy poco que ver con la democracia. O más exactamente es un mecanismo eficaz para que una democracia muy restringida se imponga como una verdadera dictadura sobre el conjunto de la ciudadanía. Pero tal como es un instrumento de la democracia restringida ¿no podría ser la representación un instrumento eficaz de una democracia para el conjunto de la ciudadanía?

O siguiendo nuestra metáfora: para que la representación se ponga al servicio de una democracia de alcance nacional ¿hay que descartar el chip entero o basta con eliminar el troyano? ¿Se puede erradicar el troyano de la pasividad del chip de la democracia representativa? ¿En qué consistiría esto?

 

Contra el chip. Representación para la participación

Como hemos dicho, actualmente las decisiones gubernamentales son casi siempre en algún grado democráticas. El asunto entonces no es tanto si hay o no democracia en Chile, sino su alcance: a qué comunidad real integra, quiénes están realmente incorporados a esa voluntad común que define las decisiones concretas.
La posibilidad de que la representación se ponga al servicio de la democracia para el conjunto de la ciudadanía es realmente la posibilidad de que contribuya eficazmente a la constitución de una comunidad amplia, del “99%”, como dirían los Indignados: precisamente lo que la élite no puede permitir. O sea, que los representantes renuncien a suplantar a los ciudadanos en los organismos del Estado y conviertan en su propósito principal la construcción de una voluntad colectiva de alcance nacional. Y esto sólo se puede hacer en espacios democráticos abiertos que permitan la búsqueda de consensos y el establecimiento de verdades compartidas; o sea, no son precisamente, no pueden ser, los de los clubes sociales exclusivos, los de El Mercurio y otros medios masivos, los de asociaciones gremiales patronales, etc.  La representación puede ser un útil mecanismo democrático en cuanto contribuya eficazmente a que cada ciudadano participe activamente en la constitución de una voluntad común. Y esto significa buscar incansablemente, cultivar permanentemente y fortalecer mecanismos de participación masiva en la construcción de una voluntad colectiva alternativa y opuesta a la dominante. Y esto no encaja muy bien con elegir a personas más adecuadas o “capacitadas” para que decidan por uno.

La verdad es que la concepción liberal de la representación no es muy afín a esta idea de participación masiva. Aunque le saquemos el troyano de la pasividad, el chip tiende a producirlo de nuevo. Es mejor sacarse el chip y pensar las cosas de otra manera.

 

Pensar las cosas desde el punto de vista de la participación… pero ¿querrá y podrá cada ciudadano de Chile (o de cualquier país del planeta) aportar eficazmente a una voluntad común? ¿Tendrá siquiera interés en hacerlo? ¿Tendrá algo de valor que dar? (Continuará)

Continuar leyendo en:

REPRESENTACIÓN Y DEMOCRACIA (III) – ¡¿QUE TODOS PARTICIPEN?!

Representación y democracia (III) – ¡¿Que todos participen?!

 

 

2 Respuesta a los comentarios

  1. Avatar
    septiembre 22, 2017

    Hola Jaime, muy interesante este segundo capítulo. Puedo decir que este año…..yo paso, este año haré como hace 4 años y me quedaré acostada viendo como”algunos” votarán por qué payaso, malabarista, contorsionista, vendedor de palomitas elegirán para elegir al “señor corales” o “señora Corales” para que dirija este circo, que dicho sea de paso jamás me han gustado, creo que una o dos veces he ido a un circo y no me gustan. Por lo tanto esta vez veré la televisión sentada comiendo palomitas.

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