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El grado cero de la enseñanza

El grado cero de la enseñanza

Dura tarea la del más bello oficio en el mundo. Tal parece que los profesores se sitúan entre el yunque del Estado y/o de los empresarios, y el martillo de los alumnos y sus familias. En un entorno mercantilizado, más vale ser mercancía. O adoptar la flexibilidad de las mercancías.

Un texto de Daniel Pizarro.

El grado cero de la enseñanza


Un texto de Daniel Pizarro


A diferencia de esos seres que van evolucionando, perfeccionándose de una reencarnación a otra, el Profesor O sigue en lo mismo: es profe de educación básica. Podría ser su karma —un castigo, una penitencia— o tal vez una vocación inquebrantable; estaría por verse aquí, y también en otras vidas. Su sino se encuentra más allá de la voluntad, persiste a través de sucesivas reencarnaciones bajo un aspecto invariablemente flaco, anteojos con marco de carey, peinado con la partidura al lado izquierdo, bufanda escocesa en invierno y en cualquier estación del año una chaqueta de cotelé oscuro con parches de tevinil en los codos, como si el profe quisiera demostrarle al mundo que la apariencia, al menos en su caso, es idéntica a la esencia.

Por lo que es sabido, en una reencarnación anterior el Profesor O estuvo haciendo clases en una escuela pública donde había un niño que sobresalía del resto por al menos una cabeza y media, no porque sufriera de gigantismo o algún otro trastorno del crecimiento, sino por haber repetido una y otra vez el mismo curso, de escuela en escuela, como si le fuera imposible evolucionar más allá del segundo básico. Apenas juntaba las letras, que puestas una al lado de la otra se le convertían en jeroglíficos. Sumaba con los dedos de las manos, y cuando se le acababan los dedos era como si hubiese alcanzado la orilla de un mundo plano, de donde se precipitaba al abismo estelar convertido en un energúmeno capaz de enterrar lápices en los ojos y pegar patadas y combos a quien se le pusiera por delante, así que al verlo contar con los dedos los demás niños hacían a su alrededor un vacío de tres metros para ponerse a salvo de la onda expansiva.

Las notas del niño eran inversamente proporcionales a su estatura, su asistencia no cumplía con el mínimo para pasar de curso. El Profesor O era de la idea de reprobarlo y el niño ponía todo su empeño para que esto ocurriese, había una sintonía perfecta de intenciones. Pero al profe le habían soplado que se cuidara. No se lo dijo un solo profesor, sino el conjunto de los profesores: Hazlo pasar. El profe captó bien la advertencia, pero no estaba dispuesto a ceder, así como no estaba disponible para evolucionar hacia otra forma más elevada a través de la reencarnación. Era necesario que el niño J reprobara segundo básico. Otros niños se desmayaban por no haber tomado desayuno. A algunos los habían abandonado en un hogar de menores o tenían a los padres en la cárcel. Otros eran huérfanos. A algunos les pegaban en la casa, castigándolos de manera brutal. Para el Profesor O la escuela estaba para contrapesar las carencias como fuera posible, lo mismo con esos niños que con el niño J, que debía repetir de curso.

Hubo una reunión con los familiares del niño, a la que asistieron varias personas. Más de las necesarias para el gusto del Profesor O. Un padre, una madre, una abuela con bastón, un hermano mayor y dos tipos que se presentaron como sus tíos. Una pandilla completa.

—Mi hijo pasa de curso —le dijo el padre.
—Su hijo tiene que repetir —dijo el profe.
—Si mi hijo llega a repetir —le dijo el padre—, te las vai a ver conmigo y con toda mi familia.

Cuando salieron de la sala uno de los tíos le pegó un coscorrón al pasar. De ahí en adelante la familia del niño se apostó a las puertas del colegio, a la entrada y a la salida de clases. A veces aparecían más tíos y otros parientes. Lo seguían con la vista y le hacían gestos amenazantes, groseros. El Profesor O seguía siendo quien era, en esta vida. Los demás profes le decían que se lo pensara. El director de la escuela también era de la misma idea, esto de pensar en el asunto. La familia lo seguía en una camioneta 4×4 tocando la bocina durante una cuadra mientras se alejaba por la vereda. El profe miraba hacia adelante como si no existieran, preguntándose si el problema estaría dentro de la escuela, fuera de ella o en el límite entre el interior y el exterior, lo que no pudo ser respondido durante esta reencarnación. Al término del año se negó a firmar el acta para pasar de curso al niño J. Entonces los demás profes y el director le dijeron lo mismo: Son narcos, te la van a cobrar. Cámbiate de casa. Cámbiate de escuela. Cámbiate de ciudad. Cambia de vida.
*
De vida en vida, el profe había oído más o menos la misma cantinela como si fuera la música ambiente que acompañaba su karma o su vocación. Había oído que el problema con la educación, su estado calamitoso, eran los profesores, su mediocridad, la falta de preparación, su ignorancia, su flojera para capacitarse y seguir aprendiendo. A lo largo del túnel musical se oía que los peores alumnos siempre elegían la carrera de Pedagogía, la más fácil, la más penca, y como una voz mesiánica se oía la promesa de que algún día un hombre fuerte y decidido los pondría a trabajar de verdad.

Lo cierto es que aquello también pudo oírse en la reencarnación siguiente o subsiguiente —no estamos muy al tanto de la cronología—, cuando obligado por las circunstancias el Profesor O se cambió de escuela y también de casa, dado que la suya era apedreada todas las semanas como si algún mensaje del karma quisiera revelarse mediante piedras y unas bolsas con excremento humano que arrojaban al patio. Cambió de escuela y de casa, decimos, pero permaneció en la misma ciudad, persistió en su vocación, se emperró en ella, si quieren, si ustedes piensan que sus oídos eran sordos a las voces del más allá. Quién sabe.

Siguió viviendo solo, como era su costumbre. Unos decían que se trataba de un homosexual solapado, otros de un maraco reprimido que jamás saldría del clóset; algunos pensaban en un cola que recogía putos en la plaza de armas de la ciudad, pasada la medianoche; pero también había otros que hablaban de un corazón destrozado por una mujer, un amor trágico de juventud; y no faltaban quienes le echaban la culpa a la familia, a un padre bestia, a una madre de hielo.

Unos decían, en los seminarios, en los coloquios de esta vida, donde fuera, que la educación era una violencia con que se castraba a los espíritus libres; otros, que era la principal herramienta para la emancipación; otros ni fu ni fa, comme ci comme ça, y así; aquello podía oírse a lo largo del túnel del tiempo, una reencarnación tras otra en su reverbero musical, como una cajita a cuerda.

En lo que aquí concierne, el Profesor O vino a parar a un colegio particular, en esta vida, y ahora se encontraba sin buscárselo en medio de un conflicto entre apoderados, en la delgada línea de la neutralidad, imposible de sostener por mucho tiempo; hacia donde se inclinara el profe, seguro que lo metían al saco de los culpables y lo convertían en el primero de todos, motor del conflicto, no cabe duda, no iba a ser la primera ocasión, en esta y en otras vidas.

Entonces aquí está el profe, metido en una reunión social a la que los apoderados dudaron si invitarlo o hacerse los suecos. Tendrá que pronunciarse el profe. Manejar el conflicto. A un niño le dijeron “maricón”. Fue otro niño. El padre del primero amenazó al padre del segundo. Lo desafió a los combos. El padre del segundo puso un recurso de protección en Tribunales. De eso va el asunto en esta reencarnación del profe, que no evoluciona nunca. El problema es que al profe lo encuentran presumido, dicen que se pone por encima de todos con un aire de falso respeto, con ese afán por la moderación en los juicios. Nadie puede pensar así, dicen. Típico maricón sonriente, van diciendo. Otros dicen que no se involucra, es frío para saludar. No toma. Mejor desconfiar de los que rehúyen el trago. Son alcohólicos redimidos, los peores. Dicen. Pero a quién le interesa pelar a ese hueón que desdeña los asados y se corre de las convivencias. Que se vaya a la cresta; el próximo año nos toca otro profe más buena onda, buena onda es lo que falta en el mundo, pura mala onda el Profesor O. Dicen los apoderados del colegio. Se oye por ahí. En la convivencia:

Mi jefa tiene un Porsche Panamera. Te subes y el auto se despierta, te juro. El asiento se acomoda a tu cuerpo, te masajea.
Buena.
Yo no soy consumista, pero me encantan las carteras de cuatrocientas lucas. Te juro. Yo cago con esas carteras.
Yo con los zapatos. Y los Mercedes Benz. Ahí cago. Me están ofreciendo uno en veinte palos.
Igual es plata.
Sí, pero yo cago.

Profe, sírvase un traguito.
No se haga el cartucho, profe.
(A este hueón le faltan palos pal puente).
¿Cacharon el nuevo smartphone?
Pero todavía no llega a Chile.
Estoy esperándolo.
Ya llegó.
No llega todavía.
La cagó. Es transparente.
¿Cómo transparente?
Transparente, hueona. Es transparente. Podís mirar pal otro lado.
La cagó.
La cagó.
¿Y cómo?
No me preguntís a mí.

…vos cáchai que eso decía Marx?
¿Quién es Marx?
Marx, po. Marx.
Viejo califa, bueno pal copete.
¿Vos cachái por qué fracasó el marxismo?
¿Quién es Marx, hueón?
¿Por qué?
Siempre va a existir una clase trabajadora, incluso cuando el trabajo lo hagan las máquinas.
Porque alguien tiene que hacer las máquinas.
Exacto, hueón. Salud.

Se va el profe… ¡Chao, profe!
Ni siquiera viene a despedirse…
Penca el hueón corrido…
Mala onda…

¿En cuál de todas las reencarnaciones, en cuál vuelta de su karma el Profesor O se retiró de una convivencia porque era tarde, porque no le gustaba acostarse más allá de la medianoche, costumbres de viejo —se iba poniendo viejo, según la cronología—, y cuando hizo partir el auto el motor le respondió con un sonido ronco, un bufido, y luego expiró? ¿En cuál de todas fue?

¿En cuál tuvo que irse caminando y no pasaban las micros, tampoco los taxis, y la cajita musical seguía sonando como siempre, tra la li, tra la lá? ¿Cuándo fue que? ¿Cuando se le ocurrió caminar hasta su casa? ¿Veinte o treinta cuadras, más o menos? ¿Qué dice la bitácora, la cronología, los astros, el obituario, la carta astral? ¿Se pronunciaron al respecto?

¿En cuál sitio eriazo se le apareció el cabro? La mala cueva, dijeron después. ¿Eso dijeron?
—¿No te acordái de mí?

El profe lo miró en la penumbra tratando de descifrar un rostro entre los miles que habían pasado por las salas de clases. Le sucedía a cada rato y casi siempre se acordaba, si no de un nombre por lo menos de un curso, una escuela, alguna reencarnación. Pero la ciudad iba creciendo, y la vida iba pasando, progresaba.

Era el niño J. Un joven –quizás no tanto–, y ahora sin otros niños con quienes compararlo su estatura no llamaba la atención en el paisaje; había dejado de crecer. Le estaba sonriendo con unos dientes blancos. Muchos alumnos suyos se emocionaban al encontrárselo, hasta los peores alumnos, porque el profe, de uno u otro modo, como podía, había intentado compensar las falencias familiares, los magullones de la sociedad. El Profesor O había combatido contra el vacío, ellos se lo agradecían y ésa era su recompensa íntima, único punto débil si quieren, si les parece justo encontrarle algo malo para equilibrar un poco virtudes y defectos y hacerlo crecer como personaje de una historia más verosímil.

—¿No te acordái, chuchetumadre?
El niño J adelantó un paso hacia él.
—Ahora te vai a acordar pa siempre.
Con la navaja le rajó de un lado a otro la cara.
El profe se fue al suelo y el niño J se arrodilló sobre él. Sacó del bolsillo un teléfono moderno, sin carcasa, un objeto nuevo, novedoso en toda su línea.
—Te voy a inmortalizar.

Acercó el smartphone a la cara del profe, le tomó una foto, y el profe pudo ver al niño J a través del teléfono, era un smartphone transparente —lo digo yo, no el profe que está sangrando con la cara cortada—, un teléfono con pantalla infinita, sin bordes, sin límites, como lo han promocionado en esta reencarnación. Pero lo que sí vio el Profesor O fue la cara del niño J a través del teléfono transparente, y debo decir que hay un gran fraude en todo esto, no se lo crean, la pantalla deforma las caras, trastorna las intenciones, o quizás –quizás – tenga la virtud maldita de hacernos ver las cosas tal como son, no como parecieran ser.

Tarea para la casa.

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