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1917…Cine y revolución

1917…Cine y revolución

Hay una tendencia a contemplar el paso de la historia exclusivamente desde la perspectiva de los vencedores, lo cual explica en buena medida la poca atención que usualmente se la ha prestado al anarquismo

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Hay una tendencia a contemplar el paso de la historia exclusivamente desde la perspectiva de los vencedores, lo cual explica en buena medida la poca atención que usualmente se  la prestado al anarquismo, e incluso la resistencia a darle toda la importancia que alcanzó cuando no se puede negar como es el caso español.

Aunque nadie puede negar la importancia que tuvo en Rusia, parece como sí esta se derivara exclusivamente de la procedencia de algunos de sus personajes más insignes como lo fueron Bakunin, Tolstói y Kropotkin cuyas biografía además se suele establecer más cercana a la historia del populismo. Sin embargo, la crónica de la Rusia anterior a la guerra civil puede relatarse sin referencias a esta corriente, menor que las marxistas y populistas, pero no por ello dejó de tener una gran importancia. Como en otros tantos  países, el anarquismo como movimiento brota en Rusia a finales del siglo XIX y se extingue en la década de los veinte para proseguir una larga vida de exilio, y rebrotar en echas recientes ya bajo unas nuevas coordenadas a las que –sepamos- el cine todavía no ha llegado.

Tal como ha explicado  Paul Avrich en Los anarquistas rusos (Alianza Ed., Madrid, 1974), este movimiento inicial constituye una respuesta a las profundas alteraciones que en la estructura social produce la revolución industrial acelerada. No obstante, sus raíces se hunden en otras fases históricas, y su formación paralela a la del anarquismo europeo es también coincidente  con una larga tradición de revueltas campesinas. Dicho movimiento conoció enormes dificultades en su desarrollo, de entrada por la virulencia de la represión de la Oljrana, la temible  policía zarista, pero también por la existencia de contradicciones propias entre las escuelas, influenciados por un lado por las contribuciones  de Bakunin, Kropotkin y por otra, del populismo ruso, siendo esta última muy atraída por la tradición terrorista.

La revolución de 1905 despertó obviamente las esperanzas libertarias. Pero según nos dice Avrich, su incapacidad para el trabajo organizativo y su falta de contacto con el movimiento obrero hicieron que su lugar en el levantamiento de las masas fuese secundario. Después de los años oscuros, la oleada de 1917 revitalizó sus expectativas. En medio del desorden que acompaña a la revolución de octubre y a la guerra civil, los militantes libertarios trataron de desbordar el cauce bolchevique defendiendo una plataforma que ponía el acento en la acción directa, traducida por la destrucción de las instituciones estatales, transferencia de la tierra y de las fábricas a los trabajadores, control obrero de la producción, creación de comunas en el campo y en la ciudad, milicias populares.

Avrich dice que sin aceptar ningún compromiso en su camino hacia la Edad de Oro de la libertad y la igualdad plenas. Como a todo el movimiento social más avanzado, la guerra civil resultó letal para sus filas. Desmanteladas las industrias, los bastiones proletarios quedaron reducidos a la mínima expresión. Los soviets se quedaron sin base social…El final de la guerra civil significó la consolidación del poder bolchevique, pero también de los sectores que como la Oposición Obrera, abogaban dentro de éste por fórmulas de autogestión. Esta consolidación lo acabaría siendo también la del “partido del Estado”, o sea de los sectores burocráticos ascendente bajo la dirección de los sectores más ligado al apartado y a la policía, una policía que ya en marzo de 1921, es la que ya está marcando la línea de actuación dejando fuera, primero a las demás corrientes socialistas (eseristas y mencheviques de izquierda, anarquistas), y después a la corriente bolchevique que levanta la bandera contra el burocratismo. Las tragedias de Macknó y de Kronstadt, serán la señal del inicio de una denuncia anarquista contra el bolchevismo que será una línea de separación radical, de un áspero debate cuyas consecuencias persisten cuando la Rusia soviética ya ha pasado página con todas sus grandezas y miserias.

Parece evidente que Porton ni tan siquiera ha leído los escritos de Avrich sobre el anarquismo ruso y los acontecimientos de marzo de 1921 en Kronsntadt. De hecho no los menciona, de hecho se limita a bendecir lo que escribieron algunos notorios anarquistas. Parece aceptar la hipótesis que el cisma Marx-Bakunin “como la primera andanada en la batalla entre `el socialismo anarquista y el socialismo de Estado´” (2002; 20). Y aunque cita a numerosos autores marxistas (aunque a veces no los distingue como tal como sucede con Walter Benjamin), no introduce ninguna reserva cuando tiene a equiparar el marxismo con el leninismo (un concepto que aplica sin reservas), y a Lenin (y Trotsky) con todo lo que sucedió en los años treinta. De ahí que recurra a la corriente consejista para dictaminar a través de Paul Matick que “en el arsenal del estalinismo no hay nada que no se pueda hallar también en el de Lenin y Trotsky”…Esta amalgama nos seguirá inexorablemente en este trayecto ya que, de entrada, ¿porqué detenerse en Lenin y Trotsky?, ¿porqué no llegar hasta Marx y Regles?, y llegados aquí, ¿por qué no incluir a los propios “consejistas” que tomaron parte tan activa en los primeros años de la Internacional comunista?. Y ¿qué decir del anarquismo que simpatizó con la revolución usa, y que también pretende instaurar un borrón y cuenta nueva en el orden social?. La derecha, incluyendo la más refinada, no tiene problemas en ampliar la amalgama.

Otra cuestión muy diferente sería como el cine comercial abordó un tema tan trascendental como la revolución rusa de 1917 y todo lo que vino después. Normalmente, Hollywood se atiene a una presunta línea intermedia “liberal” que ya había probado con la gran revolución francesa, situándose “más allá de los extremos” enfrentados, o sea de la dictadura zarista y de la revolución bolchevique, pero sirviendo siempre a su señor, de manera que mientras que el zarismo tiende a ser más o menos justificado o explicado aunque sea idealizando la frustración liberal del conde Whitte como en Nicolás y Alejandra (1971). La revolución se contemplará normalmente bajo el prisma dominante de lo que fue el estalinismo en los años treinta, de la misma manera con que algunos publicista trataron y tratan de equiparar a Bakunin y Netchaev, línea ilustrada en las numerosas amalgamas que convierten a los revolucionarios en terroristas, describiendo a un Robespierre casi estalinista en El libro negro (1949), una brillante pero históricamente delirante (y denigrante) versión de Anthony Mann sobre un momento cumbre de la revolución francesa. Lo hizo con la ayuda de un guión escrito por Philip Yordan, después de lo cual cabe pensar si estos dos “liberales” tan reconocidos eran capaces de hacer algo así sobre 1789, que no lo serían si trataran la revolución de 1917.

En este marco de “guerra fría” cinematográfica poco espacio quedaría para una corriente menor en el proceso revolucionario como fue el anarquismo, que por lo demás y como tantas otras formaciones,  no fue lo que se dice un “partido homogéneo”, ya que se expresó al menos en dos corrientes diferenciadas, la moderada encarnada particularmente por el último Kropotkin, el mismo que había provocado la indignación de Malatesta y de todos los que denunciaron una “Gran Guerra” en la que el autor de La conquista del pan diferenció al igual que muchos socialpatriotas entre los “buenos” (la Entente entre Gran Bretaña y Francia con la Rusia zarista) y los “malos” (Alemania y sus aliados), y al Kerenski al que apoyaba, le ofreció una cartera que rechazó, y una izquierda repartida entre varios grupos, y con influencias diferentes, perceptible entre los eseristas de izquierdas (partidarios del cooperativismo agrario como Kropotkin), e incluso entre los propios bolcheviques, concretamente se tildaba como “anarquista” o “anarcosindicalista” a la “Oposición Obrera”, cuyos son citados como tales en alguna que otra antología…De hecho, las diferencias existían, sin embargo, esto no tenía que resultar un obstáculo insalvable para establecer una colaboración parcial y fraternal. Resulta singular que uno de los anarquistas que más subrayaba estas diferencias, Eleuterio Quintanilla, en su famosa elocución  en el congreso de 1919, fuese tradicionalmente partidario de la unidad obrera, lo seguía siendo en 1934, cuando siendo un anciano tomó parte en la insurrección de Octubre en Asturias. Algo similar se podía decir del malogrado Salvador Seguí.

La revolución rusa, al igual que cualquier otra en la historia, no se puede analizar por escoger tal camino en vez de escoger tal otro como tal opción fuera ajena a las circunstancias, en el caso el “autoritario” en vez del “libertario”.

Fruto de unas circunstancias excepcionales (descomposición del zarismo acelerada por los desastres de la guerra, inoperancia de la burguesía liberal, protagonismo excepcional de una clase obrera minoritaria pero muy concentrada y organizada, insertada en un momento de ascenso revolucionario que en España se tradujo en la huelga general de agosto de 1917 organizada por la CNT y la UGT), se trataba de una revolución que partía de una condiciones objetivas abismales, sobre la que además pesó los desastres de una guerra mundial que en 1919 enlazaría con una guerra civil, un desastre social incomprensible sin la intervención de una amplísima coalición de potencias imperialistas y de cuerpos de ejércitos de países del Este…En semejantes condiciones, lo que hizo Octubre fue ante todo “plantear” que la revolución era posible, aunque en absoluto fácil como la propia realidad se encargo de mostrar en Hungría (1919), Alemania-Austria (1918-19), Italia (1921), crisis sociales en las que la mayoría del movimiento obrero coincidió aunque tropezó con el conservadurismo de la derecha socialdemócrata. Estos fracasos tuvieron la virtud de movilizar a la derecha hacia una política de contrarrevolución preventiva, hacia lo que se vino a llamar fascismo.

Porton suprime todo este entramado para reducir toda las controversias a una elección de modelos socioeconómicos al margen de cualquier circunstancia objetiva, citando al teórico marxista de tendencia “consejista” Otto Rühle (joven socialdemócrata alemán compañero de Karl Liebknecht que votó en contra de los créditos de guerra el famoso 4 de agosto de 1914) para quien el bolchevismo “permaneció fundamentalmente dentro de la estructura de clases del orden burgués”, una formación burocrática que no tenía interés en abolir “el sistema de salarios” o en promover “la autodeterminación proletaria con respecto a los productos del trabajo”, convirtiendo al “bolchevismo” en una idea colgada en el tiempo, ajena a toda la suma de circunstancias que devastaron las bases objetivas de una revolución que se justificó como “prólogo” de una revolución internacional cuyo curso resultó momentáneamente desviado, para reaparecer en la mitad de los años treinta en Francia y España.

Surgida en una sociedad atrasada, aislada y semidestruida por las guerras, sometida al peso de tradiciones perturbadoras que encontraron una expresión política en una burocracia ascendente en medio de un océano de analfabetismo y atraso, y en cuya cúpula destaca como legitimador el viejo bolchevique Stalin, antiguo seminarista ajeno completamente a las adquisiciones culturales y criticas del socialismo internacionalista ruso. La revolución sobrevivió quemando todo lo que antes adoraba y adorando todo lo que antes quemaba (Isaac Deutscher), al tiempo que –al margen y en contra de una nueva generación de cuadros crecidos al amparo de un aparato de Estado que había desprovisto a los soviets de cualquier autonomía, la URSS siguió siendo el único ejemplo de revolución que se justificaba no tanto como finalidad, sino “planteando” históricamente una alternativa que siguió viva entre los trabajadores y campesinos a pesa de los desastres y derrotas que también asolaron las minorías anarquistas de muchos países, con la única excepción de España, en este caso, no sin pasar antes por la dura prueba de la dictadura de Primo de Rivera, una página que trataremos a en otro capítulo. Ni que decir tiene que el cine no pudo sustraerse a ser en mayor o menor medida una prolongación de esta guerra, con algunos armisticios o paréntesis, si se puede llamar así al momento en que Estados Unidos y Gran Bretaña después de Stalingrado aceptaron una alianza política y militar con Stalin, y durante el cual el cine norteamericano (y en menor grado el británico), produjo alrededor de media docena de películas “amistosas”, una de las cuales, Mission to Moscow, realizada en 1943 justo después de Casablanca, es una apología a los “procesos de Moscú” presentado como democráticamente modélicos, y otra The North Star (1943), contribución a la causa aliada de Lewis Milestone, con un guión escrito por una idealista e ignorante Lillian Hellmann, que imagina un pueblecito ucraniano que parece vivir en una arcadia comunal e idílica hasta que aparecen unos nazis comandados por Eric Von Stroheim, y ambas consideradas como evidencias de “subversión” por la “caza de brujas” que lleva el nombre del senador Joe Mac Carthy.

Autores tan ajustados como Edward H. Carr (Historia de la Rusia Soviética, 1917-1929) o más recientemente Moshe Lewin (El siglo de Rusia), han ofrecido una descripción mucho á rigurosa de una realidad extremadamente compleja, la guerra no solamente había destruido las bases materiales del país, también había destruido la clase obrera que había sido la espinar dorsal de todo el proceso revolucionario (los soviets se habían quedado sin empresas y sin militantes con criterios propios), y sobre este vacío estaba surgiendo un nuevo conglomerado que hablaba con el lenguaje de 1917 pero cuyos parámetros culturales eran profundamente los del viejo mundo, un “aparato” en el que coincidían viejos revolucionarios cansados y reciclados de los que Stalin se había hecho dueño del “partido del Estado”, conformado cada vez más ocupado por trepadores y advenedizos…

De aquí que se puedan contar con los dedos de una sola mano las películas sobre la revolución rusa que, aunque sea muy tangencialmente, introduzcan la cuestión anarquista, contabilidad en la que posiblemente se podría añadir algunos de los pocos frescos documentales producidos en Occidente, entre los que habría que citar La Révolution d´Octobre (1967), de  Fréderic Rossif, autor de Le Temps du Getto (1961) y Mourir a Madrid (1962), o  Ça ira, il fiume della revolta (1965), un vibrante montaje sobre la historia de las revoluciones obra de un bisoño Tinto Brass, por entonces un anarquista bastante virulento, y de las que me quedan lejanas impresiones que no he podido revisar…

Porton habla del documental From Tsar to Lenin (USA, 1937) de Herman Axelbank, y cuyo “mayor interés (…)  reside en que ofrece una versión antistalinista, esencialmente trotskista, del ascenso de Lenin durante una década, cuando el Komintern había eliminado de la historia tanto a trotskistas como a anarquistas”.   Entre los testimonios recogidos, anota el de Max Eastman (un buen amigo de Chaplin) quien “con agudos chillidos; en un punto crucial nos informa con solemnidad que el príncipe Peter Kropotkin, famoso anar­quista, predijo las tormentas que sobrevendrían”. Empero, Porton confiere -sin necesidad de mayor argumentación- a Emma Goldman el criterio acertado para analizar el proceso revolucionario, y anota que el biógrafo de Eastman escribe que a éste “nada lo conmovió tanto como la deportación…de Emma Goldman, Alexander Berk­man y otros 247 extranjeros” en 1919, a pesar de que no aceptó las críticas de su amigo Robert Minor a la Unión Soviética, por considerarlas la queja de un anar­quista” (2002; 82-83). Señalemos que Max Eastman tiene una persistente presencia en Reds con el rostro del notable actor Edward Hermann, no en vano fue uno de los amigos más asiduos de Reed y uno de los principales introductores del trotskismo en su país, para evolucionar desde finales de los años treinta cada vez más hacia la derecha republicana, en un compás cercano al John Dos Passos, quien por cierto, en 1937 declaró sus afinidades con la CNT. Dos Passos fue detenido por su militancia en la protesta desarrollada en solidaridad con Sacco y Vanzetti.

Continuará…

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